El historiador Sven Beckert, autor de 'Capitalismo, una historia global', en la redacción de 'Letra Global'

El historiador Sven Beckert, autor de 'Capitalismo, una historia global', en la redacción de 'Letra Global' LG

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Sven Beckert: "El capitalismo puede convivir con la expansión de instituciones democráticas y del Estado de bienestar, la historia nos lo recuerda"

Catedrático en la Universidad de Harvard, Beckert es el autor de 'Capitalismo', un monumental volumen sobre la historia de un modelo económico milenario, que reina en regímenes autoritarios y democráticos y que comporta enormes riesgos: "Podría hacer que el mundo colapse antes que el propio sistema"

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Sven Beckert es catedrático de Historia en la Universidad de Harvard y uno de los especialistas más destacados a nivel internacional en la historia económica y global. Es ampliamente reconocido por su obra fundamental Empire of Cotton: A Global History (traducida al español como El imperio del algodón y publicada en Crítica), y en su último libro aborda una ambiciosa y profunda radiografía del sistema económico que vertebra nuestro tiempo: el capitalismo.

Estamos ante un verdadero acontecimiento: la publicación de Capitalismo, una historia global (Crítica), un amplio volumen que podría asustar, hasta que el lector decide sumergirse en sus páginas y comprueba que se trata de un camino llevadero y necesario para conocer el mundo de hoy gracias a esa profunda investigación sobre el pasado. La editora de Crítica, Carmen Esteban, contrató Capitalismo hace ocho años. Hoy es una realidad para los lectores en lengua española. En inglés se publicó en noviembre de 2025.

Frente a las lecturas puramente economicistas o contemporáneas, Beckert defiende la necesidad de adoptar una perspectiva estrictamente histórica y global para comprender que el capitalismo ni es una evolución natural de la humanidad ni un destino inalterable, sino una creación humana moldeada por el conflicto, el comercio, la esclavitud, el Estado y, sobre todo, la constante tensión entre su vocación de crecimiento permanente y los límites del planeta.

Con su sonrisa, cuando trata de hacer evidente algo que la historia ha demostrado, desarma al interlocutor, que valora una pedagogía que se antoja cada vez más rara. Beckert insiste: "no es una obra para especialistas, es para aquel ciudadano que quiere entender el mundo de hoy".

Beckert, en esta entrevista con Letra Global, con su visita a Barcelona --la capital del mundo editorial en lengua española-- señala una idea que podría darse por sentada, pero que se ha puesto en tela de juicio, con los planes de gurús y empresarios tecnológicos, como Peter Thiel o Elon Musk, que dibujan un futuro muy oscuro: "El capitalismo puede convivir con la expansión de instituciones democráticas y del Estado de bienestar, la historia nos lo recuerda. Estudiar la historia nos proporciona una nueva imaginación sobre el presente".

¿Qué ha buscado con esta obra, que abunda en la idea de que no hay un capitalismo, sino capitalismos, en plural, y que coloca a los comerciantes en el centro de la escena?

El libro está escrito no tanto para un público especialista, sino pensado para personas interesadas en el mundo en el que vivimos hoy, el cual está profundamente estructurado por el capitalismo. Mucha gente tiene opiniones muy firmes al respecto, considerándolo algo maravilloso o verdaderamente terrible.

Lo primero que intento hacer es dar un paso atrás y explicar qué es este capitalismo, por qué resulta fundamental para comprender nuestra vida contemporánea. A diferencia de otras personas que han escrito sobre el tema, mi argumento central es que el capitalismo es estrictamente histórico. No basta con mirar solo el presente. Es necesario comprender cómo surgió esta forma extraña, bizarra y peculiar de organizar la vida económica. No es la forma natural de estructurar las actividades humanas, sino una manera históricamente específica que empiezo a rastrear en el último milenio. Además, sostengo que solo puede entenderse desde una perspectiva global, sin limitarnos al continente europeo.

El historiador Sven Beckert, en la entrevista con 'Letra Global'

El historiador Sven Beckert, en la entrevista con 'Letra Global' LG

Y es ahí donde los mercaderes, a su juicio, desempeñan un papel fundamental como una clase social con personalidad propia y diferenciada.

Sí, ellos son algo extraño en el contexto histórico. Si leemos las cartas de la comunidad mercantil de la ciudad de Adén, en el actual Yemen, de hace ochocientos años, entendemos inmediatamente lo que hacían porque se asemeja mucho a lo que hacemos hoy: intentan comprar cosas, venderlas, obtener un beneficio e invierten en la producción para generar ganancias. Eso es sumamente moderno. Pero en el mundo de hace ocho siglos era una rareza absoluta, una lógica totalmente marginal. La mayor parte de la población vivía de la producción de subsistencia o bajo el dominio de un señor feudal que extraía recursos mediante la coacción y la violencia. Sin embargo, aquellas comunidades mercantiles no solo estaban en Europa, sino de forma muy destacada en el mundo árabe, la India y China. Para comprender los verdaderos orígenes del sistema, ya necesitamos esa mirada global.

Entonces, ¿debería rechazarse la conexión tradicional entre los sistemas de libertades y un sistema económico basado en el mercado y el capitalismo?

Esa es una gran pregunta, y el libro no adopta una postura normativa sobre cómo debes pensar. Busca explicar cómo surgió este mundo en los últimos quinientos, ochocientos o mil años. La cuestión de las libertades es muy compleja. Por un lado, el surgimiento del capitalismo libera a las personas de la dependencia feudal y socava la sociedad organizada por rangos y estatus, ofreciendo nuevas oportunidades vitales. Además, tras la Revolución Francesa, se observa una rápida expansión simultánea del capitalismo y de la democracia liberal, lo que indica una relación causal. Pero mi libro también demuestra que la historia del capitalismo es, en gran medida, una historia de enormes coacciones y violencia tremenda.

No se trata solo de contratos y mercados; es también una historia de esclavitud, colonialismo y desposesión. Solemos pensar que los derechos de propiedad son centrales —lo cual es cierto—, pero muy a menudo el capitalismo ha funcionado quitándole la propiedad a unos para dársela a otros. Y en el plano político, aunque existe correspondencia con la democracia liberal, el capitalismo también prospera bajo regímenes monárquicos, fascistas y autoritarios. En Occidente tuvimos la falsa confianza, hace cuarenta o cincuenta años, de que 'cuanto más capitalismo, más libertad y democracia', pero el mundo demuestra que la realidad es mucho más compleja.

Portada de 'Capitalismo, una historia global', de Sven Beckert

Portada de 'Capitalismo, una historia global', de Sven Beckert

En ese sentido, usted expone con dureza el peso determinante de la esclavitud en el desarrollo de este sistema.

Sí, ese es uno de los argumentos clave: entre los siglos XVI y XIX, la esclavitud pasó a desempeñar un papel crucial, especialmente con la integración de las Américas en una economía global dominada por Europa. La revolución capitalista fue tan radical que generó resistencias generalizadas por parte de élites religiosas, feudales y campesinos que no querían formar parte de esa nueva forma de vida. Una de las vías para imponer sociedades bajo principios capitalistas consistió en obligar a la gente por la fuerza, convirtiéndose la agricultura de plantación en las Américas en la auténtica frontera de este proceso en un momento histórico determinado.

Usted califica los años entre la Primera Guerra Mundial y el final de la Segunda como 'los años de los monstruos'. ¿Cuáles fueron las dinámicas específicas que propiciaron esa catástrofe?

A finales del siglo XIX empezaron a surgir nuevas industrias pesadas —como la siderurgia, la minería del carbón, la maquinaria eléctrica o la química— que estaban profundamente arraigadas en determinados Estados nación, a diferencia de los mercaderes móviles. Una vez que construías una fábrica de acero en Pittsburgh o Bochum, era imposible moverla. Por tanto, los empresarios se volvieron dependientes del Estado, y el Estado se volvió totalmente dependiente de los empresarios porque ellos proporcionaban las armas y los productos químicos necesarios para la guerra.

Tras la Gran Depresión, esto cristalizó en una coalición terriblemente peligrosa de nacionalismo económico entre el capital industrial y el poder estatal.

Ante esto, cabe plantearse: ¿la reacción ante los excesos del capitalismo conduce siempre a la represión y a la dictadura? ¿Habría existido el nazismo sin el respaldo del capitalismo alemán?

No necesariamente. Uno de los puntos que demuestro es que el capitalismo es sumamente flexible y antidogmático. Puede tomar el camino del fascismo y la guerra, pero también vías completamente distintas. Por ejemplo, en los Estados Unidos de los años treinta tuvimos el New Deal, y después de 1945 presenciamos el surgimiento del Estado de bienestar en toda Europa y América del Norte. Esa 'edad de oro' del capitalismo global, que duró unos cuarenta o cincuenta años, demuestra que el capitalismo puede coexistir con regímenes que reducen la desigualdad social y expanden las instituciones democráticas. Ya lo hemos hecho antes y podemos volver a hacerlo; mirar a la historia nos otorga una nueva imaginación política sobre el presente.

Sven Beckert, en la entrevista con 'Letra Global'

Sven Beckert, en la entrevista con 'Letra Global' LG

¿Pero no fue eso una excepción en la larga historia, durando apenas 45 o 50 años?

Sí, es un momento histórico específico, diría que desde los años 30 hasta los 70 en Estados Unidos: unos 40 o 50 años que denomino la 'edad de oro' del capitalismo global. Y eso llegó a su fin, es cierto. Pero no creo que debamos asumir que ese fin es permanente.

Hoy tenemos la sensación de una creciente desigualdad social y presiones sobre el Estado de bienestar, lo cual es real. Sin embargo, mirar a la historia puede ser muy útil y liberador para la política actual, porque demuestra que el capitalismo puede adoptar diferentes regímenes de desigualdad —con menor desigualdad social—, tal como lo hicimos antes y podemos hacerlo de nuevo. El capitalismo puede convivir con la expansión de instituciones democráticas y del Estado de bienestar, la historia nos lo recuerda. Estudiar la historia nos proporciona una nueva imaginación sobre el presente.

¿Qué lecciones debemos extraer de un caso como el de Chile tras el golpe de 1973?

Chile representa una reorganización radical de la economía bajo líneas neoliberales, anticipándose a las políticas de Ronald Reagan en EEUU o Margaret Thatcher en el Reino Unido. Estudiar el caso chileno nos permite ver cómo el neoliberalismo comenzó como un movimiento intelectual de la Escuela de Chicago (Hayek y Friedman), pero también arraigó debido al profundo descontento social y del sector empresarial con el viejo orden keynesiano de la posguerra. Aquella fue una ruptura radical que, no obstante, conservó ciertas estructuras del pasado, del mismo modo que hoy nos encontramos en la transición hacia una nueva época cuyos contornos definitivos aún se están gestando.

Vivimos en un sistema capitalista, pero totalmente transformado. ¿En qué punto podremos decir que ya no es capitalismo? ¿Nos dirigimos hacia un retroceso implacable que nos devuelva al siglo XIX?

El capitalismo ha demostrado una gran adaptabilidad, diversidad y energía creativa a lo largo de los siglos (desde las plantaciones esclavistas de Cuba en 1850 hasta las economías de servicios actuales), por lo que no predigo su fin inminente. Sin embargo, destaco una tensión de importancia categórica: la lógica interna del capitalismo exige una expansión y un crecimiento permanentes, mientras que la naturaleza opera bajo una lógica de límites finitos en recursos y combustibles fósiles.

Aunque el capitalismo ha superado crisis ecológicas históricas, este conflicto fundamental persiste y podría hacer que el mundo colapse antes que el propio sistema. Por otro lado, aunque algunos políticos actuales sueñen con regresar al capitalismo duro de finales del siglo XIX —con sus marcadas desigualdades e innovaciones tecnológicas—, la historia demuestra que un retorno literal es imposible. El mundo ha cambiado drásticamente: hoy China por sí sola manufactura más bienes que la Unión Europea y Estados Unidos juntos. Ya no estamos en un tablero dominado únicamente por unas pocas potencias occidentales.

¿Qué proyectos sobre el capitalismo percibe a través de figuras como Elon Musk o Peter Thiel, con sus planes espaciales?

Reflejan una gran autocelebración y el convencimiento de ser los 'amos del universo', un complejo de superioridad que ya exhibieron otros grandes empresarios a finales del siglo XIX y que finalmente no se materializó tal como preveían. Aunque intentan trascender los límites ecológicos terrestres buscando alternativas fuera del planeta, sus visiones suelen ir acompañadas de un desprecio preocupante hacia el resto de los seres humanos, a quienes consideran inferiores o prescindibles en su nuevo orden. Debemos poner sus discursos en perspectiva y mantener la cautela.

¿Qué papel juega China en la evolución actual del sistema, considerando que está dominado por un partido comunista y una cúpula reducida?

Lo que Pekín denomina 'socialismo con características chinas' es una forma particular de organizar la vida económica, pero conectada con la larga historia global. Durante siglos, antes del paréntesis de 250 años de dominio europeo y norteamericano, China e India fueron con diferencia las mayores economías manufactureras del mundo. Hoy estamos regresando a un orden que ya se había visto en el pasado. Además, la escala es descomunal: mientras que en la revolución industrial británica se incorporaron a las fábricas unos pocos millones de personas, en China cuatrocientos millones de campesinos se trasladaron a las ciudades en apenas dos décadas, un cambio sin precedentes en la historia humana que se comprende mejor al estudiar el pasado.

Por tanto, ¿por qué resulta tan indispensable mirar a la historia para navegar por el presente?

Porque es imposible entender el mundo en el que vivimos —ni tampoco nuestras propias vidas— si nos limitamos a perspectivas puramente personales, locales o nacionales. Debemos pensar en el mundo como un todo interconectado a lo largo del tiempo. Estudiar la historia nos demuestra que el capitalismo no es una fuerza de la naturaleza ni un mandato divino, sino una creación humana. Y dado que existen múltiples futuros posibles, la historia nos otorga un sentido de las posibilidades de la existencia humana para imaginar que el capitalismo puede adoptar formas diferentes, más justas y democráticas, tal como ya ha ocurrido en otros momentos del pasado.