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Barriga de una mujer embarazada / EFE

Tengo miedo: el dietario de una embarazada

La experiencia de un embarazo supone un enorme desgaste físico y los temores aumentan cuando se acerca el momento con todo tipo de preguntas

6 min

Tengo miedo. En pocas semanas voy a ser madre de mi primer --y probablemente único-- hijo y no tengo ni idea de lo que me espera. Empezando por el parto. Cada vez que le pregunto a alguna amiga cómo fue el suyo, el miedo empeora: “Uf, yo tuve preeclampsia postparto y me tuvieron que ingresar de urgencia en el hospital, tenía la tensión por las nubes”, “a mi me volvieron a bajar a quirófano después de parir porque habían quedado restos de coágulos y seguía teniendo contracciones”, “me pincharon la epidural y me durmieron de cintura para arriba”, “pues yo tengo una amiga que salió con veinte puntos ahí abajo porque se empeñó en parir a su hijo de forma natural, que pesaba 4,5 kilos”…

Yo no quiero sufrir. Ni antes del parto, ni durante, ni después, le he dicho a mi ginecóloga. También le he confesado mis temores a que la calidad de mis relaciones sexuales empeore después de haber dilatado tanto los músculos de la vagina, o a que se me escape el pis después de estornudar el resto de mi vida. No quiero salir del paritorio con una docena de puntos o un desgarro en las partes íntimas. ¿Es posible que esto suceda, doctora? Porque entonces, prefiero que me practiquen una cesárea. Mi ginecóloga me ha asegurado que tendrá en cuenta todos mis temores, pero hasta el momento del parto no sabrá cómo proceder. Cada parto es único. Y, desde luego, un parto vaginal es mucho mejor que una cesárea, me ha asegurado. La recuperación es mucho más rápida. Además, estoy haciendo lo correcto, dicen mis amigas: sigue con tus ejercicios de pilates y de suelo pélvico, no te olvides del masaje perineal, y todo volverá a su sitio.

Unas jóvenes embarazadas en la sala de espera de la revisión médica
Unas jóvenes embarazadas en la sala de espera de la revisión médica

¿Y mis pechos? ¿Se convertirán en dos peras desinfladas y caídas si decido darle el pecho?  “No tiene que ver con dar el pecho. Yo me quedé sin tetas y le di biberón”, me tranquilizó otra amiga. Ya van tres amigas, incluyendo ésta, que se operaron los pechos después de ser madres. Y yo sin saberlo.

Altibajos emocionales

Me han recomendado libros, manuales, videos, apps y de todo tipo --sobre el parto, sobre la maternidad, sobre cómo cambiar pañales-- pero la verdad es que no me interesan mucho. Lo único que busco es un poco de sinceridad. Que no me vendan la moto que todo es idílico y precioso, como ocurrió con el embarazo. Los nueve meses de embarazo son un auténtico tute físico para la mujer, por el que deberían estar el resto de nuestras vidas dándonos las gracias. En mi caso, el embarazo vino acompañado de todo tipo de delicias: náuseas y reflujo durante el primer trimestre (hasta beber agua me daba ganas de vomitar), una anemia de caballo en el segundo trimestre, que me obligó a pasar por dos sesiones de hierro intravenoso en el hospital (¿será mi hijo una reencarnación de Robocop?), riesgo de trombosis en el tercer trimestre. He visto mi cuerpo expandirse y estirarse como si fuera un chicle, mis piernas llenarse de varices, mis hormonas dispararse hasta el punto de llamar a todos mis examantes, mis noches convertirse en una fiesta diaria de insomnio y rampas. De acuerdo, igual soy un poco “pupas” y tengo tendencia a que me pase de todo, pero nueve meses de embarazo son una experiencia física extrema.

Tener el hijo yo sola también ha implicado comerme yo sola los típicos altibajos emocionales que acompañan la llegada de un primer hijo: ¿gozará de buena salud? ¿seré una buena madre? ¿podré mantenerle? ¿cambiará mi vida para siempre?, sin dejar de lado las preocupaciones más superficiales: ¿seguiré ligando igual que antes después de que nazca? ¿me seguirá haciendo caso Fulanito? ¿Volveré a Tinder? ¿Perderé la libido si le doy el pecho?

“Cuando nazca el bebé, todos estos problemas te parecerán minucias, ya lo verás”, me ha prometido mi amigo Pablo, que está esperando a su segundo hijo. El único peligro es la depresión postparto, pero “si esto ocurre, tú no dudes en llamarme, o en llamar a una amiga, ¿de acuerdo?”, me hizo prometer, añadiendo una nueva preocupación a mi lista. Al detectar de nuevo el miedo en mis ojos, añadió: “Vas a ser una madre genial”.