La catedrática en Victimología Noemí Pereda
Noemí Pereda, catedrática de Victimología: “La explotación sexual infantil no siempre es visible, pero deja huella”
La especialista en protección de la infancia publica el primer manual en España para detectar y actuar ante una violencia aún invisibilizada
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Noemí Pereda proviene de una familia de la Galicia más rural, donde las abuelas, recuerda, eran “auténticas matriarcas”, mujeres que entendían el cuidado como una responsabilidad colectiva y eran capaces de acoger a cualquier niño que lo necesitara.
“En sus casas siempre había un plato de comida para cualquier niño o niña, y llegaron incluso a acoger a menores que habían perdido a sus familias, aunque en aquella época no se utilizara esa terminología”, explica. Ese legado marcó su trayectoria: “De algún modo, mis hermanas y yo heredamos ese compromiso con la infancia y todas nos dedicamos profesionalmente a cuestiones relacionadas con la infancia”.
El GReVIA
Pereda es hoy catedrática de Victimología en la Universidad de Barcelona y directora del Grupo de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente (GReVIA), think tank dedicado a la investigación y promoción de la protección de la infancia frente a la violencia.
Además, acaba de publicar el primer manual que aborda en España la explotación sexual infantil y adolescente.
El primer contacto
El Manual de detección y actuación ante la explotación sexual infantil y adolescente, publicado por Octaedro Editorial este marzo en coautoría con Beatriz Benavente, investigadora de la Universidad de las Islas Baleares, analiza las diferentes fases del proceso de intervención del fenómeno: desde la identificación del riesgo y los instrumentos para detectarlo hasta la valoración de los casos y la aplicación de protocolos de actuación.
'Manual de detección y actuación ante la explotación sexual infantil y adolescente'
“Desde muy joven tuve una gran inquietud por los problemas sociales que afectan a los niños y niñas. El punto de inflexión llegó durante mi estancia como estudiante erasmus en Cardiff. Allí tuve contacto con varios casos de abuso sexual infantil que me impactaron profundamente y marcaron mi trayectoria profesional. Fue la primera vez que tomé verdadera conciencia de la magnitud y la gravedad de este problema”, recuerda.
Victimización infantil
Más adelante, durante su doctorado, decidió centrar su investigación en las formas más graves de victimización infantil, en un contexto donde apenas existían estudios en español.
Por otro lado, en Cardiff tuvo la oportunidad de visitar y conocer el trabajo de investigadores como David Finkelhor, lo que fue clave para consolidar su “interés y dar un marco teórico sólido a esa intuición inicial: la necesidad urgente de visibilizar, estudiar y mejorar la respuesta ante la violencia sexual contra la infancia en nuestro país”, constata.
Años de trabajo
Desde entonces, Pereda ha dedicado a investigación a este campo y, en 2009, impulsó la creación del grupo GReVIA pionero en España en el estudio de la violencia contra la infancia.
Ese mismo año regresó de una estancia en Estados Unidos, donde había pasado varios meses en el Crimes Against Children Research Center de la Universidad de New Hampshire, dirigido por Finkelhor, referente mundial en los efectos de la violencia sexual en niños y niñas. Allí pudo conocer de primera mano un modelo de investigación sólido, articulado y con un claro marco teórico, y tuvo la sensación de que algo así era necesario en nuestro país.
La catedrática Noemí Pereda
Relación de dependencia
“Faltaba una mirada amplia que permitiera comprender la victimización infantil en toda su complejidad”, explica. Ese enfoque se basa en la victimología del desarrollo, que pone el acento en la desigualdad estructural entre adultos y menores: “No se trata solo de una diferencia de fuerza, sino de una relación de dependencia y confianza que hace a los menores especialmente vulnerables”.
El Manual de detección y actuación ante la explotación sexual infantil y adolescente pone el foco en una realidad todavía poco comprendida: la explotación sexual infantil.
Así se define
Según Pereda, hay tres elementos clave para definirla: implica siempre a menores de 18 años, se produce en un contexto de abuso de poder y conlleva algún tipo de intercambio. “La actividad sexual se produce a cambio, explícito o implícito, de dinero, regalos, favores o protección”, resume.
Una de las principales dificultades es que no siempre hay violencia física. “Muchas veces no hay una percepción clara de coerción, sino dinámicas de manipulación emocional o aprovechamiento de necesidades afectivas”, señala. Esto es especialmente frecuente en la adolescencia, donde puede confundirse con relaciones aparentemente consentidas.
No es trata
En España, los datos disponibles sitúan la prevalencia en torno al 2,6% en la población adolescente general. Sin embargo, en contextos vulnerables, como centros de protección, las cifras se disparan hasta cerca del 18%. “No es un fenómeno generalizado, pero sí mucho más frecuente de lo que solemos pensar en determinados contextos”, advierte.
El manual también desmonta algunos mitos persistentes. Uno de los principales es confundir la explotación sexual con la trata. “En muchos casos hablamos de un fenómeno doméstico, que ocurre en nuestros barrios y afecta a chicos y chicas de nuestro entorno”, subraya.
Secuestro emocional
Tampoco suele haber secuestros físicos, sino lo que define como un “secuestro emocional”, basado en vínculos de dependencia construidos por el agresor.
Internet ha cambiado profundamente estas dinámicas. “Hoy, un adulto puede acercarse a un menor sin necesidad de compartir un espacio físico”, explica. El entorno digital facilita el contacto, acelera los mecanismos de manipulación —el conocido grooming— y difumina la frontera entre lo online y lo offline. “Muchas situaciones empiezan en internet y acaban trasladándose al mundo físico”, añade.
Múltiples perfiles
Pese a ello, no existe un perfil único de víctima ni de agresor. Sí hay, en cambio, factores de riesgo: haber sufrido violencia previa, consumo de sustancias, fugas del hogar o ausencia de vínculos protectores. “No determinan que un adolescente vaya a ser víctima, pero sí aumentan su vulnerabilidad”, matiza.
El manual nace, precisamente, para dar respuesta a la falta de herramientas. “No existía en español un material que abordara este problema de forma integral y basada en la evidencia”, explica. El objetivo es ofrecer a profesionales —y también a la ciudadanía— claves claras para detectar e intervenir. “Sin un marco común, es muy difícil actuar de manera adecuada”.
Deja huella
El mensaje central es contundente: “La explotación sexual infantil y adolescente no siempre es visible, pero siempre deja huella”. Por eso insiste en no esperar a señales evidentes. “Estas dinámicas se construyen de forma progresiva, a través de la manipulación y el vínculo emocional”.
También lanza una advertencia clave: la responsabilidad nunca recae en la víctima. “A veces puede parecer que hay consentimiento, pero existe una desigualdad de poder que lo invalida”.
Señales
Para familias y docentes, la clave no está en identificar un perfil, sino en detectar cambios. “Volverse más irascible, más hermético, aislarse o mostrar un uso oculto del móvil pueden ser señales de alerta”, explica. También la aparición de dinero o regalos sin explicación.
Pero insiste: “Ninguna señal por sí sola confirma una situación”. Lo importante es el vínculo: “Detectar a tiempo tiene más que ver con la calidad de la relación que con identificar indicadores concretos”.
Faltan recursos
Uno de los errores más frecuentes es actuar de forma precipitada. “Intentar sacar al adolescente por la fuerza no suele ser eficaz”, advierte. En muchos casos, existe una fuerte dependencia emocional con el agresor, lo que denomina “esclavitud voluntaria”. Sin una alternativa afectiva sólida, el riesgo de retorno es alto.
En este punto, el diagnóstico sobre España es claro: se ha avanzado, pero no lo suficiente. “No estamos todavía preparados ni para prevenir ni para atender estos casos con la eficacia necesaria”, reconoce. Faltan recursos especializados, formación y coordinación entre sistemas. También, añade, mayor transparencia: “A veces existe cierta tendencia a minimizar estos casos”.
Muy cerca
Las instituciones tienen, a su juicio, un papel central. “Lo primero es asumir la realidad”, afirma. A partir de ahí, reclama datos rigurosos, equipos especializados y una apuesta real por la prevención.
Pero la responsabilidad no es solo institucional. “Como sociedad, en muchos casos seguimos mirando hacia otro lado”, lamenta. La incomodidad que genera esta realidad contribuye a invisibilizarla. “Tendemos a pensar que son casos lejanos, cuando forman parte de nuestro entorno”.
Optimismo moderado
Pereda apunta al Reino Unido como ejemplo de avance sostenido, gracias a la combinación de investigación, intervención y presión social. También destaca el papel de organizaciones como Save the Children o Unicef, fundamentales en la sensibilización y la atención directa a víctimas.
Tras más de 25 años investigando la violencia contra la infancia, su balance es prudente: “Hay motivos para un optimismo moderado”. Se ha avanzado en visibilidad y conocimiento, pero la explotación sexual infantil sigue siendo una de las formas más ocultas.
“Queda mucho por hacer”, concluye, “especialmente en reconocer la magnitud del problema y desarrollar respuestas sostenidas en el tiempo”.