'Corrida de toros en un pueblo', de Francisco de Goya

'Corrida de toros en un pueblo', de Francisco de Goya

Artes

Savater y el arte de la lidia

El Paseíllo reúne en un volumen todos los escritos del filósofo donostiarra sobre tauromaquia, donde reflexiona acerca de la constitución moral del hombre frente a la bestia y critica la adjudicación de valores humanos a los animales

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No se necesita una argumentación ética fundada para que a uno, personalmente, le desagraden o hasta le asqueen los toros, pero en cambio es imprescindible para prohibirlos en una comunidad con carácter imperativo y general”. Aunque Fernando Savater suele decir que él no es filósofo, sino que tan solo ha sido profesor de filosofía, lo cierto es que sus intervenciones en el ágora de nuestro tiempo demuestran que el ejercicio de la filosofía –y no la simple transmisión de su historia– sigue siendo imprescindible y orientadora. En nada se echa tanto de menos el riesgo del pensamiento libre y desprejuiciado como en los grandes debates de este siglo, sobre todo en aquellos que orbitan en torno a la singularidad humana, puesta en duda ahora por los discursos animalistas y tecnológicos. Si por una parte se pretende que la inteligencia artificial nos sustituya incluso en cuestiones relativas al juicio, parece que también quiere confundirse el necesario y deseable buen trato a los animales con la transferencia a los mismos de derechos y categorías exclusivas de los humanos. Ya sea frente a la máquina o ante el reino animal, la claudicación no es sino una nueva forma de barbarie.

En Todos mis toros (El Paseíllo), Fernando Savater ha reunido la práctica totalidad sus artículos que, de un modo u otro, tienen que ver con la tauromaquia. Pero no hay aquí apenas descripciones de grandes faenas, evocaciones de maravillosas tardes o recuerdos de legendarios toreros, sino sobre todo una honda y pertinente reflexión de fondo, recurrente y persuasiva, acerca de la constitución moral del hombre frente a la bestia. Como él mismo admite en varias ocasiones, Savater no es un experto taurino –al modo, por ejemplo, de Alberto González Troyano, nuestro senador perpetuo del Sur– sino tan solo un agradecido aficionado que ha disfrutado de corridas y encierros desde niño y que siempre ha abogado por su conservación. (Sí es experto, en cambio, en carreras de caballos, espectáculo que a menudo asoma también en estas páginas y sobre el que ha escrito magistrales columnas que han terminado por conformar un género único en la prensa española al que muchos nos hicimos adictos aunque no supiéramos nada de hípica.)

Fernando Savater en Sevilla

Fernando Savater en Sevilla @JAIMEFOTO

Muchos de estos artículos, como su ensayo Tauroética (2011), se escribieron al calor del debate parlamentario que terminó con la prohibición de la Fiesta en Cataluña, una decisión luego revocada por el Tribunal Constitucional pero que ha continuado vigente de facto por el imperativo nacionalista, cuyos argumentos animalistas mal disimulaban espurios motivos políticos. Y aquí nos encontramos con la primera lección filosófica. Pues, como sostiene Savater, el Parlamento no está para zanjar cuestiones de conciencia individual, sino “para establecer normas que permitan convivir morales diferentes sin penalizar ninguna y respetando la libertad individual”. Porque es evidente que la prohibición, por parte de un organismo legislativo, de un determinado espectáculo debido a la crueldad que se inflige a los toros, no resuelve el problema moral del dolor que el hombre causa a los animales.

Y ese extremo nos invita a reflexionar acerca de otra cuestión. Cuando el antitaurino protesta contra la tauromaquia y pide su abolición, esgrimiendo razones que muchas veces son comprensibles e irrefutables, demuestra por otra parte una seguridad frente al problema humano que el taurino en realidad no tiene. Y esa inseguridad, que nunca se invoca, es justamente la mejor baza del aficionado. En otras palabras, el taurino, cuando va a la plaza, no lo tiene todo resuelto, a diferencia del antitaurino, que cree poder hablar en nombre de toda la humanidad para defender al toro, símbolo para él de la fauna inocente y maltratada. Y aquí de nuevo nos asiste el impagable sentido del humor de Savater cuando dice: “La mejor forma de tratar a un toro de lidia es lidiarlo”. Una frase que parece el eco de otra memorable de José Bergamín, amigo del filósofo: “No hay nada más humillante para un toro que la compasión”.

'Tauroética'

'Tauroética' ARIEL

Pero, como siempre con Savater, de la risa pasamos a la hondura sin perder el humor. Y así entramos en una cuestión más compleja, tal y como se aborda en el texto de mayor enjundia de todo el libro, el titulado 'Nuestra actitud moral ante los animales'. Aquí Savater entabla un inteligente y edificante cuerpo a cuerpo con Peter Singer, un filósofo de su generación que ha sido muy influyente en lo relativo a la reivindicación de los derechos de los animales y a la denuncia de su sufrimiento. Sin dejar de reconocerle su valía intelectual e incluso su argumentación procedente, Savater discrepa con vehemencia en punto a la relativización, propia de esa escuela de pensamiento, de la ética humana, que para Singer no sería sino una sofisticación de nuestro instinto de supervivencia social, tan evolutivamente condicionada como cualquier otro comportamiento biológico.

En su razonamiento, Savater da en el blanco de una cuestión que, al calor de estas discusiones, no ha hecho más que agravarse. Lo propio de la conducta humana, dice, es “poder inhibir o aplazar la satisfacción de nuestras necesidades más perentorias para cumplir otros propósitos”. Tener intereses es lo contrario del “no tener más remedio que” característico de los animales. De ahí que nosotros seamos moralmente responsables y los animales no, pues “la inocencia y la culpabilidad están ligadas a la conducta interesada, no meramente a la instintiva”. Los animales no son inocentes ni culpables sino que somos nosotros quienes les conferimos la dignidad o el castigo. El esfuerzo imaginativo que pide preservar especies y cuidar su hábitat –ese franciscanismo que inspira a Elizabeth Costello, el personaje de J. M. Coetzee a su vez moldeado a partir de la filósofa inglesa Mary Midgley, autora del pionero Beast and Man (1978)– no es sino la confirmación de ese extremo. Cuando se salva de la extinción al lince ibérico, opera la ética humana y no la bondad o la inocencia del felino. Igual que cuando se extermina una plaga de cucarachas en un colegio.

Cuando a veces se oye a un antitaurino, normalmente de los más tontos, celebrar la muerte de un torero en el ruedo “porque se lo merecía”, en realidad está concediendo que el toro hizo un bien vengándose del que le había hecho daño. Pero es evidente que el toro, cuando mata, ya sea a un hombre o a otro toro, no está haciendo nada malo, sino que tan solo ha obedecido al instinto de su bravura. El que puede decidir si hace bien o mal matando un toro es el hombre. La facultad que le permite condenar las corridas por crueles es la misma que le concede la posibilidad de ampliar el juicio moral en las plazas hacia algo que desafía su propia racionalidad y la misma irracionalidad de la bestia.

'Todos mis toros'

'Todos mis toros' EL PASEÍLLO

Savater trae a colación, a este respecto y con vibrante pertinencia, el inolvidable diálogo entre el piadoso y leal Starbuck con el blasfemo Ahab al final de Moby Dick. El primer oficial del Pequod le reprocha a su capitán que quiera vengarse de una bestia irracional que solo le atacó por instinto, a lo que Ahab contesta diciendo que todo “lo visible no es sino máscara”, pero que “en todo acontecimiento, en el acto vivo, en el hecho indudable, algo desconocido, pero que sigue razonando, aparece con sus propios rasgos tras la máscara irracional. Si el hombre debe atacar, ¡que lo haga a través de la máscara!”.

Como apunta Savater, “la sangre vertida por los irracionales no nos rescatará de nuestro desangrarnos racionalmente”. Y es más, la máscara que invoca Ahab no es sino un trasunto del imprescindible y enigmático escenario que el hombre necesita para representarse y averiguarse y del que las corridas de toros siguen siendo, a despecho de los parámetros vigentes, el ejemplo más radical que queda en el mundo civilizado. De ahí que, como concluye Savater, filósofo a tiempo completo, el rechazo a la tauromaquia, aunque se base en una sensibilidad respetable, “no puede fundar una moral única, institucionalmente obligatoria para todos”.