El escritor y cineasta Gonzalo Suárez
El universo creativo de Gonzalo Suárez: escritor de culto y cineasta de referencia
La obra del director asturiano, que recibirá el Goya de honor por su trayectoria profesional, transita sin conflicto entre la creación literaria y la producción audiovisual y refleja la evolución del cine español durante el último medio siglo
“El arte es un largo combate perdido de antemano con las sombras” dice el viejo escritor Rocabruno en Epílogo, una película clave para entender el universo creativo de Gonzalo Suárez, al que se le concede este año el Goya de Honor a su trayectoria. Suárez es un personaje a un tiempo atípico y paradigmático en el panorama del cine español contemporáneo. Es atípico porque se trata de un director procedente de la literatura, que nunca ha dejado de lado; de modo que ha desarrollado dos carreras en paralelo. Además, lo literario tiene mucho peso en su producción audiovisual, de maneras muy diversas. Por otra parte, es paradigmático porque su zigzagueante e irregular carrera permite seguir la evolución del cine español en los últimos cincuenta años.
Su obra transita por el experimentalismo vanguardista, el cine de autor, el pastiche de ciertos géneros, el intento de combinar el discurso personal y la viabilidad comercial, los encargos de prestigio, las tentativas de ganarse la taquilla a cualquier precio, los proyectos muy personales sacados adelante contra viento y marea… Su trayectoria permite ver cómo un director con un universo propio se ve obligado a bregar con los condicionantes industriales del cine.
'Rocabruno bate a Ditirambo'
Nacido en Oviedo en 1934 -en plena revolución minera, después seguida por la Guerra Civil-, su infancia está marcada por la separación de sus padres -algo muy inusual en la época-, debido a que la madre tenía un amante. En realidad, Suárez pasó muy poco tiempo en Asturias, pero después, en sus largometrajes, convertirá esos paisajes -en especial la playa de Toró en Llanes- en una suerte de territorio mítico que aparece una y otra vez como escenario.
Un viaje juvenil a París en busca de aire fresco le proporcionó un bagaje cultural foráneo que lo convertirá en un adelantado en la España del tardofranquismo. También una novia francesa, Hélène Girard, que se convertirá en su esposa. La pareja se instala en Barcelona, donde vivirán dieciséis años. Suárez consigue trabajo en la editorial Luis de Caralt -donde publicará su primer libro- y empieza a trabajar como periodista, primero deportivo y después también en otros campos.
Lo del periodismo deportivo tiene su origen en una conexión familiar. Su madre había dejado a su amante y su nueva pareja era el entrenador argentino Helenio Herrera, al que Suárez entrevista. Lo hace con el seudónimo de Martín Girard, tomando el apellido de su mujer. El vínculo con Herrera tendrá una deriva curiosa: en la época en que entrena al Inter de Milán, le encarga al hijo de su pareja que haga de oteador para analizar la estrategia de los rivales en la liga italiana. Este trabajo tiene una deriva cinematográfica, porque Angelo Moretti, presidente del Inter, será el productor de su primera película.
'La suela de mis zapatos'
Las crónicas y entrevistas que Suárez escribe con el seudónimo de Martín Girard conectan, acaso de forma inconsciente, con el nuevo periodismo estadounidense, que por aquel entonces estaba empezando a cuestionar las normas de la profesión con el uso de recursos literarios. Esta producción está recogida en el volumen La suela de mis zapatos, reeditado el año pasado por Random House. Otro rescate reciente que merece destacarse es El caso de las cabezas cortadas (Nórdica), un temprano divertimento escrito en París en 1958 con el formato de texto con viñetas. Es una obra tan simpática como menor, pero que ya apunta el interés de Suárez por el pastiche irónico de los géneros populares -en este caso el policiaco- y el manejo de planteamientos narrativos poco usuales.
En 1963 arranca su carrera literaria propiamente dicha con la novela De cuerpo presente, pastiche de la novela negra americana con un muerto que resucita, escrito con un ritmo frenético y sincopado, y abundantes pinceladas de disparate. Seguirán novelas y libros de relatos en los que, con estética pop, juega con la literatura popular y lo metaliterario: Los once y uno, Trece veces trece, El roedor de Fortimbrás, Rocabruno bate a Ditirambo… Esta última es especialmente relevante, porque en ella aparecen dos alter egos literarios que después saltarán a su cine: el joven escritor Ditirambo y el viejo autor Rocabruno, a través de los cuales reflexiona sobre su concepción de la escritura.
Javier Cercas, que dedicó su tesis doctoral a Suárez, es uno de los grandes valedores de su literatura: “En los años sesenta Suárez escribía una narrativa que nadie escribía. Suárez rompió con el realismo cuando el realismo reinaba: hizo literatura fantástica cuando casi nadie la hacía, hizo metaliteratura cuando nadie sabía lo que era la metaliteratura, hizo narrativa pop cuando el pop solo era un estilo pictórico y nuevo periodismo cuando los nuevos periodistas aún no habían bautizado el invento; hizo, en fin, cosas que en la cultura de entonces eran insólitas”.
'De cuerpo presente'
Mucho antes, otro de sus ilustres defensores fue Julio Cortázar, que en un artículo publicado en Les Nouvelles Littéraires apunta que “la obra resbaladiza y casi inasible de Suárez dibuja en el panorama español contemporáneo algo análogo a lo que pudo dibujar en su día y en Francia la obra de Boris Vian. (…) Gonzalo Suárez transita desde hace años por los registros más variados de la vida intelectual española, pero esa actitud tránsfuga y casi de fantasma inquieta e incluso enoja a los críticos amantes del orden, los géneros y las etiquetas. ¿Novelista que hace cine, cineasta que regresa a la novela? De cuando en cuando hay mariposas que se niegan a dejarse clavar en el cartón de las bibliografías y los catálogos; de cuando en cuando también hay lectores o espectadores que siguen prefiriendo las mariposas vivas a las que duermen su triste sueño en las cajas de cristal”.
En el prólogo que Suárez escribió para Las fuentes del Nilo (Alfaguara), que reúne una selección de lo mejor de su literatura -De cuerpo presente, Trece veces trece, El roedor de Fortimbrás, Gorila en Hollywood y El asesino triste-, define así su literatura: “Empecé buscando las fuentes del Nilo en la biblioteca de mi padre. También buscaba la ballena blanca en el pasillo de casa. (…) Me hice explorador de recónditos territorios. Las palabras eran los pasos que precedían al recorrido a través de selvas y mares ficticios tan auténticos como los de verdad. (…) Opté por escribir libros que asumieran su condición real. Es decir, no serían verdades de mentira sino mentiras de verdad, cosas que ocurrían porque se me ocurrían y que, petulantemente, traté de homologar como género y di en llamar acción ficción. Opinaba que las obras maestras y sus sucedáneos nos amueblaban la casa, pero los llamados géneros menores nos abrían las ventanas. No voy a entrar en diatribas que requerirían un simposio al borde del mar. Pero, por ejemplo, la criatura de Frankenstein, aun reciclada con fracciones de muerto, permanece más viva que Madame Bovary y, del brazo de Mister Hyde o del periclitado Tarzán de los Monos, deambula por nuestra memoria colectiva sin requerir que nos adentremos en las páginas de un libro”.
'Las fuentes del nilo'
Su primer contacto con el cine es en 1965, con la adaptación de De cuerpo presente que dirige Antonio Eceiza y produce Elías Querejeta, con Carlos Larrañaga como protagonista. Después coescribe con Vicente Aranda el guion de Fata Morgana, que debían codirigir, pero que finalmente realizó Aranda en solitario. Volvió a colaborar con él en el guion de Las crueles, basada en un relato del propio Suárez. Estas películas pertenecen, junto con La novia ensangrentada, a la primera y estimulante etapa de Aranda, antes de convertirse en aplicado adaptador de novelas de éxito. En esta época barcelonesa, Aranda y Suárez son una suerte de satélites de la llamada Escuela de Barcelona, tentativa de hacer un cine experimental español, de la que formaron parte Carlos Durán, Joaquín Jordá, el portugués José María Nunes y arquitecto Ricardo Bofill.
Suárez nunca se ha considerado miembro de esa escuela, pero sus primeras películas como director tienen claros vínculos con ella. Su alter ego aparece en el corto Ditirambo vela por nosotros de 1967 y en su primer largo, Ditirambo. Él mismo interpreta al personaje -tenía experiencia previa como actor de teatro- y en el largometraje tiene uno de sus primeros papeles en la pantalla de Charo López, una actriz con la que volverá a colaborar a menudo. También aparecía Yelena Samarina, actriz rusa casada con un hijo de exiliados españoles en Moscú, que paseó su inquietante y sensual figura por películas de autor -como la de Suárez- y por múltiples perlas del cine de género y unos cuantos exploits de los años sesenta y setenta, cuando el cine patrio fue un poquito salvaje, antes de la asepsia propiciada por la aniquiladora Ley Miró y la adocenada qualité que primó.
'Ditirambo'
Ditirambo, escritor, detective y antihéroe con no pocas pinceladas autobiográficas, es el vocero de las ambiciones estéticas de Suárez que, con temeridad juvenil, planteó su famosa idea de rodar lo que denominó las Diez películas de hierro del cine español, un peregrino plan mediante el cual pretendía transformar para siempre el panorama cinematográfico, sacándolo del mesetarismo, quitándole la caspa y llevándolo hacia la radical experimentación. El impulso dio para dos largometrajes más: El extraño caso del doctor Fausto (1969)y Aoom (1970).
El primero juega con el mito fáustico y mezcla toques fantásticos con extraterrestres, aires pop, erotismo, lenguaje visual publicitario, fragmentación narrativa, distorsionante uso del gran angular y mareante cámara al hombro. De nuevo está protagonizado por él mismo y aparecen el empresario y mecenas Alberto Puig Palau, Teresa Gimpera, Emma Cohen y Charo López. Los planteamientos transgresores se radicalizan aún más en Aoom, que parte de una premisa delirante: un actor harto de todo decide desligar su mente del cuerpo que lo aprisiona y esta acaba metida en una muñeca. Protagonizada por Lex Baxter, Gimpera y Luis Ciges, es la primera que rueda en Asturias, a cuyos paisajes saca mucho partido para crear el clima onírico y psicótico de la obra.
¿Son buenas películas? Dejémoslo en significativos ejemplos históricos del vanguardismo de la época, como sucede con la práctica totalidad de la producción de la Escuela de Barcelona. Lo cierto es que la crítica no mostró demasiado entusiasmo y el público no pasó por taquilla, de modo que Suárez se vio obligado a replantearse su radicalidad para no acabar metido en un callejón sin salida. Sin embargo, pese a su fracaso, Aoom le abrió una curiosa puerta.
'Aoom'
Presentada en el Festival de San Sebastián, fascinó a uno de sus invitados, Sam Peckinpah, que entabló amistad con Suárez. Este lo invitó a pasar unos días en Llanes y de ahí surgió un proyecto, con un guion que escribieron a cuatro manos en Hollywood titulado Operación Doble Dos, sobre la preparación de un presunto atentado contra Franco y Eisenhower durante la visita del presidente estadounidense a Madrid. El guion nunca se rodó, pero acabó convertido en una novela con el mismo título que publicó Planeta en 1974 y de la que hay una reedición reciente en Random.
La inviabilidad del proyecto de las diez películas de hierro llevaron a Surárez a una nueva etapa en la que trató de mantener su identidad como autor, pero amoldándose a ciertas concesiones a la comercialidad para hacerla viable. Esto implicaba seguir jugando con los géneros, pero sin tanto distanciamiento paródico, y aprovecharse del tímido aperturismo del tardofranquismo en cuanto al sexo y la violencia en la pantalla. El primer fruto fue Morbo (1972), con Víctor Manuel y Ana Belén en biquini, interpretando a una pareja progre recién casada que se iba al campo con una roulotte y empezaban a tener la inquietante sensación de que alguien, desde una casa cercana, los vigilaba.
Volvió a colaborar con la pareja en Al diablo, con amor (1973), un musical con temas de Víctor Manuel, situado en una isla sobre la que pesa una maldición que impide que los marineros se hagan a la mar. Es probablemente el título más mediocre de su carrera, un musical casposo en una época en la que el cine español ya había hecho algunas incursiones en la estética pop de las cintas de Richard Lester con los Beatles, no exentas de gracia. Como las dos de Los Bravos -Los chicos con las chicas de Javier Aguirre y ¡Dame un poco de amooor…! De José María Forqué-, y sobre todo Un, dos tres… al escondite inglés de Iván Zulueta. Para colmo, la película fue un fracaso comercial por el boicot a la pareja protagonista, a la que se acusaba de haber quemado una bandera española en México durante una gira.
'La loba y la paloma'
En 1974 Suarez insistió con La loba y la paloma en el cine de género del tardofranquismo. Eran los años del fantaterror de Profilmes, de los thrillers de Eloy de la Iglesia -con una obra extraordinaria: La semana del asesino- y de las coproducciones internacionales con doble versión, con desnudos para el exterior y sin para el mercado español. 1974 fue el año del del nombramiento de Pío Cabanillas como ministro de Información y Turismo, fulminado a los diez meses, acusado de tolerar cierta libertad de prensa y promover el destape en las pantallas.
Según la leyenda, alguien en el estreno madrileño de La loba y la paloma gritó embriagado “¡Gracias, Pío!” al ver los pechos desnudos de Carmen Sevilla. La cinta es especialmente recordada por esta escena de la folclórica, que en esos años se estaba reciclando -por su edad y por los cambios sociológicos- a actriz más ambiciosa y osada. Ya había rodado con Eloy de la Iglesia las interesantes El techo de cristal y Nadie oyó gritar. Sin embargo, esta coproducción protagonizada por Donald Pleasence, con aires de thriller psicológico, tiene otras virtudes. Su absurda trama -una estatuilla de oro robada, cuyo paradero solo conoce una niña catatónica- se ve compensada por la fuerza poética de algunas imágenes, tanto del paisaje asturiano como de la claustrofóbica casa en la que conviven los personajes, incluido un insidioso enano. Hay una creciente tensión, violenta y erótica, que recuerda -aunque la de Suárez es muy inferior- a Cul-de-Sac de Polanski, en la que también aparecía Pleasence.
Un clima similarmente claustrofóbico, en este caso en una mansión palaciega, preside Beatriz (1976). Aquí el género es fantástico y terrorífico, y tiene coartada culta, ya que adapta dos relatos de Valle-Inclán relacionados con posesiones diabólicas y brujería. De nuevo aparece Carmen Sevilla, pero en este caso los desnudos corren a cargo de Nadiuska y de la bellísima Sandra Mozarowsky, una actriz envuelta en la leyenda. En 1977, con solo dieciocho años, se precipitó al vacío desde el balcón del piso madrileño de sus padres, Según la versión oficial fue un accidente o un suicido. Según la leyenda urbana, la empujaron al vacío los servicios secretos, porque mantenía relaciones íntimas con varios personajes muy importantes, uno de ellos el entonces rey de España, y amenazaba con contar cosas comprometedoras.
'La Regenta'
Entre La loba y la paloma y Beatriz, Suárez aceptó el primer encargo de su carrera: la adaptación de La Regenta de Clarín, con Emma Penella, esposa del productor Emiliano Piedra, impulsor del proyecto. Unos años antes, a Piedra le había tenido éxito con la adaptación de Fortunata y Jacinta, dirigida por Angelino Fons, y quiso repetir la jugada con otro clásico. El director previsto era Pedro Olea, que se retiró en el último momento, y Suárez aceptó hacerse cargo, sin participar en el guion, obra de Juan Antonio Porto.
Reducir esta novela a un largometraje de hora y media era suicida y se criticó que Penella era demasiado mayor para el papel. Con todo, la película no carece de algunos méritos, pese a que es mucho más conocida la adaptación televisiva en formato de serie que realizó Fernando Méndez Leite en 1995. En este ámbito de las adaptaciones literarias de prestigio, Suárez acabó rechazando La colmena, que dirigió Mario Camus y sí dirigió en 1985 la serie de televisión basada en Los pazos de Ulloa de Pardo Bazán, en cuyo guion colaboró Manuel Gutiérrez Aragón.
La década de los setenta se cierra con dos producciones muy diferentes rodadas en 1977: Parranda y Reina Zanahoria. La primera, basaba en una novela del gallego Eduardo Blanco Amor, es una de las mejores obras de su carrera. Se trata de un drama realista y existencialista sobre tres amigos -José Sacristán, José Luis Gómez y Antonio Ferrandis- lanzados a una interminable juerga autodestructiva. En cambio, Reina Zanahoria es una sátira con poca gracia y ecos de sus primeras películas experimentales, que ha envejecido mal. Pretende ironizar sobre el mundo del marketing, con una empresa madrileña empeñada en conseguir un contrato para promocionar las zanahorias en las que se sustenta la fortuna de una millonaria americana que colecciona maridos y ha anunciado su llegada a España. Para camelársela, buscan al hombre prefecto para seducirla, que no es otro que José Sacristán en su habitual papel de pringado.
'Epílogo'
Fue un fracaso de taquilla y dejó a Suárez en el dique seco durante un tiempo. Tardará siete años en realizar su siguiente largometraje, que él mismo considera una bisagra en su carrera: Epílogo (1984). En ella retoma a los personajes de Ditirambo (José Sacristan) y Rocabruno (Paco Rabal), acompañados -una vez más- por Charo López. Que esta película era importante para él lo demuestra el empeño que puso en sacarla adelante, para lo cual hipotecó su casa de Llanes, en la que se rodó. Centrada en el combate literario -con aires pugilísticos, ya que Suárez es amante del boxeo- entre dos escritores, es tal vez la producción que mejor explica el universo creativo de su autor. El joven Ditirambo se empeña en que el viejo Rocabruno vuelva a escribir, lo cual da pie a una sucesión de relatos dentro del relato, que permiten al director reflexionar sobre la escritura, a partir de una frase atribuida a Chesterton: “La literatura es un lujo, la ficción una necesidad”.
Aunque su guion no carece de imperfecciones, Epílogo es una inteligentísima, juguetona y nada pedante indagación en la esencia de la creación literaria. Un tema que también ocupa un lugar central en Remando al viento (1988), inspirada en la creación del Frankenstein de Mary Shelley en la llamada noche de los monstruos junto al Lago Leman. Suárez mezcla realidad y ficción, con un monstruo que persigue y atormenta a los jóvenes y osados románticos del círculo de Byron y Shelley.
El espíritu lúdico de Epílogo es sustituido aquí por un desasosegante dramatismo de gran intensidad poética, que incluye un uso portentoso de la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis de Ralph Vaughan Williams en la banda sonora. Epílogo y Remando al viento -los dos únicos largometrajes que filma en la década de los ochenta- son muy disímiles entre sí, pero al mismo tiempo complementarios: sendas reflexiones sobre lo literario desde lo cinematográfico. Suponen el punto más alto en la trayectoria de Gonzalo Suárez.
Una escena de 'Remando al viento'
El referente literario sigue presente en las películas de los noventa, que son las que rueda con mayor libertad: Don Juan en los infiernos (1991) que parte de Moliere y pincha estrepitosamente en taquilla; El detective y la muerte (1994), que maneja las estructuras y personajes del cine negro llevándolos a un terreno abstracto y metafísico, y Mi nombre es sombra (1996), relectura libre del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson. Entre la primera y la segunda, tratando de recuperase del descalabro económico de Don Juan en los infiernos rueda la olvidable comedia La reina anónima (1992), con Carman Maura.
Esta suerte de trilogía le permite un gran despliegue visual -Don Juan en los infiernos, por ejemplo, replica el cuadro de Patinir El paso de la laguna estigia, entre otros referentes pictóricos- y dar rienda suelta a su gusto por los diálogos de corte literario. Son películas muy ambiciosas y también muy pretenciosas, que transitan en precario equilibrio entre lo excelso y lo cargante, entre lo grandioso y lo grandilocuente.
Ya en el siglo XXI, dirige la mucho más convencional El portero (2000), tragicomedia protagonizada por Carmelo Gómez y el eterno tema de la guerra civil de fondo. Y su despedida del largometraje: Oviedo Express (2007), nuevo juego metaliterario en el que una compañía teatral viaja de Madrid a Oviedo para presentar una versión de La Regenta. Por el camino, en el tintero, se han quedado algunos proyectos que a sus ya 91 años difícilmente podrá llevar adelante este personaje singularísimo de la cultura española, al que Julio Cortázar definió como “uno de esos outsiders de las arenas intelectuales y artísticas que, por desgracia, no abundan demasiado”.