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Bebé llorando víctima de zarandeo / PIXABAY

Cinco segundos de zarandeo pueden causar en un niño menor de dos años un daño cerebral irreversible

Uno de cada diez pequeños que lo sufren fallece; del resto, la mitad sobrevive con secuelas gravísimas

6 min

Los bebés al nacer llegan, habitualmente, con un infinito cansancio y falta de horas de sueño para sus padres bajo el brazo. No dormir o dormir con muchas interrupciones puede reducir de forma notable la paciencia de los progenitores y las herramientas emocionales disponibles para hacer frente al llanto inconsolable. Esto puede llevarles a perder el control y zarandear al pequeño. Este zarandeo al bebé también puede ocurrir de forma accidental e involuntaria ante determinadas situaciones que generan angustia en los padres, como, por ejemplo, el espasmo del sollozo, un atragantamiento o la rigidez de una convulsión. Sea por el motivo que sea, los riesgos de sacudir al bebé son altos y graves. Se conoce como el síndrome del niño sacudido o zarandeado.

Este síndrome consiste “en el conjunto de lesiones cerebrales que se producen al sacudir vigorosamente a un bebé. La cabeza de los bebés es mucho más grande respecto a su cuerpo que la de los niños mayores y los adultos, de hecho, supone casi el 25% de su peso. Además, los músculos del cuello son débiles e incapaces de sujetar bien la cabeza y su cerebro, más blando y con vasos sanguíneos más frágiles, es más vulnerable. Al zarandear al bebé, el cerebro golpea contra las paredes del cráneo produciendo inflamación o sangrado en el cerebro y sus envolturas, sangrado en la retina (parte posterior del ojo) y lesiones en la médula espinal a nivel del cuello”, señala el médico especialista en pediatría Gerardo Vizmanos.

Consecuencias devastadoras

Su incidencia, con entre 20 y 25 casos por cada 100.000 niños menores de 2 años en todo el mundo, es relativamente frecuente. Sus consecuencias, devastadoras. “Los síntomas pueden variar desde llanto e irritabilidad hasta convulsiones, lesión medular a nivel cervical o parada cardiorrespiratoria. En general, se trata de casos graves cuyas consecuencias aparecen rápidamente. Todo esto produce con frecuencia secuelas a largo plazo, lamenta el doctor Manuel Antonio Fernández, neuropediatra.

Uno de cada diez niños que sufren zarandeo grave fallece. Del resto, la mitad padece secuelas graves e irreversibles”, alerta.

Bebé recién nacido / PIXABAY
Bebé recién nacido / PIXABAY

Cinco segundos de zarandeo, daños irreversibles

Y es que únicamente son necesarios cinco segundos de sacudida para provocar en un niño menor de 2 años un daño irreversible, “que será mayor si termina con un golpe contra el colchón de la cuna o el sofá”, afirma el pediatra Vizmanos. “Aunque la intensidad no sea mucha, si existe un zarandeo de forma repetida, el pequeño puede desarrollar dificultades para aprender a hablar, tener falta de coordinación motora o problemas de aprendizaje”, añade. En cuanto a las secuelas graves por lesiones cerebrales Vizmanos destaca “el retraso del desarrollo psicomotor y déficits motores, trastornos cognitivos y déficits de aprendizaje, problemas de comportamiento, trastornos de alimentación, trastornos del sueño, déficit visual o ceguera, déficit auditivo o sordera, crisis epilépticas”.

Los síntomas de este síndrome aparecen de forma inmediata a las 4-6 horas. Podemos detectarlo por “somnolencia o alteración de la conciencia, rigidez o pérdida de tono muscular, convulsiones, dificultad para respirar o pausas respiratorias, disminución del apetito, vómitos, pérdida de la sonrisa o/y del balbuceo, pérdida del contacto visual, irritabilidad, llanto o trastornos oculares (movimientos anómalos, pupilas de tamaño diferente)”, indica este pediatra.

Mejor dejar llorar al bebé unos minutos

Para evitar llegar a este punto, en el que no suele haber vuelta atrás, Jorge Bueno, psicólogo sanitario infantil Psicopartner, anima a los padres desesperados o que no logran entender o calmar a su hijo a “acudir a un especialista en primera infancia”.

“Cada vez hay más psicólogos formados en apego que pueden hacer ver a los padres el papel que deben tener como reguladores afectivos y emocionales de los bebés. Profesionales que entienden bien lo que le ocurre al niño y que pueden enseñar a la familia a identificar las necesidades del niño, ayudándoles a reconocer las propias herramientas y a desarrollar nuevas capacidades que les hagan estar más tranquilos y que les permitan disfrutar de su paternidad o maternidad. Este tipo de procesos son muy cortos, se pueden abordar en grupo en las conocidas como Escuelas de familia, que suelen ofrecer incluso algunas escuelas infantiles como parte de su programa educativo”, explica.

En la cuna boca arriba

Ante una situación difícil y de tensión puntual con un bebé incontrolable, Vizmanos aconseja “dejarlo en su cuna boca arriba y salir de su habitación durante unos minutos, respirar hondo y concentrarse en otra cosa para calmarse, llamar a alguien para hablar o para pedir el relevo y pedir ayuda a su entorno y a profesionales”.

“Tal vez el mejor mensaje que podamos transmitir a los padres es sencillo: nunca, repito, nunca se debe zarandear a un niño”, concluye Fernández.