Hoja de contacto de la fotógrafa Ouka Leele, fechada en 1980

Hoja de contacto de la fotógrafa Ouka Leele, fechada en 1980 ARCHIVO OUKA LEELE / GALERÍA ROCIOSANTACRUZ

Artes

Cuando Ouka Leele coloreó la Barcelona contracultural

La galería barcelonesa RocioSantaCruz expone el trabajo de la fotógrafa entre 1978 y 1980, etapa en la que definió una estética personal entre la pintura, la performance y la pulsión onírica

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Corría el año 1978 y Ouka Leele aún se llamaba Bárbara Allende Gil de Biedma. Y fue por entonces también cuando Barcelona ya era una fiesta abarrotada sin contorno que iba definiéndose a manos de una generación que venía de aburrirse mucho, ajena al tinglado de la dictadura y con ganas de romper el cerco de sacristía heredado de un franquismo inútil y gastado. Había pintores, músicos, escultores, dibujantes, directores de cine y aquella fotógrafa de ojos claros que levantaba el edificio de una obra propia que no se iba a parecer a ninguna otra.

Allende Gil de Biedma (1957-2022) era una madrileña algo replegada hacia dentro e inclinada hacia los estudios de Bellas Artes hasta que descubrió en la mecánica de las cámaras una forma distinta de ver y entender el mundo. Todo estaba por hacer. De un día para otro, dejó las visitas dominicales de la mano de su madre al Museo del Prado para alistarse en una avanzada escuela de fotografía próxima a la revista Nueva lente y vender fanzines en el Rastro con la Cascorro Factory en compañía de Ceesepe, El Hortelano y Alberto García-Alix, entre otros.

Hoja de contacto con una serie de autorretratos de Ouka Leele en una casa de Montjuïc

Hoja de contacto con una serie de autorretratos de Ouka Leele en una casa de Montjuïc ARCHIVO OUKA LEELE / GALERÍA ROCIOSANTACRUZ

Enclavijada ahí en medio entre lo más perdurable de la tropa de la Movida madrileña, su carrera artística, sin embargo, despegó en Barcelona, donde lo underground despertó primero, vinculándose a miembros de la revista El Rrollo Enmascarado, como Nazario y Montesol, y otras figuras clave de la escena artística catalana, como Mariscal, Pepichek, Pepe Ribas y Sergi Pàmies. En la capital catalana, Ouka Leele tuvo su primera exposición, en la galería Spectrum, y fue la revista Star, icono de la contracultura, la que publicó su primera portada.

Retratos serios y humorísticos

Todo eso lo hizo al vuelo de las instantáneas de la serie Peluquería (1979), un conjunto de retratos a amigos y personajes de diverso pelaje a los que primero disfrazó y después coloreó en tonos warholianos. La fotógrafa adornó a estos “santos modernos” —calificativo acuñado en su día por la periodista Paloma Chamorro— con tocados surrealistas que ella misma iba construyendo con todo tipo de objetos o animales muertos: pulpos, discos, planchas, pescados, vinilos, tortugas, botellas, limones, jeringuillas, secadores, ventiladores y consoladores de goma.

‘Mujer con limones’, autorretrato de Ouka Leele dentro la serie ‘Peluquería’, junto a otras imágenes de la artista

‘Mujer con limones’, autorretrato de Ouka Leele dentro la serie ‘Peluquería’, junto a otras imágenes de la artista ARCHIVO OUKA LEELE / GALERÍA ROCIOSANTACRUZ

En estas imágenes de Ouka Leele —nombre artístico que tomó de una estrella inventada por El Hortelano—, la vida asomaba por primera vez rotundamente poética y chistosa, absurda y un poco solitaria en medio de la fiesta. Como ella misma. Con aires de laca y greguería, la fotógrafa logró que la imagen abandonase progresivamente el registro documental para acercarse a territorios híbridos, entre la pintura, la performance y la pulsión onírica. Casi de forma involuntaria, confeccionó un almanaque de la modernidad en España a base de retratos serios y tonos flúor.

‘El Hortelano’ (1979), incluido en la serie ‘Peluquería’ de Ouka Leele

‘El Hortelano’ (1979), incluido en la serie ‘Peluquería’ de Ouka Leele ARCHIVO OUKA LEELE / GALERÍA ROCIOSANTACRUZ

El conjunto más ambicioso

A ese trabajo y a esos días echa ahora la vista la galería barcelonesa RocioSantaCruz, que reúne por primera vez el conjunto más amplio de instantáneas que Ouka Leele realizó durante su estancia en Barcelona, entre 1978 y 1980. La propuesta, abierta hasta el 9 de septiembre, se articula a partir de más de 600 negativos y hojas de contacto de época, muchos inéditos, aportados por María Rosenfeldt, hija de la artista y responsable de su archivo, a los que se han añadido textos y poemas no publicados procedentes de los fondos de la revista Ajoblanco.

Las obras seleccionadas contienen los rasgos fundamentales del lenguaje de Ouka Leele: el uso expresivo del color, la carga simbólica de las imágenes y la permanente fusión entre la mecánica de la fotografía y el gesto de los pinceles, aunque, en realidad, ella siempre se vio a sí misma como una pintora. “Mis trabajos tienen más que ver con un cuadro de Velázquez que con una instantánea”, aseguró en alguna ocasión la artista, que comenzó dibujando series e historietas que reproducían situaciones domésticas llevadas al borde del disparate.

Desde un punto de vista creativo, en esta etapa formativa de la fotógrafa Ouka Leele se reconoce ya una clara voluntad de construcción escénica de la imagen, con un uso del color a menudo aplicado manualmente que desafía la supuesta objetividad fotográfica. Además, sus composiciones contienen una intensa teatralidad, un firme propósito de gestualidad, una carga simbólica poderosa y una estética deliberadamente artesanal en sintonía con la explosión contracultural de la época.

Fotografía en blanco y negro de Ouka Leele, incluida en la exposición de la galería RocíoSantaCruz

Fotografía en blanco y negro de Ouka Leele, incluida en la exposición de la galería RocíoSantaCruz ARCHIVO OUKA LEELE / GALERÍA ROCIOSANTACRUZ

Más allá de la tradicional fotografía

En los retratos de la serie Peluquería, la autora anda siempre a la búsqueda de ese hilo argumental que nadie ha visto antes para llegar al fondo del personaje que se sitúa delante de la cámara y trata de descifrarlo, de llegar más allá, con un guiño escenográfico. Va creando un contexto teatralizado cómplice alrededor de cada uno de los protagonistas que escoge: tupés, coronas y peinetas que sitúan al retratado en un entorno que es a la vez extraño y cercano. Esa fórmula, aparentemente ingenua, registra el tiempo nuevo de la democracia.

Porque los modelos de Ouka Leele advierten de algo interesante: cómo rebelarse contra la norma primera que les rodeaba. Ahí aparecen documentados (y recreados) unos jóvenes distintos, de nueva horma y edad diversa, pero convencidos de que fuese lo que fuese no había que perdérselo. La juventud de los setenta y ochenta es aquello, tan lejano, fijado en estas fotografías. Porque vivir es ir dejando un rastro por el que echar la memoria a recobrar los tiempos en que los sueños eran ciertos e imposible su herida.

En estos primeros tanteos fotográficos, la artista madrileña buscó la desubicación como pasaporte hacia los espacios imaginarios que propone. En este viaje, sus instantáneas escenificadas tienen algo de cobijo o de amparo. Sólo los colores desconciertan porque parecen robados de la cresta de un incendio. Las instantáneas en blanco y negro son domadas por Ouka Leele para conseguir esas atmósferas deslocalizadas, para construir estos personajes irreales que formaron parte de su singular imaginario en marcha.

“En aquella época yo era como un ángel”, recordaba sobre los ochenta la fotógrafa, siempre con una cámara registrando y dando cuerpo al presente y sus estridencias, y sus hallazgos, y sus terrores, y sus juegos. En aquel tiempo se sustituyeron los bigotitos imperiales de los gobernadores civiles por grupos de jóvenes con las orejas atravesadas de imperdibles que tocaban la guitarra eléctrica pasados de rosca. Aquel tiempo significó el principio de la democracia y la última fiesta abarrotada. Después, ciertamente, las cosas acabaron de otra manera.