Una de las fotografías de la serie ‘La Chanca’, tomada en el barrio almeriense en 1960.

Una de las fotografías de la serie ‘La Chanca’, tomada en el barrio almeriense en 1960. PÉREZ SIQUIER, VEGAP, BARCELONA, 2026

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Carlos Pérez Siquier, el cazador luminoso del Sur

La Fundación Mapfre revisa en la trayectoria del indomable artista almeriense, uno de los nombres fundamentales de la fotografía española

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Si se observa desde la distancia, desde el túnel de tiempo que nos separa hoy de los años de la posguerra, el barrio de La Chanca, a los pies de la Alcazaba de Almería, tiene algo de escalofrío ante una miseria que ha quedado difuminada, pero que todavía no está muy lejos. Por aquellos caminos de cantos rodados, por las calles talladas de pies descalzos, por las vías sureñas del hambre, se adentró Carlos Pérez Siquier (1930-2021) con su cámara al hombro en la década de los cincuenta y sesenta. Entonces, La Chanca no era más que un accidente de geografías humanas, un espejo despeinado de Las Hurdes. Y el fotógrafo almeriense lo desveló en un puñado de imágenes cargadas de una extraña bondad, capturando lo mismo a las viudas enlutadas que a las niñas que lo miraban desde el umbral de la casa. Sus instantáneas convirtieron ese territorio en una memoria viva que por primera vez se mostraba sin aditivos. El escritor Juan Goytisolo acompañó más tarde con letra ese mundo a contramano.

Con la autenticidad del testigo, aquel empleado de banca atrapó en un reportaje en blanco y negro la vida de ese barrio maltrecho sin más artificio que el artificio mismo de la pobreza, sin más filtro que la luz limpia del Mediterráneo. Retrató con un disimulado espíritu de boicot gentes y callejuelas y, casi sin pretenderlo, reflejó el sumidero de la otra España, la del franquismo, un terruño con modales de cuartel y curas con sotana, donde se mezclaban las primeras ráfagas yeyés y los suburbios descompensados.

‘La Chanca, Almería, 1963’.

‘La Chanca, Almería, 1963’. PÉREZ SIQUIER, VEGAP, BARCELONA, 2026

Lo que salió de ahí fueron unas imágenes de éxtasis peatonal que no buscaban golpear al que mira, sino sencillamente mostrar una insólita poética de seres y geografías, de extrañezas y costumbres, de desamparo y soledades con intensidad contenida, vibrante, profundamente humana. Aquí es donde su obra alcanza uno de los momentos de esplendor y fija estampas esenciales como la de la mujer enlutada que desciende una cuesta entre casuchas blancas o esa otra con hileras de ropa tendida, haciendo con las sombras una inesperada geometría cubista

Esas instantáneas, ciertamente, voltearon la fotografía en España. Su autor se puso de espaldas a la tendencia pictoralista que dominaba el medio para levantar la barricada de un reporterismo que aquí casi nadie entendió bien, cerca de los códigos del neorrealismo italiano. Era un trabajo sin retórica, tocado por una intuición sobrecogedora, por esa pureza herida. Atento al instante único que da seña y hora de un momento concreto, Carlos Pérez Siquier empezó a descifrar aquel país con sabañones desde el gran ventanal de la sencillez. Algunas de las imágenes más reconocibles del artista almeriense son un faro de costa que ahora destella en el Centro KBr de la Fundación Mapfre en Barcelona. Una exposición abierta hasta el próximo 24 de mayo que recoge seis décadas de trabajo –de 1956 a 2017– que amplificaron las fronteras de la fotografía española y dieron impulso, cobijo y senda a una manera insólita (hasta entonces) de mirar.  Con una máquina de retratar, Pérez Siquier extrajo de la realidad su otra realidad sin alterarla.  

‘Roquetas de Mar, 1975’.

‘Roquetas de Mar, 1975’. PÉREZ SIQUIER, VEGAP, BARCELONA, 2026

Queda a la vista que pronto Pérez Siquier tomó sitio de imprescindible en la fotografía. Nunca aceptó con facilidad el elogio. Tampoco la solemnidad. En vida, fue una referencia en marcha, con una vida remachada por cientos de anécdotas que contaba entre derrapes de ironía y modestia. Su ocasión contagiosa por el oficio no era para él mérito, sino solo eso: pasión. Tampoco gastaba teorías, aunque iba alicatado de saberes. Es como si se le hubiera desprendido de cualquier voluntad didáctica. Encontró lo suyo y basta. Siempre se consideró un fotógrafo eminentemente intuitivo, pero su compromiso con el medio lo convirtió en un pionero de la vanguardia fotográfica. En la ultraperiférica Almería, junto a José María Artero, fundó la revista AFAL. La publicación ayudó a difundir la obra de una tribu fascinante de cazadores de imágenes (Masats, Miserachs, Maspóns, Colom y algún otro) que acabó por mostrar el confuso amanecer de ser españoles a varias generaciones sin más retórica que la de poner una de las córneas en el visor de una cámara y disparar a tiempo.

Pero su aventura no se quedó ahí. A comienzos de los sesenta, cambió el registro y saltó al color. Tomó otra vez como laboratorio de pruebas la realidad diaria del barrio de La Chanca para ocuparse ahora no de sus habitantes, sino del paisaje, de las rocas, de las chozas, de la ropa tendida al sol, de las hendiduras y los desconchones de los muros encalados. Estas imágenes anticiparon el interés del artista por el color como herramienta narrativa, que cuajó más adelante en series de gran ambición. En las instantáneas agrupadas bajo el título Informalismos, el fotógrafo plasmó la superposición de capas de pintura, carteles y texturas que los habitantes de La Chanca habían ido depositando en las paredes de sus casas. El muro se convertía en una reivindicación del objeto y del espacio urbano como elementos cargados de significado, capaces de narrar el paso del tiempo y la transformación social de España. La elección del color como instrumento de expresión le conectaba con el informalismo pictórico que dominó el arte patrio en los sesenta. 

‘Cádiz, 1980’. PÉREZ SIQUIER, VEGAP, BARCELONA, 2026

‘Cádiz, 1980’. PÉREZ SIQUIER, VEGAP, BARCELONA, 2026

Aquella deriva culminó en el aire pop de las fotografías de la serie La playa, donde fijó su interés en el cuerpo grasiento de los primeros turistas europeos que invadían en vuelo chárter el Cabo de Gata. Los retrataba en la Playa de los Muertos. Tan blancos, tan únicos, tan exóticos. Y así sus imágenes fueron viciándose de luz, de texturas nuevas, de matices, de escalas cromáticas poderosísimas, sensuales, irónicas. Incluso de bellísimas abstracciones que nacen de una llaga en la pared. De la forma de un gorro de baño, del retal de un bikini en la ingle. En aquellos años fue reuniendo un conjunto de estampas con el color como protagonista, más lúdicas, incluso en algún momento más abstractas, perfumadas de un sol en lo alto: parasoles con escenas de cine, muñecos gigantes de feria y fachadas decoradas con elementos kitsch, entre otros. Estas fotografías, cargadas de humor y ambigüedad, cuestionan la realidad aparente. Lo que parece cotidiano se transforma, mediante el encuadre y la perspectiva, en una escena fantástica o absurda. Es la mirada más bromista de la trayectoria de Carlos Pérez Siquier. 

Ya en sus últimos años, entre homenajes y reconocimientos, giró hacia una producción más introspectiva, en la que las imágenes, de pequeño formato y en color, capturaban objetos cotidianos, rincones domésticos y juegos de luz sobre las paredes encaladas de su cortijo en Benahadux, Almería. La Briseña era, en palabras del propio autor, “el retiro ideal para enfrentarme a un paisaje austero, de espacios abiertos a la mirada”, donde la fotografía se convirtió al mismo tiempo en meditación y legado.