Georges Simenon en una imagen de archivo EFE
Simenon, un material humano amargo y eterno
Su visión del mundo era de un materialismo fatalista sin fisuras, sin elevación. Pero las bajezas de la vida, el destino de las pobres gentes, de los mediocres y los don nadie, lo retrataba con una concisión y una claridad extraordinarias
Enterado de que la editorial DeBolsillo ha sacado este año varios títulos de Simenon (1903-1989), sufro un ataque de vértigo al pensar en que este autor belga que en el fondo me resulta desagradable y muchas veces decepcionante, aunque inevitablemente cautivador, me ha acompañado siempre, desde mi adolescencia, cuando leí algunos casos de Maigret en las ediciones de Caralt editor, en traducciones a veces algo despeinadas o presurosas y cómicas (recuerdo, por ejemplo que a veces algún personaje iba por la calle llevando en la mano una “servilleta”, traducción del falso amigo serviette, que en realidad quiere decir cartera o maletín).
Con motivo de su centenario asistí a la gran exposición que le dedicó su ciudad natal, Lieja, en Bélgica, por invitación de sus nuevos editores en España, que eran Antonio López de Lamadrid y Beatriz de Moura. Habían comprado los derechos de traducción de toda su obra (193 novelas).
Luego traduje para ellos tres o cuatro de las novelas “duras” de Simenon, ésas en las que no aparece el comisario Maigret, entre ellas La habitación azul.
En la exposición de Lieja habían reconstruido la jaula de vidrio donde en cierta ocasión Simenon se puso a escribir una de sus novelas ante los ojos de sus lectores. Las escribía en once días, once días seguidos, en jornadas exhaustivas, que empezaban a las 4 de la mañana.
Antes de sentarse a la mesa cargaba una docena de pipas y colocaba una botella, para ir dando sorbitos de vino blanco según se le quedaba la boca seca de tanto fumar. Al acabar la novela había perdido dos o tres kilos de puro sudar.
Entonces se tomaba dos o tres semanas de descanso antes de volver a someterse al mismo ritual. Cosas. Era un monstruo, un genio.
Después a Simenon lo empezó a editar Acantilado, a partir del año 2012, según creo, y luego se repartió el trabajo con Anagrama. Ignoro si vende mucho o poco pero el caso es que siempre está entre nosotros ese novelista belga.
Al amigo Agustí Fancelli, que tenía anclada en un canal del sur de Francia una gabarra o 'Peniche', con la que daba agradables viajecitos veraniegos por el sur de Francia, le encantaba la aventura en la que Simenon se embarcó durante los años 1929-1931, en una barquita de cinco metros de eslora, en la que viajaban él, su mujer, su criada y un perro, llevando a rastras otra barquita más pequeña, con el equipaje, su máquina de escribir y un par de cajas de madera.
Durante dos años dieron de esta guisa la vuelta a Francia, la Francia de los patios traseros de los canales. Adquiriendo así el novelista conocimiento de muchas formas de vida de los franceses más o menos humildes, conocimientos que venían a sumarse a los adquiridos en Lieja, cuando era periodista de sucesos en La Gazette de Liége.
Como el escritor tenía que enviar continuamente textos, cada día se detenían aquí o allá, bajaban el equipaje, Simenon se sentaba sobre una de esas cajas, colocaba la máquina de escribir sobre la otra, tecleaba a toda velocidad y sin vacilaciones su reportaje o su relato del día, y cuando la había acabado la esposa o la criada corrían a la oficina de Correos a enviarla al editor en París.
Fue un hombre riquísimo y probablemente desdichado. No se entendió con su madre, que antes de morir le devolvió todos los sobres, sin abrir, en los que él le había estado enviando periódicamente dinero durante muchos años.
Su hija se suicidó. Tuvo dos matrimonios que duraron cada uno veinte años, y al hacer balance después contaba que creía haber estado enamorado de ellas, pero se había equivocado. Pasó los últimos años en silla de ruedas.
Su visión del mundo era de un materialismo fatalista sin fisuras, sin elevación. Pero las bajezas de la vida, el destino de las pobres gentes, de los mediocres y los don nadie, lo retrataba con una concisión y una claridad extraordinarias.
Es uno de esos pocos grandes autores literarios que carecen por completo de sentido del humor. Todo es siempre raso.
Me pasa como a muchos otros lectores: a veces, en momentos de ociosidad, cae en mis manos una novela de Simenon, la empiezo a leer y ya no puedo parar. Esas descripciones de personajes, atmósferas, lugares, de una precisión evocativa fulminante, no te dejan soltarla.
Uno sabe de antemano lo que va a encontrar en esas páginas. Un material humano amargo y eterno. Una historia fatal. Sabes que la redención y la belleza te esperan a la vuelta de la esquina, pero también sabes que no vas a llegar a ella.