Richard Dadd, Titania Sleeping, 1841. Oil on canvas, 64.8 x 77.5 cm

Richard Dadd, Titania Sleeping, 1841. Oil on canvas, 64.8 x 77.5 cm Paris, Musée du Louvre, Department of Paintings © GrandPalaisRmn (musée du Louvre) / Jean-Gilles Berizzi

Artes

Richard Dadd: pintor, loco, asesino

'Richard Dadd Beyond Bedlam', la misión de la excelente exposición de la Royal Academy of Arts que reivindica al artista más allá del sensacionalismo

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El 28 de agosto de 1843 el pintor británico Richard Dadd asesinó a su padre a cuchilladas mientras daban un paseo. Estaba convencido de que no era su padre, sino el demonio, que lo había suplantado. Eso le aseguraba la voz del dios egipcio Osiris, que le ordenó matarlo. Pasó el resto de su vida en manicomios, sin dejar de pintar.

Su enfermedad mental y su crimen son lo primero que llama la atención de su figura. Pero no debería quedar reducido a estos morbosos aspectos biográficos, porque su obra pictórica es mucho más que el curioso producto de una mente enferma.

Reivindicar al artista más allá del sensacionalismo es la misión de la excelente exposición de la londinense Royal Academy of Arts (abierta hasta el 25 de octubre). Su título es toda una declaración de intenciones: Richard Dadd Beyond Bedlam (es decir, más allá del manicomio).

Henry Hering, Portrait of Richard Dadd, c. 1857. Photographic print, 20 x 15.5 cm

Henry Hering, Portrait of Richard Dadd, c. 1857. Photographic print, 20 x 15.5 cm Courtesy of Bethlem Museum of the Mind. Alex Fox (Roy Fox Fine Art Photography)

Lo primero que conviene dejar claro es que este pintor no fue un representante del outsider art; es decir, un perturbado que plasmaba sus visiones y delirios. No fue un bicho raro a lo Henry Darger, ni un naif con nulos conocimientos técnicos a lo Henri Rousseau.

Richard Dadd (1817—1886) estudió en la Royal Academy of Arts y fue uno de los fundadores del grupo de jóvenes artistas rebeldes contra el academicismo bautizado como The Clique, al que pertenecieron figuras hoy olvidadas como William Powell Firth, August Egg y Alfred Elmore, entre otros.

La magia en Dadd

El talento plástico de Dadd se aprecia de inmediato en la precisión y elegancia de sus dibujos y acuarelas. Empezó a hacerse un nombre en el medio artístico con óleos que representaban escenas de obras de Shakespeare, como HamletEscena de Hamlet—, pero sobre todo El sueño de una noche de veranoPuck y Titania dormida—, por la que los victorianos sentían predilección, por su vertiente mágica.

Richard Dadd, Puck, 1841. Oil on canvas, 59.2 x 59.2 cm. The Harris, Preston..jpg

Richard Dadd, Puck, 1841. Oil on canvas, 59.2 x 59.2 cm. The Harris, Preston..jpg Acquired with support from The National Lottery Heritage Fund, the Art Fund, Arts Council England via a bequest from Mrs Wade, and the Friends of the Harris, 2011

Inglaterra vivía en esa época la fascinación por el mundo de las hadas y otras criaturas de los bosques, que muchos creían reales. En el XIX, la reacción al racionalismo y la revolución industrial fue el florecimiento de lo espiritual y lo esotérico: sociedades teosóficas, fantasmas, médiums que se comunicaban con los muertos, hadas… Estas últimas constituían un subgénero pictórico, que Dadd cultivó desde el temprano óleo La caza de las hadas.

Permítanme un apunte para entender la magnitud del fenómeno, que todavía coleaba a principios del siglo XX: en 1917 se produjo el caso conocido como “Las hadas de Cottingley”. Dos primas, de 16 y 10 años, se fotografiaron en un bosque… y a su alrededor volaban unas diminutas hadas.

¡La prueba definitiva de su existencia!, clamaron con entusiasmo los creyentes. Entre ellos estaba Arthur Conan Doyle, que escribió varios artículos en The Strand, recogidos en el libro El misterio de las hadas. Al final, muchos años después, las chicas acabaron admitiendo que todo fue una patraña, un truco fotográfico.

En 1842 un amigo pintor del padre de Dadd recomendó al joven a Sir Thomas Phillips, político y jurista galés, exalcalde de Newport, que iba a emprender un largo viaje por el Mediterráneo. Quería llevar consigo a un artista que dibujara los lugares que recorrería. Visitaron Italia, Grecia, Turquía, Líbano, Siria, Tierra Santa y Egipto.

Richard Dadd, Caravanserai at Mylasa, 1845. Oil on panel, 21.3 x 30.5 cm

Richard Dadd, Caravanserai at Mylasa, 1845. Oil on panel, 21.3 x 30.5 cm Yale Center for British Art, Paul Mellon Collection

Phillips era un viajero insaciable, siempre en marcha, y Dadd se quejaba de que no disponía de tiempo suficiente para realizar sus obras. Con todo, los dibujos y acuarelas del viaje —ruinas, arquitecturas, población local, escenas cotidianas— son magníficos, en la línea del Orientalismo entonces triunfante en la pintura europea.

El agotamiento empezó a pasarle factura a Dadd, que en una carta enviada a un amigo escribió: “El impacto de estos paisajes es capaz de quebrar una mente débil. Por las noches mi imaginación delira hasta el punto de que dudo de mi propia cordura”.

El camino hacia la locura

En Egipto pasó varios días fumando hachís en pipas de agua, lo cual no contribuyó a apaciguar sus alucinaciones. Empezó a tener visiones de Osiris y, de regreso en Europa, amenazó con matar al Papa, mientras su comportamiento con Phillips era cada vez más agresivo. De vuelta en Inglaterra, la familia consultó con un psiquiatra y se planteó internarlo por su errático comportamiento.

Fue entonces cuando Richard Dadd mató a su padre en una zona boscosa. El cadáver tardó en ser descubierto y al principio la policía pensó que también el hijo, desaparecido, podría haber sido agredido por algún lunático. Pero cuando entraron en su estudio y descubrieron retratos del padre y de otras personas cercanas, todos con las gargantas seccionadas, dedujeron qué había sucedido.

Entre tanto, el pintor había huido a Francia, al parecer sin cambiarse las ropas ensangrentadas. En Fontainebleau intentó asesinar a un viajero inglés, de nuevo por orden de Osiris. Fue detenido por la policía francesa y deportado a Reino Unido.

Richard Dadd, Portrait of a Young Man, 1853. Oil on canvas, 60.6 x 50 cm

Richard Dadd, Portrait of a Young Man, 1853. Oil on canvas, 60.6 x 50 cm Tate

Pasó el resto de su vida encerrado en dos manicomios sucesivos, primero en Bethlem y después en Broadmoor. En Bethlem fue recluido en el ala destinada a los criminales locos. Las condiciones eran dignas de las escenas más siniestras de una novela dickensiana. Sin embargo, empezaba a abrirse camino una mirada más humanística sobre la locura y los doctores aleccionaron a Dadd a seguir pintando como una medida terapéutica.

El artista jamás se recuperó y padecía brotes periódicos de agresividad, pero los pinceles eran un bálsamo. Los últimos años estuvo internado en Broadmoor, un psiquiátrico un poco más acogedor, situado en la campiña y en el que los internos podían dar paseos al aire libre.

La producción pictórica de Dadd en ambos manicomios es variopinta. Incluye retratos de sus doctores —destaca el de Sir Alexander Morison— y una serie de estupendas acuarelas tituladas Las pasiones, en algunas de las cuales aparecen toques satíricos.

Un microuniverso rescatado

Pero lo más notorio fue su regreso al mundo de las hadas y otras criaturas fantásticas, con lienzos como Escena de bacanal y Contradicción: Oberón y Titania —en la que trabajó durante cuatro años—, y sobre todo su obra cumbre: El golpe maestro del duende leñador (The Fairy Feller’s Master Stroke).

Richard Dadd, The Fairy Feller’s Master-Stroke, 1855-64. Oil on canvas, 54 x 39.4 cm

Richard Dadd, The Fairy Feller’s Master-Stroke, 1855-64. Oil on canvas, 54 x 39.4 cm Tate

Le dedicó nueve años y nunca la dio por concluida. En torno a ella también escribió un críptico poema —con referencias al folclore británico y los textos de Shakespeare— en el que presenta a sus personajes.

Es un lienzo de pequeñas dimensiones (54 x 39,4 centímetros), pero de una intrincada densidad. En una minúscula porción del suelo de un bosque, entre bellotas, castañas, bayas, hierbajos, hojas, flores y guijarros, aparece todo un universo de diminutas criaturas fantásticas. Entre ellas hay un viejo sátiro acuclillado junto a las faldas de dos damas.

Y el centro, de espaldas, el leñador del título —que algunos han interpretado como un autorretrato de Dadd— se dispone a partir la cáscara de una avellana con un hacha. La avellana ocupa un claro del bosque, un espacio vacío en un entorno rebosante de elementos, por lo que el lienzo ha sido interpretado como una exploración del horror vacui.

La paleta de colores es restringida —ocres, grises— y la minuciosidad de la técnica pictórica, apabullante. Hay algo magnético y perturbador en este cuadro —con algo de El Bosco y de Alicia en el País de las Maravillas—, porque presenta un microuniverso en el que abismarse.

Actualmente el lienzo forma parte de la colección de la Tate y merece la pena contar cómo llegó allí. Cuando Dadd falleció, fue olvidado por completo durante muchos años. Hasta que, en la década de los sesenta del siglo pasado, entre hippies amantes de los bosques y el folclore, entusiasmos esotéricos y alucinógenos, y el triunfo de la llamada antipsiquiatría, renació el interés por el pintor de hadas loco y asesino.

En 1933, El golpe maestro del duende leñador había llegado a manos de Siegfried Sassoon, uno de los poetas de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. En 1963 lo donó a la Tate, como homenaje a su amigo —también oficial en la guerra— Julian Dadd, sobrino nieto del pintor, que fue gravemente herido en el frente y se suicidó en 1937. A partir de su exhibición pública, el enigmático lienzo ha tenido un impacto sostenido en la cultura.

Representado una y otra vez

Un par de ejemplos: la canción de Queen The Fairy Feller’s Master Stroke está inspirada en el cuadro de Dadd, del que además toma el título. Y Octavio Paz reflexiona sobre el lienzo en El mono gramático. Aunque apunta algún dato erróneo, es interesante la lectura que hace de la obra como antecedente del surrealismo, por el uso del realismo para plasmar un universo irreal.

Y, sobre todo, resulta fascinante su descripción poética del lienzo, como si el hacha que empuña el leñador, al quebrar la cáscara de la avellana pudiera romper el embrujo de la locura que aprisionaba a Dadd:

“El cuadro es un espectáculo: la representación del mundo sobrenatural en el teatro del mundo natural. Un espectáculo que contiene otro, paralizador y angustioso, cuyo tema es la expectación: los personajes que pueblan el cuadro esperan un acontecimiento inminente".

"El centro de la composición es un espacio vacío, punto de intersección de todas las fuerzas y miradas, claro en el bosque de alusiones y enigmas; en el centro de ese centro hay una avellana sobre la que ha de caer el hacha de piedra del leñador. Aunque no sabemos qué esconde la avellana, adivinamos que, si el hacha la parte en dos, todo cambiará: la vida volverá a fluir y se habrá roto el maleficio que petrifica a los habitantes del cuadro (…)".

"No me resisto a identificar la figura del leñador con Dadd. (…) Condenados a esperar el golpe maestro del leñador, los duendes ven interminablemente un claro del bosque hecho del cruce de sus miradas y donde no sucede nada. Dadd ha pintado la visión de la visión, la mirada que mira un espacio donde se ha anulado el objeto mirado. El hacha que, al caer, romperá el hechizo que los paraliza, no caerá jamás. Es un hecho que siempre está a punto de suceder y que nunca ocurrirá”.