La Cerdanya se conoce por ser uno de los rincones más pijos y exclusivos del Pirineo catalán. Aquí tienen casa desde Risto Mejide hasta Gerard Piqué.
Hace años que esta tierra se ha convertido en refugio de la clase alta, por eso no es de extrañar que allí se emplace un hotel con apariencia de castillo, pero que en realidad no fue más que un regalo de un padre burgués a su querida hija.
Lo bueno es que esta falsa fortaleza de estilo afrancesado se encuentra ahora en medio de un parque, abierta a todo aquel que esté dispuesto a pagar el precio que cuesta alojarse en una de sus habitaciones.
Y es que este palacete modernista, levantado a principios del siglo XX y transformado después en hospital de guerra, pasó de ser una residencia casi abandonada a un hotel de lujo. Su nombre: la Torre del Remei.
Quién está detrás
Con su nombre, su historia y su ubicación, este lugar se ha convertido, por méritos propios, en uno de los establecimientos más singulares de la Cerdanya. Y es que, además de sus instalaciones y su fama, el edificio es obra de un discípulo de Gaudí. ¿Cómo llegó hasta aquí?
Todo empezó a principios del siglo XX. El banquero Agustí Manaut i Taberner quiso regalar a su hija Blanca una residencia de veraneo en la entonces emergente Cerdanya.
El arquitecto
Por aquel entonces, los médicos higienistas recomendaban aire puro para tener una buena salud, así que la burguesía barcelonesa encontró allí su medicina.
El edificio se empezó a construir en 1905. El proyecto se confió al arquitecto Calixto Freixa, discípulo de Gaudí, que tardó cinco años en atender los detalles del encargo.
Restaurante del Hotel Torre del Remei
En 1910 se inauguraba el llamado “Castell de Nostra Senyora del Remei”. A pesar del nombre y de su apariencia, no era (ni es) más que un palacete que combina referencias del neoclásico francés con el modernismo catalán. Eso sí, en medio de un precioso y extenso jardín arbolado.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la casa cumplió su función. Formó parte del circuito veraniego de la Cerdanya.
Quién estuvo allí
Por allí pasaron el maestro del arquitecto, Antoni Gaudí, así como otras figuras de la época como Santiago Rusiñol o Ramon Casas.
Por la finca desfilaron intelectuales, notables e incluso el obispo de la Seu d’Urgell, copríncipe de Andorra.
Torre confiscada
Hasta el mismo Josep Pla le dedicó unas líneas al describirlo como “una gran cazuela inclinada” por su forma, su insolación y sus prados verdes protegidos por los Pirineos. Aunque esos tiempos pasaron pronto. La Guerra Civil se hizo notar también en la Cerdanya.
La propiedad fue confiscada y ocupada por milicias anarquistas. Los propietarios fueron obligados a marcharse y acompañados hasta el tren en Puigcerdà.
A diferencia de otros inmuebles requisados, el interior se salvó de saqueos graves, pero el edificio nunca recuperó del todo su esplendor.
Eso sí, durante el conflicto bélico, la residencia se convirtió primero en sede de capitanía y luego en hospital de guerra. Tras la contienda, Blanca Manaut recuperó la titularidad, aunque la casa quedó medio abandonada.
Caída en el olvido
Con el paso de los años, las secuoyas y árboles del entorno extendieron sus raíces sobre el recinto, mientras la Torre del Remei entraba en un largo periodo de declive silencioso, hasta finales del siglo XX.
El chef Josep Maria Boix, que había sido alumno de Ignasi Domènech en el hotel Colón de Barcelona, se hizo con el lugar.
Nueva adquisición
La compra no fue inmediata: tardaron casi una década en poder adquirirla. A principios de los años noventa, el despacho Espinet-Ubach se encargó del proyecto de rehabilitación.
La intervención respetó la estructura original y adaptó los espacios a su nueva función hotelera. En 1991 abrió sus puertas como hotel, y en 1993 se incorporó a la asociación Relais & Châteaux.
Hotel Torre del Remei
La cocina de Boix convirtió el establecimiento en una referencia gastronómica: desde allí se sirvieron banquetes para casas reales y se recuperaron recetas de la tradición local.
Tras su jubilación, hace pocos años, la propiedad le pidió que asesorara de nuevo a la cocina para rescatar algunos de sus platos emblemáticos, como el trinxat de col de invierno o los raviolis de trufa y foie.
Un hotel de lujo
En 2018 comenzó una nueva etapa bajo la gestión de una cadena hotelera especializada en establecimientos históricos. Se acometieron trabajos de mejora para adaptar instalaciones y servicios a los estándares del lujo contemporáneo.
La planta baja de la torre, organizada a partir de dos ejes que confluyen bajo una cúpula central a modo de lucernario, alberga hoy la recepción, el restaurante y las salas sociales.
Las instalaciones
Las plantas primera, segunda y abuhardillada reúnen doce habitaciones y suites, mientras que en las antiguas caballerizas se han habilitado doce más, comunicadas con la casa principal mediante un paso subterráneo, útil en días fríos o lluviosos.
Entre ambos edificios se encuentra una piscina exterior climatizada y un pabellón de vestuarios. El entorno ajardinado, de unas tres hectáreas, conserva árboles centenarios y diferentes zonas de uso estacional.
Aquí hay espacios para desayunos al aire libre en verano, áreas de descanso junto a la piscina y terrazas para servicio de bar y cócteles al atardecer.
El proyecto de interiorismo actual volvió a respetar los elementos arquitectónicos originales y, al mismo tiempo, introducir una lectura contemporánea. Ahí conviven el art nouveau y las formas curvas en sofás, butacas y bañeras.
Cómo son las habitaciones
Las habitaciones se distribuyen en varias categorías y cada una presenta particularidades en la disposición y la decoración.
Las camas, con cabeceros de nogal y tapicerías de piel, se han concebido como elemento central, acompañadas de ropa de cama de algodón de alta densidad.
Nueva oferta gastronómica
Por último, no falla el componente gastronómico, uno de los ejes del hotel. En el restaurante se ofrecen versiones actualizadas de platos ligados a la tradición de la Cerdanya y a la historia del propio establecimiento.
Paralelamente, el hotel ha desarrollado una oferta de servicios de spa, como masajes y tratamientos de cuidado personal. Tampoco falta la oferta de actividades al aire libre, como el senderismo, rutas ecuestres, salidas en bicicleta o esquí en temporada.
