Donald Trump, presidente de los Estados Unidos
La ley del más fuerte
Hemos empezado el año a la carta más alta: el Ejército norteamericano se interna en territorio venezolano, secuestra al presidente Maduro (más la parienta) y se lo lleva para Nueva York, para juzgarlo por narcoterrorismo, que es de lo que le acusa el eufórico Donald Trump, célebre matón internacional siempre dispuesto a demostrar quién manda en el mundo.
En España, la derecha se alegra del secuestro. La seudoizquierda no habla, no contesta y solo hace alguna referencia al derecho internacional (que Trump se ha pasado por el arco del triunfo) y a que nunca reconoció al secuestrado como presidente legítimo de su país. Por su parte, la izquierda imbécil hace lo que se espera de ella: convocar manifestaciones, cortar relaciones con los UST (United States of Trump) y urgir al Gobierno a salirnos de la OTAN. Cada uno en su sitio.
Personalmente, uno no sabe por quién tomar partido en este sainete sudamericano. Por una parte, pienso que Trump se ha vuelto a ciscar en la legalidad internacional, ya que lo de colarse en un país extranjero porque te cae mal su máximo mandatario y consideras que lo mejor que puedes hacer con él es secuestrarlo se parece mucho a la ley de la selva, la ley del más fuerte (¿a que no se atreve a secuestrar a Vladimir Putin? Mucho mejor a un tiranuelo con un Ejército de chichinabo que no detecta la entrada de aviones extranjeros en su espacio aéreo y que solo sirve para reprimir a su propio pueblo), y que el pez gordo se come al chico.
Por otra, pienso en el gorilón venezolano, el que perdió las últimas elecciones, pero se pasó el resultado por el forro, el tirano que ha puesto en fuga a cinco millones de sus compatriotas repartidos por España, y le deseo que lo zurzan, que lo encierren por narcoterrorismo o lo que sea y que si lo matan a puñaladas en el talego me dará lo mismo. Que es exactamente lo que pensaría de Trump si el secuestrado hubiese sido él.
Es difícil tomar partido aquí, a no ser que seas Ione Belarra o Santiago Abascal. No puedo elegir entre dos ratas inmundas como Maduro y Trump. El problema es que los métodos de éste no son de recibo en un país presuntamente democrático. No te puedes colar en otro país a poner orden. Por lo menos, tiempo atrás, Henry Kissinger y el general Vernon Walters se tomaban la molestia de organizar golpes de Estado en Sudamérica con los amigos del interior. Y luego, a chupar petróleo y hacer negocios, que es lo que se ha hecho siempre.
Trump pretende ejercer de matón a nivel global y, sobre todo, en esa América que considera su patio de atrás. Menos mal que ha dicho que no a una posible presidencia de María Corina Machado, ya que llegar al poder aupada por el hombre anaranjado es lo peor que le podría haber pasado a la flamante premio Nobel: mejor seguir en la oposición, contra alguien aún más de derechas que ella, que sufrir la vergüenza de que te ponga de presidenta el mandamás más despreciable que jamás hayan sufrido los Estados Unidos de América.