Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

Examen a los protagonistas

Jesús de Nazaret

El hombre más famoso del mundo

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Hoy resucita de nuevo el fundador de una de las creencias religiosas más exitosas del universo, Jesús de Nazaret, quien aseguraba ser el hijo de Dios, enviado por éste a la tierra para redimirnos de nuestros pecados.

Realmente, y lo digo en serio, lo suyo es muy meritorio: nace en la miseria, se enfrenta a una gran potencia como era Roma en su época, forma una secta leal (a excepción de un tal Judas, que se la acabará jugando), la secta se va ampliando hasta integrar a una parte muy notable de la sociedad mundial, lo crucifican para que deje de dar la lata con lo del amor, la paz, la bondad inherente al ser humano y demás intromisiones moralistas en el orden presuntamente natural de las cosas, tres días después resucita, se va al cielo con papá y sigue siendo relevante 21 siglos después.

Como era de prever por cualquiera que conozca un poco la condición humana, cada uno lo ha entendido a su manera (como a Juan Domingo Perón, pero ahí se acaban las similitudes).

De ahí que la cristiandad abrigue a un montón de iglesias, aunque casi todas se agrupan en dos grandes colectivos: el católico y el protestante (lo del protestantismo también tiene su mérito, si tenemos en cuenta que se debe a una rabieta del rey inglés Enrique VIII, cabreado con Roma porque no le dejaban separarse de Catalina de Aragón para poder irse con Ana Bolena, esa pelandusca).

En el bando protestante destacan actualmente los llamados evangélicos, convenientemente diseminados en toda clase de tribus y banderías, que apoyan a muerte al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, un delincuente, putero y pedófilo que se engancha a ellos para aparentar que también dispone de un alma.

Todos sabemos quien fue Jesús, pero cada uno de nosotros alberga su propia teoría al respecto. Están los que le consideran realmente el hijo de Dios y se tragan lo de que su madre lo alumbró sin perder la virginidad, que su padre, el carpintero, estaba de atrezo y que el auténtico progenitor era un palomo apodado Espíritu Santo.

Y luego estamos los que consideramos a Jesús un visionario y un iluminado que, en el mejor de los casos, se creía hijo de Dios y también se tragaba lo de la virginidad de María y lo del palomo preñador.

Nos cae bien, aunque dudemos de su divinidad, porque nos parece un buen chico que intentó algo tan difícil como mejorar la raza humana. Como agitador social, nos parece insuperable, aunque lamentamos que le hayan salido tantos y tan siniestros admiradores, como todos esos cantamañanas que ejercen de gurú para lucrarse y fornicar (por no hablar de los chiflados a lo Charles Manson, que son la hez de los sectarios).

Aunque dudes de su origen divino, Jesús resulta admirable por su buena fe y, sobre todo, por haber superado sus estrechos confines hasta hacerse famosísimo en todo el mundo. Ni en su época ni en la nuestra resulta fácil algo así, pese a los esfuerzos de Bono, Madonna y Springsteen, quienes, tarde o temprano, serán olvidados mientras Jesús sigue en el candelero eternamente.

Quién peor le ha entendido es la iglesia organizada, constituida en intermediario entre su grandeza y la presunta simpleza de sus leales. Afortunadamente, como es mi caso, se puede querer a Jesús sin militar en ninguna súper secta actual. De la misma manera que se puede apreciar a Marx y Engels sin ser comunista o a Elvis sin peregrinar a Graceland una vez al año.

Yo le tengo mucho aprecio a Jesús: hizo lo que pudo para mejorar la sociedad y lo pagó con la muerte. Nada que ver con nuestros políticos, que viven para empeorar el país que los acoge y acaban premiados con un escaño en el congreso o con la presidencia del gobierno.