Emmanuel Macron

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Examen a los protagonistas

Emmanuel Macron

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Si se hubiese puesto un parche para ocultar su afección ocular, Emmanuel Macron (Amiens, 1977) también habría dado la nota en Davos, pero debió pensar que el look Moshe Dayan no le favorecía. Por eso optó por el estilo Top Gun y se presentó en el prestigioso foro económico con unas gafas de sol de tintes azulados y varillas de oro que daba gusto verlas.

Si se trataba de epater l´economiste podría haber recurrido a unas Ray Ban de aviador de toda la vida, pero eso podría haberle hecho gracia a Donald Trump, que igual
no se ha enterado de que Ray Ban la compraron los italianos hace años.

Finalmente, Monsieur le président de la République eligió unas gafas francesas carísimas (algo más de 650 euros), fabricadas por la Maison Henry Jullien (también de propiedad italiana, pero que manufactura en Suiza un máximo de mil gafas anuales).

Así consiguió dar la nota y, al mismo tiempo, quedar como un señor y darle una lección de tronío europeo al presidente norteamericano. Hay quien ha visto intenciones ocultas en las onerosas gafas de aviador.

Por ejemplo, adoptar una actitud gallarda ante los americanos y decirles, vía gafas de Top Gun, que les plantará cara en Groenlandia y donde sea necesario. No en vano fue el primer mandatario europeo en enviar tropas a la isla (y en enviarlas antes a otros sitios). El cargo de presidente de la república francesa suele traer consigo cierta tendencia a la sobreactuación, a hacer como si el papel internacional de Francia fuese más relevante de lo que realmente es.

Nada queda del imperio colonial francés, pero el presidente siempre se comporta como si Francia fuese el centro del mundo civilizado. Solo le quedan los insumisos de Nueva Caledonia y los vagazos de Tahití, que cuestan un ojo de la cara porque siempre hay que estar sobornándolos para que no monten algún pitote independentista, pero el presidente tiene que hacer como que el mundo contiene la respiración cada vez que estornuda.

A veces, eso sí, ese tono patriotero y con escasa conexión con la realidad se agradece, como en el caso de Groenlandia. Macron parece haber entendido que con Trump no hay componendas que valgan (y si las hay, ya se encargará de ellas el servil Mark Rutte) y ha optado por plantar cara, aunque hasta ahora, el envío de tropas es más simbólico que otra cosa (Sánchez todavía se lo está pensando, y lo que te rondaré, morena).

Como simbólico es, en mi opinión, el numerito de las gafas de sol de espejos azulados: tal como está el patio, no procedían unas Persol a lo Cary Grant o cualquier seductor
italiano, había que lucir gafas de aviador, esa gente que pilota aviones propios y derriba a los ajenos.

Puede que el gesto resulte un tanto pueril, pero así seguro que lo entiende Donald Trump, al que no se le puede exigir mucha sutileza y que a infantil no le gana nadie: no hay más que ver cómo se puso porque no le dieron el Nobel de la Paz.