Fotografia de Marcos Ordóñez

Fotografia de Marcos Ordóñez

Ideas

Unos recuerdos del joven Marcos

Una anécdota como homenaje al escritor y crítico teatral, erudito y grafómano, Marcos Ordóñez

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Unos le admiraban como crítico teatral. Otros, como profesor de literatura en el master de la Pompeu. Otros preferirán sus novelas, o sus libros de memorias y misceláneos, como Un jardín abandonado por los pájaros, que es un título tan melancólico como los de Hrabal, o Juegos reunidos. O su dietario Una cierta edad. Otros, la autobiografía de Alfredo Landa Alfredo el grande. Vida de un cómico.

O bien Beberse la vida, pulcra historia de Ava Gardner en sus años de Madrid, que a mí me parecía un libro raté, porque ya la actriz había publicado sus memorias. Para mí, el mejor de sus libros es Big Time: la gran vida de Perico Vidal, o sea las confesiones de un señor ligado por casualidad a la industria cinematográfica que entre otras cosas estuvo al servicio de Joseph Losey cuando este rodaba La hija de Ryan. Todo un personaje y un reguero de anécdotas fascinantes. Lo publicó Asteroide.

Big Time: la gran vida de Perico Vidal

Big Time: la gran vida de Perico Vidal

Me había prometido no escribir nunca más necrológicas de los amigos y la gente que he conocido, pues es un ejercicio más bien pesaroso, pero como estos días me vienen de continuo los recuerdos suyos, voy a infringir esa norma autoimpuesta, voy a homenajear con alguna anécdota a Marcos Ordóñez.

Siempre le he guardado gratitud porque fue él quien me metió en el periodismo, aprovechando una plaza que había quedado libre en El Correo Catalán. Me recomendó al director, y luego me respaldó y ayudó. Dirigía la sección de Cultura un joven, muy buen profesional, que se llamaba Josep Ylla, que muchos años más tarde fallecería, con dos compañeros suyos de TV3, en un accidente automovilístico cuando volaban hacia Berlín para cubrir la caída del muro…

En El Correo Ylla dirigía, pero muchas de las iniciativas informativas que se aplicaban, muchas de las ideas, procedían de Marcos, pues se le caían de las manos. Y la sección entera era francamente muy potente, en buena medida gracias a él, que tenía una memoria y una erudición verdaderamente extraordinarias, que por cierto ponía al servicio de sus compañeros, pues tenía espíritu de equipo.

De cualquier película que le mencionases sabía el nombre hasta del apuntador. Lo mismo con la música o la literatura.

Mítica escritura compulsiva

Era también grafómano. No le costaba nada llenar casi cada día una página entera del diario, y hacerlo, además, a velocidad de vértigo. Una vez enviada su página a montar, hacia media tarde, cuando todos los demás estábamos bregando laboriosamente con nuestro articulito, se iba a casa, deteniéndose en el dintel de la puerta para despedirse, exclamando —su vozarrón se oía por toda la sala—: “Me voy, pero volveré. ¡Y lavaos, que el jabón va barato!”

Aquella grafomanía era mítica en la redacción. Con frecuencia iba a la mesa de maquetación y les hacía retirar o reducir la foto, para así disponer de más espacio. Las páginas así, llenas de texto, quedaban pesadas como un ladrillo, pero sus textos eran deliciosos, informativos, con criterio. Cada año Marcos iba al festival de San Sebastián, asistía a tres o cuatro estrenos y luego se iba a la sala de prensa donde en un plis plas enviaba sus crónicas por teletipo.

La información que proporcionaba nos dejaba tan boquiabiertos como su prolijidad. Una tarde en la redacción, el jefe de Cierre se subió a una escalera con el teletipo de Marcos, y exclamando “Mirad, mirad lo que acaba de enviar Ordóñez desde San Sebastián”, sostuvo la primera página contra el techo de la sala.

El texto bajaba cuatro metros hasta el suelo, donde todavía se extendía a lo largo de un par de metros. Era algo asombroso, pues hubieran bastado dos o tres folios. Él, por menos de quince, no se ponía.

Una vez salía de la redacción se iba a su casa, y se ponía a escribir su primera novela, a la que indefectiblemente se refería como “mi gran novela Mambo.” Lo de “mi gran novela” sólo a medias lo decía en sentido paródico, pues tenía ambición de hacer algo excepcional.

Como se puede imaginar el lector por lo que acabo de contar, la novela no era una novelita corta, sino un caudaloso texto en el que hacía el balance de su juventud, de su generación. “Todo había terminado ya”, decía, si no recuerdo mal, la primera frase de ese su primer libro. ¡Con lo joven que era! Pero tenía razón: todo se decide en las dos primeras décadas de la vida, si no en la primera.

Ah, no, que antes de “su gran novela Mambo” publicó Gato Pérez: la rumba como ética, creo que para editorial Júcar. El rumbero argentino trasplantado a Barcelona era uno de sus buenos amigos. A Marcos le afectó, como es natural, su muerte prematura, con la que Gato cumplía su previsión:

“Se fuerza la máquina, de noche y de día/ y el cantante, con sus músicos/ ¡se juegan la vida!/ ¡Se juegan la viiiida…!” Volviendo a Mambo, como Marcos se tomaba la literatura muy en serio le llevó años acabarla, y al final se publicó con otro título, El signo de los tiempos, inaugurando la nueva colección de narrativa hispánica de Plaza y Janés. No obtuvo el éxito que esperaba, lo que le dolió no poco, pero no le disuadió, como sabemos, de seguir escribiendo y publicando.

Los fines de semana escribía su novela también por la mañana, y recuerdo mi asombro al llegar a su casa y encontrármelo en su despacho, con la persiana que daba a la calle San Magín bien cerrada y el flexo encendido junto al alto fajo de páginas ya escritas, tecleando furiosamente en su máquina. Lo más chocante es que escribía con las gafas de sol puestas. Decía que le ayudaba a concentrarse. No sé si más adelante abandonaría ese hábito.

Admirado profesor

En sus últimos cursos como docente, tras años de separación por diversos motivos, entre ellos mis mudanzas de ciudad, solía invitarme a dar una clase en la Pompeu. Observé que sus alumnos lo veneraban, lo escuchaban como al oráculo de Delfos. Lástima que no grabase aquellas lecciones, estoy seguro de que eran buenas y que darían para un libro. Luego hablando con él vi que la política le importaba un pepino: si le mencionaba el procés me decía “uf, qué aburrimiento, ¿no?”

En cambio, seguían importándole, y mucho, el teatro y el cine y la música y la novela. Recordando las risas y chanzas de nuestra juventud, me parecía que se había vuelto un hombre muy serio, incluso un poco triste, pero quizá sólo era una impresión que me dejaba. Entendí que procuraba activa y conscientemente ser buena persona, no envidiar ni despreciar a casi nadie, un propósito muy noble y viril, que se trasluce en sus libros, que suelen ser panegíricos.

No le reprocho a la muerte que se lo haya llevado, pues en esto no hace excepciones, pero sí le reprocho a la vida la extraña crueldad de que un hombre con una memoria sencillamente prodigiosa la perdiese del todo, años antes de fallecer.