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Iñigo Urkullu, Artur Mas y Alberto Núñez Feijóo durante la proclamación de Felipe VI. Los tres han sido presidentes de Galeusca / EFE

Caciquismo y nacionalismo en Galeusca

Galicia, Cataluña y Euskadi comparten estructuras de poder más antiguas que el propio Estado penetradas por los partidos burgueses mayoritarios de los tres territorios

13 min

Además de ser parte de España y de estar situadas en la península ibérica, Galicia, el País Vasco y Cataluña tienen otras cosas en común, entre ellas la voluntad –con distinta intensidad-- de ser diferentes de sus vecinos. Y como Asturias, Cantabria y Baleares, por ejemplo, lo son entre ellas y del resto del país. Pero también las distingue el interés de parte de sus ciudadanos por subrayar diferencias como el idioma, la historia y la cultura en lugar de apreciar las coincidencias con los otros pueblos de España en los mismos ámbitos: idioma, historia y cultura.

Las tres comunidades que a principios del siglo pasado formaron la alianza Galeusca tienen otro elemento común, tan real como los anteriores. Una estructura de poder clientelar y de aires feudales, que coexiste con el Estado; profundamente arraigada, mucho más pragmática que ideológica. Ligada desde su nacimiento al primer rostro que tuvo el capital, la propiedad de la tierra. El sur de España pasa por ser territorio de caciques y señoritos. Pero en el norte anida otro caciquismo, nacionalista e incluso funcionarial, quizá menos evidente, pero mucho más poderoso y real.

De la mano

Las recientes elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi dieron señales claras de la pervivencia de esa antigua y sólida red. Los dos gobiernos regionales habían adelantado los comicios para coincidir en la fecha, un plan que la pandemia trastocó, pero que finalmente se pudo cumplir el 12 de julio. No se sabe muy bien qué pretendían Alberto Núñez Feijóo e Iñigo Urkullu con ese empeño en ir de la mano, pero no les debió salir mal porque ambos han revalidado.

Feijóo ha repetido su mayoría absoluta gracias al apoyo del aparato de su partido, un entramado que administra Galicia a través de los ayuntamientos y, sobre todo, de las poderosas diputaciones provinciales. En esta tierra no se mueve la hoja de un castaño sin que el caciquismo, que se ha apoderado de las instituciones políticas, dé el visto bueno. El triunfador de las autonómicas se ha adaptado a ese mundo. Convive, por ejemplo, con la saga de los Baltar, que lleva 36 años al frente de la Diputación de Orense, recogiendo y repartiendo como dios les da a entender. Hubo una época en la que el PP de los Baltar --el padre del actual presidente de la diputación ya fue condenado por los delitos habituales de estos casos-- superaba el 70% de los votos en las municipales de la provincia.

Los boinas, como se conocía a los tipos más duros del partido ya en vida de Manuel Fraga, son partidarios de un galleguismo más rural y áspero, cercano en algunos casos al mismísimo BNG. Feijóo ha sabido crear un modelo de coexistencia que le ha permitido muchos éxitos. El médico Miguel Ángel Santalices, “criado a la sombra de los Baltar”, según la definición de La Voz de Galicia, repite ahora como presidente del Parlamento autónomo gallego por decisión expresa del triunfador de sus cuartas elecciones. El doctor, decano de los diputados autonómicos, se entiende con él de maravilla.

Miguel Ángel Santalices en el centro de la imagen, acompañado de Mariano Rajoy
Miguel Ángel Santalices (c) con Mariano Rajoy en una imagen de archivo.

El andamiaje vasco

Un entramado de poder semejante funciona como un reloj en las tres provincias vascas, administrado por el PNV e indiscutido. En este caso, Urkullu no tiene que hacer equilibrios con su partido y la gente que manda en él, con Andoni Ortúzar a la cabeza. La gestoría vasca está en manos del euskadi buru batzar de los jeltzales, sin que nadie lo ponga en cuestión.

Aquí es la hoja de roble la que no se mueve sin conseguir antes el nihil obstat correspondiente. Red caciquil es la definición castellana que mejor describe la estructura de poder de Euskadi, controlada por el PNV y adaptada a la nomenclatura del Estado en las tres provincias, incluidas las diputaciones forales y las cajas de ahorro que dieron lugar a lo que hoy conocemos como Kutxabank.

Las fundaciones herederas de la obra social de las tres antiguas cajas provinciales mantienen el control total del banco: BBK, de Vizcaya, con el 57% de las acciones; Vital, de Álava, con el 11%; y Kutxa, de Guipúzcoa, con el 32%. Un banco local, que no cotiza en bolsa, ni lo pretende, y que atesora unas ratios de solvencia y eficiencia envidiables. Su estructura de capital refleja el mapa político vasco, como ocurría antes con las cajas.

El papel de Bildu

El partido manda en el Gobierno sin discusión alguna porque controla la trama social, donde tiene un arraigo centenario e imponente solo amenazado en el ámbito rural por los radicales de EH Bildu, que también hunden sus raíces en el carlismo y que aspiran a hacerse con el membrete.

De hecho, probaron suerte (2011-2015) en la Diputación de Guipúzcoa, y su fracaso fue tremendo. Parecido al de los independentistas catalanes de Puigdemont y Torra, con la diferencia de que en Euskadi sí hay alternativa: en 2015, el PNV volvió al poder foral. Tiempo atrás, el lendakari Carlos Garaikoetxea también había cuestionado el sistema y llegó a crear una escisión, Eusko Alkartasuna, con un éxito modesto.

El caso catalán

El mes pasado, Rosa Cullell escribió un artículo en Crónica Global sobre los liderazgos políticos en Galicia y el País Vasco, en el que lamentaba la ausencia hombres con su capacidad en Cataluña. Y se preguntaba por las razones de ese vacío. También recordaba sin nombrarlo a un líder empresarial que había conocido. Creo que se refería a un ingeniero inteligente y frío, el hombre que nunca reacciona, y que fue víctima de la estructura caciquil que ha mandado en Cataluña desde 1980, encabezada por una famiglia que se ha revelado la más corrupta de Galeusca y que odiaba la disidencia y el libre albedrío, incapaz de transigir. Porque, como los de la boina, son gente acomplejada frente al argumento del otro, y sobre todo frente a la inteligencia. Un buen razonamiento es la peor ofensa que se les puede hacer.

Jordi Pujol recogió las esencias del antiguo catalanismo y creó un nuevo nacionalismo con un proyecto: "construir Cataluña", o sea adaptar la realidad presente y pasada a una idea de futuro. Y para ello necesitaba una red clientelar en todo el territorio, y la encontró en la gente de orden de toda la vida que incluso había tenido algún papel en el franquismo. Los poderosos del mundo rural fueron los primeros convergentes de Cataluña, a los que en seguida se sumó la gran plantilla de funcionarios de nuevo cuño que puso en marcha la maquinaria de la Generalitat.

Se metió a los empresarios en el bolsillo

Posteriormente, incorporó a su club de fans a la pequeña y mediana empresa. Así, su profunda implantación en Cataluña y su larga mano en Madrid le permitieron acceder también a la gran empresa. Hubo un momento en que Pujol era como el virrey, como acertadamente tituló un libro que examinaba su figura. Nunca se ha visto en España un político tan venerado, respetado y hasta obedecido por el mundo empresarial como el Pujol de los años 90. Esa enorme red de favores --no olvidemos que el 3% era la savia que engrasó las relaciones entre los empresarios y la Administración catalana durante decenios--, amistades y complicidades explica en buena parte el silencio de los sectores empresariales del país cuando CDC empezó la alocada deriva independentista en 2012. 

La familia de Pujol quería formar una dinastía y cuando el patriarca envejeció pasó el testigo a un hombre fiel, amigo de sus hijos, como albacea a la espera de un relevo dentro de la saga porque el objetivo, como en el caso de los Baltar de Orense, era perpetuarse. Pero a Artur Mas le temblaron las piernas cuando estalló todo, especialmente tras la incapacitación de Oriol Pujol Ferrusola, el heredero designado, por delitos de corrupción.

Oriol Pujol Ferrusola a su salida de la prisión Can Brians 2 / EFE
Oriol Pujol Ferrusola (i) a su salida de la prisión Can Brians 2 / EFE

"Aquest país sempre será nostre"

Esta mafieta ha terminado por autodestruirse y llevar al país al borde del precipicio. Ya no hay líderes, efectivamente. Pero la estructura sigue ahí, en pueblos y comarcas, a la espera de que llegue alguien con cara y ojos capaz de insuflar un mensaje que les cohesione de nuevo. “Aquest país sempre será nostre”, espetó Ernest Maragall a Ciudadanos en la sesión inaugural de la última legislatura catalana. Los de Inés Arrimadas habían ganado las elecciones, pero eso no les daba ningún derecho, según el político republicano. Aquí se trata de otra cosa más allá de las mayorías democráticas, venía a decir.

Que le pregunten si no al socialista Toni Mas, el concejal de un pequeño pueblo de Lleida que se ha atrevido a denunciar en voz alta el caciquismo que gobierna la provincia, donde tampoco se mueve la hoja de un frutal sin el vistiplau de la cosa nostrada que gestiona el mundo convergente, y donde quiere penetrar ERC.

A diferencia de Galicia y Euskadi, los que fueron líderes de Cataluña y controlaban la red de poder real en el territorio han perdido el norte en una alocada huida hacia delante y han dejado a sus seguidores sin lo que un cacique proporciona a cambio del vasallaje: protección. Una buena parte de la sociedad catalana aún no ve que la vorágine política en que vive –inducida por quienes pusieron la directa para no rendir cuentas de sus fechorías ante la justicia-- le deja a la intemperie ante todo tipo de incertidumbres y amenazas. La fe religiosa del nacionalismo –el hecho de que Jordi Pujol fundara CDC en Montserrat no es una casualidad-- les mantiene los ojos tapados.