Claudia Sheinbaum, presidenta de México

Claudia Sheinbaum, presidenta de México

Examen a los protagonistas

Claudia Sheinbaum

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Menos conquista y más narcos

Por un lado, cabría aplaudir a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum (Ciudad de México, 1962), por la brillante operación militar que condujo a la ejecución del narcotraficante Nemesio Oseguera, alias el Mencho. Pero las consecuencias de la eliminación de ese indeseable no son de recibo en ningún país que no quiera ser considerado un Estado fallido: una orgía de sangre y fuego a cargo de los secuaces del Mencho, que puso México patas arriba durante unos cuantos días (si es que no se siguen produciendo réplicas en estos mismos momentos).

Yo ya sé que no se pueden arreglar años y años de corrupción sistémica en lo que dura una presidencia, pero me gustaría creer que la operación contra el Mencho y su pandilla es la prueba definitiva de que México se está empezando a tomar en serio su guerra contra el narco. Pues eso es lo que es, una guerra. Ni delincuencia grave, ni disturbios, ni terrorismo, ni guerrillas urbanas y rurales, sino una guerra en toda regla. Y eso es algo que debería tener permanentemente ocupado a cualquier Gobierno. Hasta que no se gane, no merecerá la pena abordar otros asuntos.

Sobre todo, si se trata de asuntos intempestivos que no vienen a cuento, y que a veces parecen ser abordados nada más que para apartar el foco de lo que realmente importa y concentrarlo en algo que eleve la autoestima del sufrido ciudadano. El más socorrido es el de la conquista española.

Empezó el jefe de filas y antecesor de Sheinbaum, López Obrador, del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), quien nos salía por peteneras cada dos por tres, exigiendo a los españoles disculpas por unos hechos sucedidos hace más de 500 años, cuando los de ahora mismo no parecía haber forma humana de atajarlos. Siguió en las mismas la señora Sheinbaum, y uno y otra solían encontrar apoyo y comprensión entre los Urtasun y las Montero y las Belarra de turno.

Daba la impresión de que, cada vez que había algún problema gordo en México, sus gobernantes recurrían al comodín español para intentar convencer a sus ciudadanos de que, como diría Joan Laporta, tampoco estaban tan mal, ¡coño!

No es que la madre patria pueda dar muchas lecciones de estar al día, ya que aquí seguimos dando la chapa con Franco y la Guerra Civil pero, a cambio, hay otras desgracias históricas que, aunque sean más recientes, las tratamos como si nunca hubiesen existido (véase el terrorismo vasco).

Cuando te dan a elegir entre plata o plomo, no es fácil responder. Y gracias a la corrupción mexicana tenemos los libros de Jorge Ibargúengoitia o las películas de Luis Estrada (magro consuelo, a fin de cuentas).

Le agradecería a la señora Sheinbaum que siguiera por la buena senda emprendida con la muerte del Mencho y dejara de meterse a destiempo con la madre patria por cosas que pasaron hace cinco siglos. O en su defecto, que se busque otro chivo expiatorio, que nunca faltan.