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El jurista y expresidente de La Caixa, José Juan Pintó Ruiz / WIKIPEDIA

Pintó Ruiz: la conjura del Derecho en la ciudad de los negocios

Isidre Fainé glosó al gran abogado en un obituario y la operación de integración que dio lugar a La Caixa, en la que destacó Josep Vilarasau, expresidente de la entidad

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Él hubiese dejado su adiós en suspenso; lo hubiese aplazado ad calendas graecas, como decían los antiguos patricios para evitar ponerle fecha al compromiso. Pero ante la última morada, no hay nada que hacer, tal como desveló Bergman en su película El Séptimo sello, cuando el caballero pierde su partida de ajedrez con la Muerte. Este verano de pandemia, hemos confirmado que José Juan Pintó Ruiz seguía siendo un vitalista cumplidos los 93 años.

El “maestro de la palabra, de la abogacía y de la vida” --así le llama, en La Vanguardia, Isidre Fainé, presidente de la Fundación La Caixa-- nos dejó el pasado 23 de agosto. Muchos pensaron que esta vez el veterano letrado no había podido sortear la inevitabilidad de lo humano por más que él socorriera a menudo al latinajo, excusatio non petita, acusatio manifiesta, entendiendo, claro está, que solo lo hacía para ahuyentar al demonio de la duda. Pintó aprendió a ganar a base de intentar lo imposible. Sabía que su desempeño profesional requería casos descollantes, pechadas como la de Erin Brockovich, la letrada que venció a la multinacional PG&E en la demanda de sus empleados por haber contraído la asbestosis pulmonar; podríamos decir que su capacidad le hacía dudar del viejo de Hemingway, por su teatralidad, y ensalzar al criminal de Tom Wolfe, por su autenticidad. Pintó cambiaba lo bonito por lo difícil. 

Garantía moral de las finanzas

Pero cuando era el mejor civilista de su generación, su bufete pudo más que los trajes raídos, las suelas gastadas y los cuellos rasgados de la Audiencia. Hay profesiones de huella indeleble; a base de sonrisas y latinajos, Pintó te hacía saber que Barcelona era la capital del Derecho Civil. Desde su ojo de halcón del Eixample de Caspe (trasladado hoy al Turó Park, bajo el emblema Pintó & Del Valle), cumbre del neoracionalismo aplicado a los negocios, Pintó Ruiz presidió la antigua Caixa de Barcelona (el Montepío), conocida en sus tiempos como la caja de los marqueses, por la presencia de nobles linajes en su consejo de administración, con nombres como los Quadra, Alfarrás, Castelldosrius, Alfarrás, Sentmenat,  Soto-HermosoDou, Zambrano, Vilallonga o Sagnier.

En los ochentas, Pintó se erigió en garantía moral de las finanzas, como arbitrajista especializado en la solución de conflictos mercantiles. Se convirtió en el sucesor natural de Jaime de Semir, eterno secretario de los consejos regionales de los antiguos bancos Santander, Central o Bilbao, así como de las compañías vinculadas a los Siete Grandes, como Fecsa, Agbar, CIA, Asland o Cros. Antes del florecimiento de los modernos bufetes (Roca, Cuatrecasas o Garrigues), Pintó fue la alternativa luminosa a las llamadas togas doradas, el lobby de los Piqué Vidal, Vives de la Hinojosa, Brossa o Alcántara, entre otros, una peña que almorzaba pilpil en La Puñalada, riñones al jerez en el Finesterre y brocheta de gambas en El Reno, tres restaurantes chapados por el paso de los años; tres abrevaderos de sobremesa, con secretos enterrados para siempre en la cubertería de baño plateado.

La integración en La Caixa

En su obituario, Fainé habló de la elocuencia inolvidable de Pintó. En las tardes tórridas el Club Financiero, enjaulado en el cristal oscuro de las Torres Negras, el banquero ponía todo el escenario (el auditorio, los medios digitales, la satisfacción monetaria del bolo con viático incluido y la copa del final), mientras que el letrado se encargaba de la idea; de ahí la visible fragilidad del masaje de despedida a cargo del banquero, que va desde el núcleo del discurso hasta el humor, divisa de Pintó. El abogado recién fallecido era un hombre de los que se lo juegan todo por una frase brillante, pero no para entretener a la audiencia sino para recordar que, en la inutilidad de lo bello, se esconde la mejor funcionalidad.

Edificio de CaixaBank, una de las empresas españolas destacadas en materia de Responsabilidad Social
Edificios de CaixaBank en Barcelona

Pintó fue decano del Colegio de Abogados y presidente de la Academia de Jurisprudencia y Legislación. Cuando llevaba casi una década en el cargo de Caixa Barcelona vivió la integración de su entidad en La Caixa, de la que fue “sucesivamente presidente y vicepresidente, junto a Juan Antonio Samaranch”. Fainé lo recuerda con entusiasmo en su citado escrito, pero con un olvido: la presencia en la operación del innombrado Josep Vilarasau, ex presidente de La Caixa, responsable de su etapa de expansión y de la fusión de las dos entidades de ahorro.

El aliento de Calvino

El presidente de la fundación bancaria, primer accionista actual de Caixabank, resume en Pintó la sentencia de Publio Terencio Afro: “Soy humano y nada humano me es ajeno”. Evita --¿involuntariamente?-- atribuir la cita a Marco Antonio, en defensa de Julio César, con el cadáver todavía caliente del emperador ajusticiado por los suyos.

En el mundo de las finanzas catalanas se da por descontado el aliento de Calvino, celebrado deliciosamente por Max Weber en sus trabajos sobre el origen del capitalismo. Pero por lo visto, no contábamos con la conjura romana de nuestro mejor iusnaturalismo financiero.