Pila roja para el ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero Efe
Cuestión de talante
Si las acusaciones que se ciernen sobre el ex presidente José Luís Rodríguez Zapatero (Valladolid, 1960) acaban siendo ciertas, será de lo más triste y deprimente, pero, por lo menos, servirá para saber a qué clase de talante se refería en sus buenos tiempos cuando no le añadía a dicho concepto el adjetivo que lo hiciera inteligible (ya que talante, por sí solo, no quiere decir absolutamente nada y nunca supimos cómo era ese talante del que blasonaba, si bueno, si malo, si ninguna de las dos cosas). Caso de responder a la verdad todo lo que figura en los 85 folios (86, según otras versiones) del juez Calama, llegaremos a la conclusión de que lo suyo era un talante rapaz o pesetero (que rima con Zapatero).
Hasta ahora uno tenía la teoría de que, entre Zapatero y Sánchez, se habían cargado lo que quedaba de la socialdemocracia española, a la que le costaría mucho recuperar tras el paso por el PSOE de semejantes caballos de Atila. Lamentaba uno que Rodríguez Zapatero hubiese desenterrado el fantasma de la guerra civil, de la contienda entre los buenos y los malos, que, ¡por fin!, parecía haberse esfumado de nuestra realidad. Ya sabíamos que no había sido él quien había acabado con ETA, sino los jueces y la policía y la guardia civil, pero si le hacía ilusión apuntarse el tanto, pues qué le íbamos a hacer: que lo disfrutara con salud. Lo de la alianza de civilizaciones más vale ni comentarlo, aunque él se sintiera muy orgulloso de la ideaca.
Sabíamos que Zapatero nos había hecho más mal que bien, pero pensábamos, ilusos de nosotros, que eso se debía a que no andaba muy sobrado de luces. Y que, en cualquier caso, solo le movía una buena intención (que se podría haber ahorrado) que ponía constantemente en evidencia con sus discursos bonistas, sus muecas a lo Mr. Bean y su talante de marras.
Algo empezamos a sospechar con lo de Plus Ultra. Y con lo de su presunta intermediación en Venezuela, que consistía en darle la razón en todo a Maduro y pasar de la oposición como de la peste. Pero su imputación nos cogió por sorpresa: creíamos que el pobre era tonto y resultó que en realidad era un comisionista implacable dado a construirse casoplones, un hipócrita de tomo y lomo y un sujeto capaz de involucrar a sus propias hijas en la organización criminal que dirigía (si el juez está en lo cierto, que no se diga que en esta sección no se respeta la presunción de inocencia).
A Sánchez se le está desmoronando el chiringuito: después de dos de sus secretarios generales, de las trapisondas de un asesor aizkolari, de los líos de su mujer y su hermano, va y le sale rana su gurú (si es que no estaba al corriente de todo), ese hombre que ocupó el cargo que no quiso asumir Felipe González viendo cómo estaba el patio. Sánchez y sus secuaces tienen el dudoso honor de haber acabado con la izquierda española, pero su predecesor será, probablemente, uno de los principales responsables de que no se recupere en años. Misión cumplida. ¡Enhorabuena, José Luís!