Miles de turistas pagan cada año religiosamente su entrada para caminar por uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del Mediterráneo. Pasean bajo el sol de justicia, mapa en mano, observando los mosaicos y los foros desde la barrera. Sin embargo, la inmensa mayoría ignora que una parte fundamental de este complejo histórico es gratuita, no tiene horarios de cierre y, para visitarla, no hacen falta botas de montaña, sino un bañador.
Frente a las dunas de la Costa Brava, el mar esconde la infraestructura clave que hizo posible el desembarco de las grandes civilizaciones en la Península Ibérica. No es necesario contratar una expedición de submarinismo ni bajar a grandes profundidades. El patrimonio está tan cerca de la superficie que, en los días de verano, los niños juegan sobre él sin saber que están pisando piedras colocadas hace dos milenios.
El secreto
El escenario de esta inmersión en el tiempo es la playa del Moll Grec, situada en un punto privilegiado entre L'Escala y el núcleo medieval de Sant Martí d'Empúries. Su nombre no es casualidad: hace referencia a la imponente estructura de piedra que se adentra en el mar y que servía de rompeolas y puerto para proteger a las naves comerciales de la antigüedad.
El vestigio griego de la playa de Moll Grec
Aunque la toponimia popular lo atribuye a los griegos (que fundaron aquí su Emporion o mercado en el siglo VI a.C.), los arqueólogos matizan que la estructura visible hoy en día corresponde a las grandes reformas de ingeniería romana (siglo I a.C.). Lo que el bañista tiene ante sus ojos es una obra maestra de durabilidad: un espigón artificial de 80 metros de largo diseñado para resistir la furia del temporal de levante.
Experiencia inmersiva
Lo singular de este lugar es la accesibilidad. Al entrar al agua desde la arena, el fondo marino cambia drásticamente. A muy pocos metros de la orilla, las gafas de buceo revelan una carretera sumergida. Son los restos del antiguo dique, formados por bloques ciclópeos de piedra y opus caementicium (el hormigón romano) que han resistido 2.000 años de erosión salina.
La experiencia es visual y táctil. Nadar sobre estas ruinas permite ver las hendiduras en la roca y la disposición estratégica de los sillares. Además, la estructura actúa hoy como un arrecife artificial lleno de vida: es habitual cruzarse con bancos de sarpas, pulpos y erizos de mar que utilizan la arquitectura clásica como refugio.
Entrada a la historia
Bucear aquí tiene una carga simbólica que supera lo estético. Este punto geográfico exacto fue la zona cero de la historia antigua nacional. Por este puerto entraron las mercancías de lujo, el vino, el aceite y las cerámicas que conectaron la península con el resto del mundo conocido.
También fue un enclave estratégico militar. En estas costas donde, en el año 218 a.C., desembarcaron las legiones romanas de Cneo Cornelio Escipión para cortar el paso a Aníbal, dando inicio a la romanización de Hispania. Al flotar sobre estas piedras, el visitante se encuentra literalmente sobre el umbral por donde entró la cultura occidental tal y como la conocemos.
Guía práctica
Para disfrutar de esta visita no guiada, lo ideal es acudir a primera hora de la mañana, cuando el mar suele estar en calma, lo que garantiza una visibilidad cristalina bajo el agua. La profundidad alrededor del espigón es escasa, variando entre uno y tres metros, lo que la hace apta para cualquier persona que sepa nadar con soltura.
Eso sí, se recomienda precaución al acercarse a las rocas para evitar roces, ya que la historia, aunque antigua, sigue siendo dura y cortante.
