Un paseo por el Pirineo catalán despierta las sospechas. Nombres como Esterri, Gerri, Salardú, Arinsal, Beret o Urtx aparecen en diversos carteles de carreteras. No suenan muy catalanes; más bien parecería el País Vasco. Y, más o menos, algo de eso hay.
Antes incluso de que llegaran los romanos, en este rincón de Cataluña no se hablaba catalán, sino vasco o algo similar. Los filólogos lo llaman protovasco y la historia lo secunda.
En zonas como el Vall d’Aran o comarcas como Alt Urgell perviven estos nombres de pueblos y lugares que muchos recorren sin saber que, en su origen, son palabras vascas. Pequeñas píldoras de historia que recuerdan que en esas casas de piedra se hablaba vasco.
Por aquel entonces, y durante siglos, el latín y después el catalán se reservaban para la iglesia, la administración y las élites. En los hogares, protoeuskera. ¿Qué pasó?
Cuándo fue
Es bien sabido que los llamados protovascos fueron uno de los primeros grupos de Homo sapiens modernos establecidos en la Península Ibérica. Según la teoría más aceptada, habrían llegado de las montañas del Cáucaso hace unos 20.000 años.
Primero se establecieron en la cordillera pirenaica y, desde allí, se habrían expandido hacia el oeste y el norte de Europa. Hay textos del Imperio romano que lo acreditan.
Escritos romanos
Estrabón y Plinio el Viejo hacen referencia en sus escritos a la existencia de pueblos vascos asentados en ambas vertientes del Pirineo. Los sitúan entre la actual Cerdanya, en el extremo oriental, y el valle de Baztán, en el occidental.
Allí la lengua quedó más fijada que en otros rincones de la península. Mientras que en el valle alto del Ebro muchos grupos vascos se romanizaron y adoptaron el latín, en las zonas de montaña conservaron su lengua y sus estructuras sociales.
Esterri d'Àneu
Es más, tras la caída y marcha de los romanos, y bien entrado el año 1000, el vasco seguía siendo una lengua viva de las clases populares en esa zona del Pirineo. La evolución del latín al catalán era propia de las élites y de los núcleos urbanos incipientes.
Los pueblos de montaña de Cataluña que aún hablaban vasco eran como islotes, donde la romanización fue parcial. Y dejaron su huella. ¿Cómo? Con sus nombres.
Los pueblos catalanes de nombre vasco
Algunos son muy conocidos. Se dice que Urgell podría venir de raíces protovascas ligadas al agua o a los valles. El mismo Vall d’Aran se ha convertido en redundancia, ya que Aran significa “valle” en eusquera.
Pasa lo mismo con Gerri y Esterri d’Àneu. Incluso Sort, que suena a catalán, es de origen vasco. Viene de Suert, sí, también como el pueblo, y hace referencia al agua.
Palabras catalano-vascas
Por último, se dice que Arinsal, Urtx, Salardú y Beret, topónimos aranenses o ceretanos, también encajan con raíces léxicas del vasco antiguo.
Más allá de los nombres de pueblos, la huella llega al catalán común. Palabras como esquerra (izquierda), pissarra (pizarra), gavarra, paparra (garrapata), estalvi (ahorro), gavet, marrà o quer (peñasco) se consideran de origen vasco o protovasco.
En la vida cotidiana, los hablantes usan estos términos sin ser conscientes de su pasado protovasco. Claro que tampoco se estudia la presencia de este pueblo en las zonas del Pirineo. En cambio, hay documentos que lo acreditan.
Uno de los episodios más reveladores se sitúa en el valle de Àneu, antiguo núcleo de esa cultura pirenaico-vasca. En 1424 se dictó allí una de las primeras normativas europeas que tipifican la brujería como delito.
Persecución y condena
La Inquisición hispánica, siglos después, llegaría incluso a identificar el euskera con la “lengua de la corte de Satanás”, un discurso que alimentó la sospecha sobre pervivencias culturales antiguas.
Entre la persecución cristiana y que cada vez eran núcleos más pequeños, aquellas comunidades fueron absorbidas por el mundo feudal y eclesiástico que daría lugar a la Cataluña medieval.
Sus instituciones, como la propiedad comunal o elementos de matriarcado, se diluyeron, aunque dejaron rastros dispersos. Aún están presentes, pero pasan desapercibidos.
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