Carles Puigdemont, presidente de Junts
Por mucho que pasen los años, siempre hay quien se empeña en vivir anclado en el pasado. Carles Puigdemont es un buen ejemplo de ello. El expresidente de la Generalitat prófugo de la justicia y su partido, Junts per Catalunya, siguen condicionando -para mal- la política española, aprovechando la debilidad parlamentaria del Gobierno de Pedro Sánchez, cuyas cesiones al nacionalismo nunca les bastan.
La formación posconvergente protagonizó el mes mes pasado un amago de ruptura con el Ejecutivo socialista que, a la hora de la verdad, no se ha traducido en nada tangible. Junts ha hecho del chantaje su modus operandi habitual en el Congreso, donde utiliza la desmesurada influencia de sus sólo siete diputados para salirse con la suya en un sinfín de iniciativas -entre ellas, la aprobación de la ley de amnistía del procés-.
Los herederos de la antigua Convergència, al mismo tiempo, insisten en la retórica ultranacionalista que inflamó el procés, y en su quimera de separar a Cataluña del resto de España. Su nuevo caballo de batalla es ahora la lengua catalana, que han convertido en un arma arrojadiza para seguir polarizando y dividiendo a una sociedad, por fortuna, mucho más diversa, multicultural, plurilingüe y tolerante que Puigdemont y sus correligionarios.
En este juego, además, a Junts le ha salido un nuevo competidor directo: Aliança Catalana, que con su radicalidad identitaria parece estar ganándole terreno entre aquellos simpatizantes ultranacionalistas frustrados porque el golpe secesionista de 2017 no pudo ir más allá. Y en eso siguen anclados unos y otros, ajenos por completo a la realidad de la Cataluña y del mundo del siglo XXI.