Cervantes no tiene quien le ofrende

Cervantes no tiene quien le ofrende

Letras

Cervantes no tiene quien le ofrende

Carlos Robles reflexiona sobre la tumba del gran escritor

28 agosto, 2017 00:00

Desde el AVE llamamos al 914295671 por tercera vez en lo que iba de mañana. No albergamos demasiadas esperanzas. Las dos primeras veces los timbrazos sonaron largos, pero Cervantes no respondió. En agosto del año pasado tratamos de visitar su presunta tumba y también fracasamos. Pese a que en la web del ayuntamiento se nos animaba a concretar personalmente la cita en la oficina de turismo de la Plaza Mayor, una vez allí, después de guardar cola, nos dijeron que el convento estaba en obras y resultaba imposible visitarlo. Otra vez desfondados cerca de la orilla.

Esta vez una voz femenina nos contesta tras el cuarto ring. "Buenos días, ¿qué se le requiere?". En su pausa, sosiego y melodía nos parece reconocer el olor a monasterio. Nos la imaginamos cuadrando visitas sobre el papel pautado de la mañana. Le explicó que nos gustaría visitar la tumba de Cervantes. Que no somos un grupo grande. Apenas una familia de tres. Me responde que ese día es imposible, pero que podríamos ir un poco antes de que se celebra la misa del Domingo, que tal vez entonces podamos visitarla.

El descubrimiento

Abril de 2015. El mundo literario en pleno se prepara --con mayor o menor fortuna-- para los fastos del 400 aniversario de la publicación de la segunda parte de El Quijote. En Madrid, un equipo de arqueólogos, historiadores, técnicos y forenses tratan de dar con los huesos del escritor. En las fotografías que inundan las secciones culturales de la época blanden sus aparatos termográficos y georradares con ilusión cientifista. El plan parece perfecto. Las expectativas son máximas. Al poco de iniciar los estudios, en el nicho número uno de la cripta, encuentran unas MC remachadas en hierro sobre la tabla de un féretro. Tras esa entrada triunfal todo va cuesta abajo. Las pruebas físicas no son concluyentes. Un año y cien mil euros después los expertos no disponen de ninguna certeza fiable que identifique los restos del escritor.

La ceremonia de inauguración de la presunta tumba resulta un tanto desabrida. Se puede ver en Youtube. Tres monjas de hábito salen con sendas urnas de madera que contienen los restos de los cuerpos de dieciséis personas que fueron trasladados junto a Cervantes. Tal vez alguno de esos restos pertenezca a don Miguel. En la ceremonia hay más fotógrafos que personalidades. Más personalidades que lectores. La alcaldesa en funciones de aquel entonces, Ana Botella, descubre la placa de mármol con la inscripción que la RAE ha decidido poner en su tumba. En la placa hay una errata. Como cualquier proyecto quijotesco que se precie, este también parece estar condenado al fracaso. Finalmente sabemos que el cuerpo de Cervantes está allí por la factura del traslado de su cuerpo del antiguo convento al actual. Tampoco la escritura empezó con un poema, sino en la factura cuneiforme por unas fanegas de trigo del Éufrates.

Una errata poética

Llegamos un poco antes de la hora indicada. La puerta principal no está abierta pero una de las puertas aledañas nos invita a entrar. Nadie nos recibe. Saludamos en voz alta. Entonces, de un puertucha del fondo aparece una señora fumando. Nos dice que qué hacemos allí, que la iglesia todavía está cerrada. Que debemos esperar hasta antes de que empiece la misa. Salimos obedientes y hacemos tiempo paseando por los alrededores de Huertas. Por el barrio de las Musas. "Que la tumba de Miguel de Cervantes se encuentre en la calle Lope de Vega y la casa museo de Lope en la calle Cervantes es de un barroquismo que tal vez gustara a Francisco de Quevedo", le digo a mi mujer. Ella me señala algo. En la última casa donde vivió Cervantes hay una placa conmemorativa sobre la pared de una restaurantillo italiano y una bicicleta en la galería.

Cuando finalmente logramos entrar a la capilla observamos la tumba justo entrando a mano izquierda. En la placa conmemorativa se puede leer el siguiente epitafio: "El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir". Estas líneas hondas y hermosas pertenecen al libro Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Pero en la placa pone "Segismunda", con e. La RAE, que es quien firma el homenaje, dijo en su momento que en su instrucción la errata no existía. Acaso fue el ayuntamiento quien se equivocó al traspasar la información a quien grabó sobre el mármol. Qué más da. Hay algo poético en la errata. También a don Miguel se le pierde el rucio de Sancho en la primera parte de la obra.

La iglesia es bella sin alharacas. La luz se filtra por los altos ventanales. A mí me gustaría explicarle a mi hija los intentos de escapada de Cervantes de su cautiverio otomano. La dificultades que tuvo en su vida y el buen humor con que las enfrentó. Había pensado que tal vez le haría ilusión dejar alguno de los dibujos que ha realizado como homenaje bajo el mausoleo, pero la señora que fuma no nos quita la vista de encima y nos reprime las ganas. Acaba de reprender a una pareja de ingleses por acercarse mucho al mármol.

Tumbas

A la salida del convento seguimos con nuestro paseo por la ciudad. A Madrid se le nota la tristeza por los recientes atentados. Más que en las banderas a media hasta o la senyera iluminada que luce la fuente de la diosa Cibeles hay en el paseo del Prado un silencio extraño. A mí de da por pensar que bajo la presunta tumba de Cervantes --pero qué más dará de quién sea esa polvo si todos los hombres somos el mismo hombre, si todo seremos el mismo polvo-- no hay más que una corona de laurel cruzada sobre el mármol. Enviada por el ejército español al soldado de infantería que Cervantes fue. No de la RAE. No del Ministerio de Cultura. No de los lectores. Está claro que él presumía de su pasado y heridas militares y que estaría orgulloso de dicho reconocimiento. No es menos cierto que el mejor homenaje que le podemos hacer a cualquier escritor es aplicarnos a su lectura. Pero no dejo de pensar que hay algo triste en ese única ofrenda. En la mirada inquisidora de la vigilante censurando todo acercamiento no institucional. En la bandera marcando distancias.

Y entonces, mientras nos dirigimos a la Biblioteca Nacional, para resarcirnos en sus excelentes muestras de la desilusión cervantina, me da por pensar en las tumbas de nuestros escritores queridos. Todas llenas de flores. Todas llenas de mensajes de gratitud. La de Borges en Ginebra con sus vikingos de piedra y sus kenningars. La compartida con Carol Dunlop de Julio Cortázar en París llena de copas de vino y galois blonde y piedrecitas. La de Machado con su buzón en Colliure. O la de su contemporáneo Shakespeare en la iglesia de Stratford con su epitafio admonitorio: "Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos".

El año que viene volvemos y dejamos el dibujillo.