El niño que levanta el puño en una fotografía de César Lucas publicada en la última página de 'EL PAÍS' el 23 de junio de 1976, un icono de la democracia

El niño que levanta el puño en una fotografía de César Lucas publicada en la última página de 'EL PAÍS' el 23 de junio de 1976, un icono de la democracia

Ideas

Auge y caída de ‘El País’

Es triste que el mejor periódico de España se haya convertido en el boletín del club de fans de Pedro Sánchez, pero pensemos que lo que baja, también puede subir

Leer en Castellano
Publicada
Actualizada

Ahora que todo el mundo (y su cuñada) ha publicado artículos sobre el diario El País, sus pasadas glorias y su presunta decadencia servil a las órdenes de Pedro Sánchez, creo que ya solo falto yo para opinar al respecto, que tan bien lo pasé colaborando con el diario entre 1989 y 2001 y tanta grima me da ahora cada vez que lo leo. No soy el único. De hecho, somos legión. Luego están los defensores de El País con alma de hooligan del progresismo, que nos facturan sin dudarlo hacia la fachosfera aunque nunca hayamos votado a las derechas.

Son los mismos que le exigen a su caudillo providencial que eche a patadas del PSOE a Felipe González, Alfonso Guerra y demás carcamales de la Transición, a los que también han enviado, ¿cómo no?, a la fachosfera de marras: ¡Viva El País manque pierda (la vergüenza)!

Habla Javier Cercas en el ameno opúsculo que ha publicado con ocasión del cincuentenario del diario (un testimonio personal que está muy bien y que no merece el desprecio generalizado que ha suscitado entre los haters de El País de toda la vida, convenientemente disfrazados de socialdemócratas decepcionados por la deriva sanchista de la publicación) de la ilusión que le hizo recibir una llamada del que era su periódico favorito en la que se le ofrecía colaborar en él.

Portada del libro de Javier Cercas, con la imagen del niño, que fue una foto tomada en 1976 y publicada en 'El País'

Portada del libro de Javier Cercas, con la imagen del niño, que fue una foto tomada en 1976 y publicada en 'El País'

A mí me pasó lo mismo, aunque no puede aceptar la oferta de inmediato porque me había embarcado en el rodaje de una serie documental en Polinesia como guionista. En su momento me pareció una elección libérrima: ¿para qué escribir en mi diario preferido si podía pasarme tres meses en Tahití, Moorea y Bora Bora? Cuando regresé, eso sí, llame al diario y pregunté si la oferta seguía en pie. Y como así era, pasé a integrar la nómina de cronistas de la edición barcelonesa de El País, que hasta entonces se componía exclusivamente del amigo Joan Barril, que en paz descanse.

A principios de los 90, la redacción barcelonesa de El País era una de las más alegres pandillas del periodismo nacional. Gracias a sus directores, Xavier Vidal Folch, primero, y Lluís Bassets, después, que dejaban hacer en general y solo de vez en cuando se veían obligados a ponerte en tu sitio (como hizo Bassets un día, convocándome a su despacho a raíz de no sé que animalada que había escrito yo para recordarme que El País era un diario institucional y que yo ya no trabajaba para la prensa underground barcelonesa de finales de los 70).

Los 'expulsados'

Los mandos intermedios (el gran Quico Valls, el entrañable Agustí Fancelli, fallecido antes de tiempo) eran personas estupendas con las que daba gusto trabajar. A partir de las crónicas de mi ciudad, fui extendiendo mis tentáculos por la edición nacional, hablando de televisión, escribiendo en el Tentaciones y el Babelia (aún recuerdo la que se armó entre el sector más cejijunto del diario cuando Enrique Murillo abrió el suplemento con una reseña de American Psycho escrita por su seguro servidor).

Así fue como mis años en El País se convirtieron en uno de los tres períodos favoritos de mi vida, digamos, profesional (los otros dos son la prensa alternativa representada por Star y Disco Exprés y mi paso por la industria de los tebeos con la revista Cairo, dirigida por Joan Navarro).

Entre otros motivos, porque El País de Barcelona fue la Resistance ante el nacionalismo obligatorio, cargo que luego heredó Crónica Global.

Luego llegaron los problemas económicos, el inicio del hundimiento de la prensa de papel, la necesidad de estar a buenas con el poder para no perder la propaganda institucional, la servidumbre hacia el sanchismo que ahora padecemos, la expulsión de clásicos del diario como Fernando Savater, Antonio Elorza, Félix de Azúa o su propio fundador, Juan Luís Cebrián, y todo lo que se les ocurra bajo la implacable ley de Murphy, hasta llegar a un periódico que no tiene nada que ver con el que tan feliz me hizo durante los años 90.

“Todo tiene su final, nada dura para siempre”, cantaba Héctor Lavoe, “Es preciso recordar que no existe eternidad”. Es triste que el mejor periódico de España se haya convertido en el boletín del club de fans de Pedro Sánchez, pero pensemos que lo que baja, también puede subir (aunque no sea frecuente). Esperemos, pues, tiempos mejores mientras canturreamos una vieja canción de Roxy Music, A song for Europe: “Pour nous il n´y a rien a partager sauf le passé…