Pila amarilla a Ángel Víctor Torres
En el tablero siempre delicado de la gestión migratoria, Ángel Víctor Torres mueve ficha con una propuesta que, sobre el papel, apunta en la dirección correcta: Barcelona prepara tres centros especiales para afrontar la gran regularización de inmigrantes.
El enfoque tiene virtudes claras. Centralizar trámites en espacios específicos puede reducir la burocracia dispersa que hoy colapsa oficinas de Extranjería y genera frustración tanto en solicitantes como en funcionarios.
Sin embargo, la experiencia invita a la cautela. Los grandes operativos administrativos, sin una planificación milimétrica, corren el riesgo de convertirse en escenarios de saturación. Colas interminables, citas imposibles, intermediarios oportunistas y tensiones vecinales no son hipótesis remotas, sino estampas ya vistas en procesos anteriores.
Si algo no puede permitirse este proyecto es el caos. La concentración de miles de personas en tres puntos de la ciudad exige una logística robusta: sistemas de cita previa realmente funcionales, refuerzo de plantillas y comunicación transparente.
También implica prever el impacto en los barrios que acogerán los centros, evitando que la presión recaiga sobre servicios públicos ya tensionados.
El éxito de esta iniciativa dependerá menos del titular político y más de la ejecución silenciosa, de si los centros funcionan con agilidad o se convierten en cuellos de botella, de si generan confianza o alimentan la sensación de abandono.
La regularización de migrantes debe hacerse con rigor y previsión.