Alerta sobre la DANA enviada a los móviles el sábado, 12 de julio de 2025

Alerta sobre la DANA enviada a los móviles el sábado, 12 de julio de 2025 Lorena Sopena - EP

Vida

La sobredosis de ES-Alert genera ansiedad

La sucesión de avisos meteorológicos y episodios extremos deja un cansancio emocional que expertos ya identifican como fatiga climática

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La DANA Alice, las semanas de verano encadenadas de temperaturas extremas, y las lluvias torrenciales que activaron alertas de forma recurrente no solo alteraron el territorio, sino también la forma en que miles de personas se relacionan con el clima.

Cancelar planes ante un aviso amarillo, revisar compulsivamente las aplicaciones meteorológicas o sentir un nudo en el estómago cuando el cielo alcanza el gris oscuro se han convertido en reacciones cada vez más habituales.

Más allá de los récords de temperatura y de precipitación, 2025 deja un cansancio emocional ligado a la sucesión de episodios extremos y al tono de alarma constante que los ha acompañado.

Una calle de Sant Carles de la Ràpita marcada por las inundaciones tras el paso de la DANA 'Alice'

Una calle de Sant Carles de la Ràpita marcada por las inundaciones tras el paso de la DANA 'Alice' Luis Miguel Añón

Los expertos lo llaman fatiga climática: una mezcla de ansiedad, agotamiento y desconexión que la psicología ambiental lleva tiempo señalando y que el análisis más reciente de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) sitúa ya en el centro del debate.

Un contexto climático de récords

El año 2025 fue excepcional en cuanto a temperatura y fenómenos asociados. Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el verano de 2025 en la España peninsular registró una temperatura media de 24,2 °C, es decir, 2,1 °C por encima del promedio del periodo de referencia 1991–2020, lo que lo convirtió en el verano más cálido desde 1961.

Junio fue especialmente anómalo, con una temperatura media de 23,7 °C —3,6 °C por encima de lo habitual—, mientras que julio alcanzó los 23,8 °C, situándose entre los más cálidos de la serie histórica.

Aunque los datos se refieren al conjunto del Estado, Cataluña vivió de forma directa las consecuencias de este contexto: olas de calor prolongadas, sequías persistentes y episodios de lluvias torrenciales que obligaron a activar alertas y modificar rutinas.

Cuando el cielo se convierte en una amenaza

Para los expertos de la UOC, el cambio no ha sido solo meteorológico, sino emocional. El catedrático de diseño del comportamiento Manuel Armayones y el neuropsicólogo clínico Juan L. García Fernández coinciden en que episodios extremos como la DANA de Valencia de 2024 han recalibrado el sistema de alarma colectiva.

El cielo encapotado o una notificación en el móvil han dejado de ser estímulos neutros para convertirse, en muchos casos, en señales de peligro.

Armayones explica que este fenómeno se relaciona con lo que denomina "trauma vicario": una experiencia de impacto emocional vivida indirectamente a través de imágenes, vídeos y relatos difundidos de forma masiva.

Dos personas atraviesan campos de cultivo de Sant Carles de la Ràpita tras el paso de la DANA Alice

Dos personas atraviesan campos de cultivo de Sant Carles de la Ràpita tras el paso de la DANA Alice LUIS MIGUEL AÑÓN Barcelona

"La omnipresencia de imágenes devastadoras genera una sensibilización extrema", advierte. A ello se suma el papel del entorno digital, que actúa como amplificador de la ansiedad. Mapas meteorológicos en rojo, alertas constantes y titulares alarmistas refuerzan la percepción de amenaza, incluso cuando el riesgo real es limitado.

El bucle de la ansiedad informativa

Uno de los elementos clave del análisis de la UOC es la relación entre incertidumbre y consumo compulsivo de información.

Tras un evento extremo, la pregunta "¿volverá a pasar?” se convierte en el motor de una vigilancia continua que se canaliza, sobre todo, a través del teléfono móvil.

El resultado es un bucle difícil de romper: se consulta el dispositivo para recuperar una sensación de control, pero lo que se encuentra son nuevos avisos, mensajes alarmistas o incluso desinformación.

Una alerta del plan Inuncat

Una alerta del plan Inuncat PROTECCIÓ CIVIL

"La lógica de las plataformas prioriza los contenidos que generan más interacción, y el miedo es una de las emociones que más engagement produce", señala Armayones.

Este mecanismo alimenta lo que se conoce como 'doomscrolling': un consumo incesante de noticias negativas que, lejos de tranquilizar, incrementa la ansiedad anticipatoria. En ese contexto, la tecnología deja de ser una herramienta informativa para convertirse, en palabras del experto, en "una máquina escurabutxaques [tragaperras] de ansiedad".

Qué ocurre en el cerebro cuando llega la alerta

Desde la neuropsicología, García Fernández aporta una explicación complementaria. Tras un evento traumático, el cerebro establece asociaciones rápidas entre determinados estímulos ambientales —lluvia intensa, viento fuerte, truenos— y la percepción de peligro.

La amígdala, estructura clave en la detección de amenazas, se hiperactiva, mientras que la corteza prefrontal, encargada de regular las emociones, pierde capacidad de modulación.

Este desequilibrio puede dar lugar a respuestas desproporcionadas ante fenómenos meteorológicos leves y, en algunos casos, a síntomas compatibles con el estrés postraumático.

"La persona puede sentir que todo vuelve a empezar, aunque racionalmente sepa que no está pasando nada grave", explica el neuropsicólogo. La reacción combina memoria emocional y miedo anticipatorio, una mezcla que mantiene el cuerpo en estado de alerta permanente.

Vulnerabilidad y desigualdad emocional

El impacto no es homogéneo. Según la UOC, ciertos colectivos son especialmente vulnerables: niños que interpretan el mundo a partir de las reacciones adultas; personas mayores con limitaciones de movilidad; individuos con daño cerebral o enfermedades neurodegenerativas, y quienes ya habían vivido pérdidas o traumas previos.

En estos casos, estímulos como el sonido del viento o una alerta en el móvil pueden desencadenar respuestas intensas de miedo, agitación o desorientación.

Los expertos advierten de que el problema surge cuando estas reacciones dejan de ser adaptativas y empiezan a interferir en la vida cotidiana: alteraciones del sueño, evitación sistemática, irritabilidad o dificultad para concentrarse.

Ecoansiedad y fatiga climática

Este cuadro encaja con lo que la literatura científica describe como ecoansiedad. Estudios internacionales indican que más del 80 % de los jóvenes se declaran preocupados por el cambio climático y que una parte significativa experimenta síntomas de ansiedad o depresión asociados a esa preocupación.

Informes de UNICEF señalan, además, que entre el 45% y el 67% de los jóvenes reconocen que estas emociones afectan su funcionamiento diario.

Los expertos subrayan que no se trata de una patología en sí misma, sino de una respuesta emocional legítima ante un entorno percibido como amenazante. Sin embargo, cuando la exposición al riesgo es constante y no va acompañada de vías claras de acción, esa preocupación puede transformarse en fatiga climática: una mezcla de saturación informativa, desconexión y normalización de lo extremo como "nueva normalidad".

Mirada a 2026

De cara a 2026, los expertos confirman que los fenómenos extremos seguirán formando parte del paisaje mediterráneo.

La clave, sostienen, no será solo mejorar la predicción, sino repensar la comunicación del riesgo. Informar con rigor, pero evitando el alarmismo; ofrecer pautas claras de preparación y adaptación; y reconocer la dimensión emocional del problema serán elementos centrales.

Armayones propone una "dieta informativa selectiva", es decir, elegir una única fuente oficial, reducir las notificaciones y sustituir el discurso catastrofista por uno centrado en la prevención.

García Fernández, por su parte, subraya la importancia de integrar la salud mental en las políticas climáticas, especialmente para proteger a los colectivos más frágiles.