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El periodista Manuel Cuyàs, en una intervención en TV3 / TV3

Cuyàs, adiós al 'curator' de Pujol y nieto del pirata

Fue un periodista y escritor con personalidad que, a pesar de un tono a veces exaltado, era de lo más racional y pragmático

7 min

Cuando le preguntaban si era el biógrafo de Jordi Pujol, él contestaba: “No, yo soy el curator del ex president. Más concretamente decía en catalán: “sóc el curador”. Es decir, daba la versión del presentador con filtro exigente y autorizado; el responsable de la exposición pujoliana, jalonada de anécdotas y pensamientos, que podría haberse presentado en la mítica Sala Gaspar, de la calle Petritxol. Nadie le dijo jamás que sus tres tomos de Pujol fuesen una hagiografía, el retrato de un santo; nadie se lo dijo porque la intención de Manuel Cuyàs no era la de elevar al ex president a los altares. Podríamos decir que le pilló el sabor amargo de la deixa sin pasar por Hacienda efectuada por el progenitor del político, Florenci Pujol, el arbitrajista en divisas con más olfato de la Bolsa de Barcelona. Cuyàs, periodista, escritor y gestor cultural, nacido en Mataró hace 67 años, murió la madrugada de ayer lunes, víctima de una leucemia.

El pasado 15 de mayo, anunció que sería sometido a un trasplante de médula, que había sido aplazado por la crisis del coronavirus. Lo hizo con estas palabras en su última columna en El Punt Avui, en la que acababa anunciando su posible cura: “Ha llegado el momento de hacer una pausa larga. La hora del trasplante tan anunciada ya ha llegado. Gracias a todos, lectores”. Ahora, al saber que la enfermedad le ha vencido, nos alcanza como envuelta en una nube la sonrisa pícara del buen dialogante que siempre tuvo una última bala en la recámara de su repertorio. En su libro Sota el barret, recopilatorio de sus artículos, se encuentran las pistas del socarrón aventurero que lleva dentro Cuyàs. Y también de su intolerante ráfaga de palabras cuando quería convencerte de lo imposible. Su doctrina nunca fue arrogante; él sabía que el arte de la política es cambiante como la naturaleza humana. Era duro, pero afable a la hora de aceptar al otro. No se movía de sitio, pero te hacía un rincón en el momento de ponerle palabras a la discrepancia. Xavier Graset, director del Més 324, lamenta consternado la pérdida de un amigo al que ha querido como a un hermano y del que dice, con afecto, “estaba dotado del ademán de pitufo gruñón".

Sin ser empático, para caer en gracia

Cuyàs era hijo y hermano de artistas --el dibujante Manuel Cuyàs y el multidisciplinar Jordi Cuyàs i Gilbert, respectivamente-- y nieto de una cantante de ópera. En su autobiografía literaturizada, El nét del pirata (Proa, 2014), describe con humor su historia familiar. Una aventura al calor del fuego en noches de ventisca marina; su lectura nos devuelve la voz grave del mejor Cuyàs, alejado de los trabucos del frentismo ideológico, hablando del mar, desde su cálida comarca (El Maresme) hasta el Cap de Creus. Leyendo a Cuyàs, uno se imagina la cubierta y la sentina del bergante de aquel pariente lejano, que fue corsario. En el mismo relato, el autor efectúa un salto para poner la mirada en el Mataró de posguerra y en sus gentes, tronco de una estirpe más irredenta que obsesiva.

Manuel Cuyàs / EUROPA PRESS
Manuel Cuyàs / EUROPA PRESS

Cuyàs fue uno de los refundadores del semanario El Maresme y de la revista Mataró Escrit (1986-94). En 1987 empezó a publicar una columna que no ha dejado de salir hasta casi el último momento. Dirigió la edición del Maresme de El Punt y en 2001 fue nombrado director de la edición de Cataluña. En los últimos años ha mantenido una presencia constante en programas de debate, como Més 324 y en Rac1 y 8-Tv. Como polemista era contumaz y hasta impertinente sin perder jamás el toque irónico de su trastienda intelectual. Nunca quiso ser empático; era de los que caen en gracia sin ser graciosos. Un defensor acérrimo del procés, esta palabra de raíz cubana (el prossesso) que anunciaba grandes catástrofes y de la que él se fue alejando a medida en que el choque de trenes se anunciaba inevitable. No por cobardía, ni por un repentino ataque de reformismo convergente; solo se hizo a un lado, cuando advirtió el liderazgo suicida de sus últimos zarpazos.

Cuyàs parecía un exaltado, pero era de lo más racional y hasta pragmático. Llevaba encima la marca indeleble del pacto a la catalana. Detrás de sus anteojos quevedianos, se anunciaban unas pupilas despiertas, como las de aquellos arciprestes que se manifestaban con sotana en los años difíciles. También fue gestor cultural en el Ayuntamiento de Mataró; dirigió el Patronat Municipal de Cultura en los años 80, y posteriormente participó en la Olimpiada Cultura, en Barcelona. Ha sido un autor prolijo cuya obra fusiona dos pasiones, su tierra y el cine: Enamorats de l'Audrey Hepburn (Proa, 2015); L'arròs de la terra (Lleonard Muntaner, 2015) o sus crónicas de su ciudad natal, como El manyà encès (Pòrtic, 1985), Mataró suau i aspre (El Maresme, 1985), Mataró, una ciutat (Lunwerg, 1987), Taques al marge (La Magrana, 1993) y Mataró verd i blau (Lunwerg, 2007). Ha sido traducido al castellano, al alemán y al inglés.