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Un grupo de escolares entra en el colegio / EP

Cómo afrontar el fracaso escolar de los hijos

Los expertos señalan que los padres deben aprender a desarrollar lo que cada hijo puede ofrecer, sin una obsesión por las notas

10 min

Se acerca el final de curso y con él llega uno de los grandes quebraderos de cabeza para muchos padres y madres: las notas. No es para menos. En un mercado laboral cada vez más exigente y competitivo, el miedo a que los hijos no salgan bien preparados de la etapa escolar es alto. Sin embargo, pese a las expectativas --normalmente altas-- de los padres, los hijos, como humanos, a veces fallan. ¿Cómo gestionamos entonces el fracaso tras el curso escolar?

Si tu hijo llega a casa tras el curso escolar y te comunica que ha suspendido varias asignaturas o incluso que debe repetir curso, probablemente lo primero que se te pase por la cabeza es castigarlo. ¿Es una buena opción? ¿Ayudará un castigo a enmendar los suspensos?

El castigo: ¿una buena opción?

La psicopedagoga vasca Eukene Llorente, psicóloga y psicopedagoga con centro propio en Vitoria, Pinpilinpauxa Gunea, y madre de dos niños, se muestra en desacuerdo con el castigo como tal, aunque sí cree en las consecuencias de los actos. Por ello, considera importante que “si vemos que a lo largo del curso el/la niño/a ha tenido muchas dificultades con determinadas asignaturas, el verano es, desde luego, un buen momento para poder reforzar determinadas cosas”. Por ello, recomienda “dedicar un par de horas diarias --de lunes a viernes-- a reforzar aquellas asignaturas en las que el rendimiento no ha sido el esperado, y luego, eso sí, estar 15 sin hacer absolutamente nada, disfrutando de las vacaciones. Todos nos merecemos descansar”, argumenta esta psicóloga sanitaria.

Sermones, etiquetas y miradas de desaprobación

Isabel Cuesta, más conocida como Unamadremolona en Instagram --donde cuenta con más de 157.000 seguidores--, es periodista, madre de tres hijos, y desde hace más de dos años ayuda a madres y padres a educar en positivo. Sus cursos y conferencias la han hecho viajar por toda España explicando a centenares de padres y madres las bondades de la disciplina positiva. Cuando le preguntamos cómo enfocar desde la disciplina positiva el fracaso escolar de los hijos, se muestra clara: “En primer lugar, debemos tener en cuenta que nuestros hijos son mucho más que una nota. Necesitan de nuestro amor incondicional y que nos enfoquemos en sus fortalezas. Dicho lo cual, ¿cómo te gustaría que te apoyara tu entorno si has fracasado en algo?”, se pregunta Isabel Cuesta.

Escolares dibujando en el aula de un colegio / EP
Escolares dibujando en el aula de un colegio / EP

“Agradecerías que no te juzgaran, que no te criticaran, que te preguntaran cómo te sientes. Necesitarías palabras de aliento. E, incluso, que te dejen espacio si así lo necesitas. Lo que nadie necesita son sermones, castigos, etiquetas, miradas de desaprobación, ni que nos digan 'me has decepcionado'. Aunque puede que sea lo que nos sale en automático, tenemos que cuestionarnos: ¿realmente esto me acerca o me aleja de mis hijos?, ¿esto les ayuda o les hunde más?”, responde la popular Unamadremolona.

Eukene Llorente piensa que debemos repensar el concepto de fracaso escolar. “No considero que porque en una evaluación saquen malas notas hayan fracasado, pero sí creo que tenemos que indagar en la causa para que esto no suponga un problema en un futuro. Muchas veces hay dificultades en cuanto concentración, atención, memoria, dificultades para organizar las ideas, para planificar el tiempo de estudio, para establecer estrategias de estudio. Además, que no hayan asimilado las asignaturas escolares puede ser debido a algún trastorno del aprendizaje o del neurodesarrollo (TDAH, dislexia…). Los docentes en este caso tienen un papel muy importante en su detección”, manifiesta la psicopedagoga Llorente.

Los padres, guías para ayudarles a encontrar su pasión

Para Cuesta es fundamental que como padres aprendamos “a rebajar nuestras expectativas” y tengamos claro cuál es nuestro rol. “Nuestro papel es ser guías que les ayudan a encontrar su para qué. Cuando encuentran aquello que les apasiona, que les llena, la autoestima sube y son capaces de afrontar hasta los retos que menos les gustan”, sostiene esta experta en disciplina positiva.

El afán por enseñar a los hijos a través de la propia experiencia de los padres hace que “la mayoría de las veces actuemos desde el miedo. Miedo a que fracasen, a que dejen los estudios, a que tiren la toalla y a que no lleguen a ser nadie en esta vida. Por intentar ayudarles acabamos presionando de tal manera que, en muchas ocasiones, conseguimos lo contrario”, continúa Isabel Cuesta.

Las notas: ¿determinantes para el futuro?

En cuanto a si las notas son determinantes para el futuro, la experta en disciplina positiva entiende que “deberíamos preguntarnos, de toda la gente que conocimos siendo niños y adolescentes ¿solo han triunfado aquellos que sacaban buenas notas en sus estudios? Seguro que hay de todo. Puede haber mucho talento oculto tras unas malas calificaciones. Las notas no garantizan el éxito en la vida. Hay que adquirir conocimientos y prepararse, por supuesto, pero hay otras formas de ayudar a nuestros hijos que no sea centrarlo todo en las notas”, señala Unamadremolona.

En la trayectoria profesional de Isabel Cuesta ha sido determinante la disciplina positiva, pero también su experiencia personal. Durante años, su rendimiento escolar no fue el que se esperaba de ella. De forma recurrente recibía, de parte del centro escolar, mensajes hirientes como 'eres una vaga', 'no vas a llegar a nada en la vida', 'no vales para esto'. “Cuando somos niños y adolescentes, la imagen que nos hacemos de nosotros proviene, en gran parte, de los mensajes que recibimos en nuestro entorno. En primero de Bachillerato pasé un año escolar en Minnesota. Allí, una profesora me pilló pintando en clase y, en lugar de echarme la bronca o mandarme fuera del aula, me dijo 'tienes un gran talento para la pintura, no lo dejes. Y ahora estamos en clase y necesito que atiendas, ¿de acuerdo?' Cuando llegué a casa, llamé a mi madre y le dije 'no te lo vas a creer, aquí los profesores me tratan con respeto'. En ese momento hice clic. Por primera vez pensé 'sí que valgo para algo'. Así fue como empecé a estudiar lo que me gustaba y también lo que no. Ese es el poder de las palabras y del trato que les damos. No deben estudiar porque sí, debemos ayudarles a descubrir sus capacidades. Quizás no tengan clara su vocación, pero yo me veo a mí, que he cambiado de profesión pasados los 30 y siendo madre y digo, 'nunca es tarde'", admite.

Desarrollar las pasiones internas

“Hace unas semanas mi hija me dijo que no le gustaba estudiar inglés, ni matemáticas. 'No soy buena en ello', me dijo. Y yo le respondí: 'no, lo que pasa es que aún no has entrenado lo suficiente y los adultos no hemos sabido explicártelo correctamente'. Tiene ocho años y me miró extrañada y poco convencida. Así que le dije: 'siempre dices que quieres ser cuidadora de delfines cuando seas mayor, ¿verdad?' Y movió la cabeza afirmativamente. En ese momento le pregunté: '¿cómo vas a comunicarte con los mayores expertos de delfines si no hablas inglés?'; '¿cómo vas a saber calcular la dosis de medicina que te paute el veterinario si no sabes resolver sumar, multiplicar o dividir?' Esto le sacó de dudas”, relata Cuesta.

“No espero que mis hijos sean números uno, pero sí que descubran sus intereses y que se enfoquen en sus fortalezas. Mi trabajo me apasiona, pero hay cosas de él que no me gustan tanto y, aun así, las saco adelante porque mi pasión me mueve a ir a por ello. No quiero que cuando cumplan 40 se miren al espejo y piensen que les cortamos las alas y no les permitimos ser quiénes han venido a ser. Tampoco que se dediquen a algo que detestan sólo porque a su madre o a su padre les hacía ilusión. Quizás tú quieras un hijo notario, ingeniero o médico, pero ellos no han venido al mundo a cumplir tus expectativas. Quizás lo que tienes en casa es un apasionado del motor, de la estética, un gran comercial con don de gentes, un programador o un electricista. Si lo que hacen les gusta, tendrán una vida plena, se sentirán realizados y habremos hecho un gran trabajo”, concluye.