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Como no podía ser de otra manera en alguien acostumbrado a deberse a su público, todos nos hemos enterado de la transición de sexo llevada a cabo por Joaquín Castejón, conocido hasta ahora por el alias de Maestro Joao, con el que se ha ganado la vida en televisión y echando las cartas a los incautos en su condición de adivino a lo Rappel.
De Joaquín a Joao y de Joao a Benita, que era el nombre de su querida y difunta madre, a la que adoraba con locura, según propia confesión: ese ha sido el trayecto del personaje hasta conseguir finalmente sentirse bien en su piel (si se me permite el galicismo).
Para contribuir a que la conversión de Joaquín/Joao en Benita fuese conocida urbi et orbi, TVE le ha dedicado un sentido documental que se emitió hace unos días en la segunda cadena de nuestra televisión pública y que intuyo que ha sido convenientemente remunerado, ya que Benita se dejó una pasta en el tratamiento que había que recuperar.
Podría haber esperado a que le dieran hora en la seguridad social, pero tal como están las cosas en nuestra sanidad pública y teniendo en cuenta que ya no era precisamente una niña (60 tacos acumula nuestra heroína), Benita decidió pagárselo todo de su bolsillo.
El documental, de hecho, utilizaba a Benita para fabricar un publirreportaje del mundo trans en el que el cambio de sexo se presentaba como un tránsito a la felicidad: se intuía por ahí la mano del ministerio de Igualdad, inútil donde los haya, pero ideal para promover su agenda woke con dinero público, que ya sabemos que no es de nadie.
Políticas trans y trans a secas aparecían para felicitar a Benita por su valeroso viaje (la cosa incluía vaginoplastia, y hasta ahí puedo leer) y darle la bienvenida al cuerpo que siempre mereció disfrutar y que nada tenía que ver con el que le tocó al nacer (ya se sabe que la biología está sobrevalorada).
Tengo la impresión de que TVE utilizó a la pobre Benita, que es una señora muy simpática, para promocionar la cosa trans, que, aunque no sepamos por qué, es algo muy del gusto del actual gobierno.
A tal efecto, la beatificaron, saltando de su adolescencia, cuando imitaba a Rocío Jurado en clubs nocturnos, a su (relativo) triunfo como estrella televisiva, dejándose en el tintero todos los años que estuvo ejerciendo de vidente y ganando dinero a costa de los crédulos. Incluir esa etapa habría humanizado a la homenajeada, pero como se trataba de fabricar una santa laica, pues no pudo ser.
Espero que TVE le haya pagado bien, pues la ha convertido en icono trans cuando solo es un chico que quería ser una chica y que tardó demasiado en ponerse las pilas. Es decir, alguien que solo se representa a sí misma. El Ayuntamiento de Barcelona hizo lo mismo hace unos días al inaugurar una placa dedicada a Carmen de Mairena. Debe ser tendencia.