Examen a los protagonistas

Christine Lagarde

Llegir en Català
Publicada

A Christine Lagarde (París, 1956) se le atragantó la comida en Davos por culpa del secretario de Comercio norteamericano, Howard Lutnick, durante una cena de compromiso organizada por el mandamás de Blackrock.

Sea usted presidenta del Banco Central Europeo (y antes jefa del Fondo Monetario Internacional) para que se le siente en la mesa un gañán que, imitando la mala educación y la poca gracia de su jefe, el Hombre Naranja, se ponga a emitir comentarios despectivo-humorísticos sobre los europeos y su reacción ante el anuncio de Donald Trump de hacerse con Groenlandia.

Los comentarios del señor Lutnick sentaron mal en toda la mesa (salvo algún pelota a lo Mark Rutte que los encontraba muy graciosos), por lo que se produjeron discretos abucheos al comensal americano. La señora Lagarde fue un paso más allá y optó por levantarse a medio papeo y largarse.

Yo diría que, incluso, se quedó corta, pues creo que lo que debería haber hecho era acercarse al gringo patoso y cruzarle la cara con dos bofetadas con la mano bien abierta, a ver si aprendía a comportarse.

Lo más triste de todo es que la peculiar manera de ir por el mundo del presidente Trump está calando hondo en sus secuaces, que se ven obligados a reproducirla en sus contactos cotidianos. Lo hemos visto en el rutilante ministro de la guerra (la defensa es para mariquitas europeos), Pete Hegseth, que habla como un matón, se comporta como un matón y parece un matón, luego lo más probable es que sea un matón.

No habíamos visto en acción al secretario de Comercio, pero todo parece indicar que estamos ante otro patán que no sabe comportarse en los encuentros oficiales. Ya hemos visto que intentar aplacar a Trump es una pérdida de tiempo y que la bestia se crece ante cada nuevo intento de hacerle entrar en razón. Parece que hayamos olvidado que lo mismo pasaba con el matón de la clase, que se alimentaba del miedo que le tenían sus compañeros.

Como ese tarado apretará el botón rojo en cualquier momento (por lo que no tenemos nada que perder), lo menos que podemos hacer es tratarle como él nos trata a nosotros; es decir, a patadas.

Y lo mismo habría que hacer con sus lamentables subordinados. No se puede razonar con gente incapaz de razonar. Así pues, si hay que ir a cara de perro, adelante con los faroles (siempre nos quedará Mark Rutte, el perrito faldero holandés del Donald, para templar gaitas).

Lo que no podemos hacer de ninguna de las maneras es encajar las groserías de Trump y su gobierno como si aquí no pasara nada. Tampoco aconsejo seguir el ejemplo de la ministra de Exteriores de Groenlandia, que se echó a llorar en público ante las amenazas del Donald.

Aquí hay que plantar cara, aunque sea lo último que hagamos. Y está muy bien dejar con la palabra en la boca al graciosísimo señor Lutnick, pero no habría estado de más atizarle un par de sopapos. Si esa es su manera de entender la diplomacia, no sé por qué no podemos tratarle de una manera que pueda comprender.