Un turista llega a Barcelona por primera vez. Ya en la ciudad, pide un taxi para arribar al apartamento en el que se aloja. Se encuentra un vehículo negro con una franja horizontal amarilla. No se trata de un Uber ni nada similar. Es un taxi.
A diferencia de otras ciudades, donde estos turismos acostumbran a ser blancos, la gama cromática que caracteriza a la capital de Cataluña es antónima a la habitual.
Se puede llegar a pensar que ocurre a razón de un motivo estético o de diseño, pero no es el caso. Es la respuesta a una estricta normativa municipal que tiene casi un siglo de historia.
El detonante
Para entender este diseño hay que viajar a los años 20. En aquella época, coger un taxi en Barcelona era una aventura de riesgo. No existían los taxímetros obligatorios y el precio se negociaba a menudo con el conductor.
Ciudad de Barcelona
Esta falta de regulación daba pie a constantes estafas, discusiones y precios abusivos. Con la Exposición Internacional de 1929 en el horizonte, el Ayuntamiento sabía que no podía permitirse ese descontrol ante la llegada de miles de visitantes extranjeros.
Un código de colores
La solución llegó con el Reglamento de Circulación Urbana de 1924. El consistorio obligó a todos los vehículos de alquiler a pintar una franja de color bajo la ventana de las puertas (la llamada "línea de cintura").
Esa línea no era decorativa: funcionaba como una etiqueta de precio visible. Indicaba la tarifa por kilómetro que cobraba ese coche, para que el cliente supiera lo que iba a pagar antes de subirse. El código era muy claro.
Marcha lenta de taxis convocada por Élite Taxi, en la plaza de España, a 28 de mayo de 2024, en Barcelona
La línea blanca era la más barata, con un precio de 40 céntimos por kilómetro. La roja suponía un precio de 50 céntimos. Diez más costaba subirse a uno de línea amarilla. Por cierto, una azul eran 80 céntimos, siendo considerado un servicio de lujo.
La supervivencia del más fuerte
Durante años, las calles de Barcelona fueron un arcoíris de taxis compitiendo ferozmente entre sí. Sin embargo, la franja amarilla (60 céntimos) demostró ser la más competitiva del mercado.
Ofrecía coches más modernos y seguros que los de la tarifa blanca, pero a un precio más razonable que los de la azul. Poco a poco, debido a la crisis y la competencia, las compañías de las otras tarifas fueron quebrando o adaptándose al precio de 60 céntimos.
Unificación obligatoria en 1934
Una década después, dado que la inmensa mayoría de la flota ya operaba de facto con la tarifa amarilla, el Ayuntamiento decidió simplificar la norma.
Un taxi con el logo de Free Now en Barcelona
En 1934 se decretó que el amarillo y el negro serían los colores únicos y obligatorios para todos los taxis de la ciudad. El negro no se eligió por luto, sino por pura economía: era el color de serie de la mayoría de coches de la época (como los Ford T) y el más barato de mantener.
El falso mito de Gaudí
Existe una leyenda urbana muy extendida, que muchos guías explican erróneamente, que asegura que el negro es por el luto tras la muerte de Antoni Gaudí (atropellado por un tranvía en 1926) y el amarillo por la "vergüenza" de la ciudad al no haberle socorrido.
Es una historia romántica, pero totalmente falsa. La normativa de los colores por tarifas ya se había planteado antes de su muerte y respondía, exclusivamente, a criterios económicos y de tráfico para ordenar el sector.
Una identidad visual única
Desde entonces, la norma se ha mantenido intacta, sobreviviendo a la Guerra Civil, a la dictadura y a la llegada de la democracia.
Lo que nació como una simple medida contra el fraude para los turistas del 29 se ha convertido, cien años después, en un símbolo de identidad que permite reconocer un taxi de Barcelona a kilómetros de distancia, diferenciándolo de los de Madrid o Valencia.
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