La terrorista de ETA María Soledad Iparraguirre 'Anboto', en un juicio por sus crímenes
Vuelta al talego
Gracias a la sabia sentencia de un juez, la terrorista vasca Soledad Iparraguirre (Escoriaza, 1961), alias Anboto (y antes Marisol, hasta 1994) ha vuelto a la cárcel de la que nunca debió salir. Por cierto, la buena mujer toma su apodo del célebre monte Amboto (solo hay una diferencia de una letra: intuyo que, en este caso, la N resulta más euskaldún), de 1331 metros de altitud y hábitat natural de la diosa Mari, también conocida como la Dama de Amboto (o Anboto).
Se adjudican a la tal Anboto 14 asesinatos, es decir, más que suficientes para toda una vida entre rejas. Menos mal que el PNV, siempre agradecido a los que agitaban el árbol para que ellos recogieran sus frutos (Arzalluz dixit), la premió hace unos días con un bonito régimen abierto sin que el Gobierno español tuviese nada que decir (¿y qué iba a decir, si necesita los votos del PNV?). Ya se sabe que los etarras eran unos asesinos, pero eran sus asesinos, y, moralmente hablando, siempre estaban por encima de los españolazos que caían abatidos de un tiro en la nuca mientras se tomaban un cafelito en el bar del pueblo.
De casta le venía al galgo (o, en este caso, a la galga): su padre ya militaba en ETA, por lo que a ella debió de parecerle muy normal eso de volarle la cabeza a quien no pensaba igual que ella. Por vía conyugal, la cosa se completaba, ya que Marisol fue pareja del líder etarra Mikel Antza. Mujer emprendedora, nuestra Soledad fue medrando en el interior de la banda, hasta llegar a mandamás de la misma, lo cual le permitió ordenar ejecuciones de enemigos de Euskadi y demás cosas necesarias para la liberación del terruño.
En un país normal, esta señora no habría salido jamás del trullo pero, ¿alguien ha dicho que España sea un país normal? Aquí, los chanchullos del Gobierno con los separatistas que necesitan para seguir agarrados todos al sillón están a la orden del día. Menos mal que nos quedan los jueces para poner un poco de orden, por lo menos hasta que los nombre el Gobierno, que era lo que pretendían Sánchez y su amigo Puchi, cada uno en su ámbito de influencia.
El juez del caso Anboto ha actuado con rapidez. No ha habido tiempo ni de montarle un merecido homenaje a la asesina en su pueblo y el PNV se la ha tenido que envainar. Es de temer que sigan liberando a esos criminales patrióticos a los que tanto deben, pero si hay algún juez de guardia, puede que lo tengan un poco más difícil.