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David Madí, el espía que surgió del agua

Xavier Salvador
10 min

David Madí Cendrós (Barcelona, 1971) es, pese a su juventud, un histórico de la política catalana. Lleva más de dos décadas influyendo, orientando, mandando o tejiendo relatos a beneficio del nacionalismo catalán. Su pedigrí le permitió en sus mocedades adentrarse por ese camino por amor al arte, aunque, tras divorciarse de Artur Mas, prefirió dedicar su vocación política al arte de ganar dinero.

Tras el escándalo de manipulación de las encuestas electorales que forzó su salida y coincidiendo con su paso a la edad adulta en materia política, Madí puso en marcha un negocio de consultoría (Nubul Consulting) al que han acudido todas y cada una de las empresas con intereses en Cataluña. Fueron años buenos, porque quienes quedaban en el gobierno de la Generalitat, con Mas al frente, eran todavía un grupúsculo de obediencia debida, conocedores del alto poder que atesoraba el hombre que diseñó la mayoría de las estrategias del entonces presidente. Podía ayudar con la contratación pública, con la apertura de puertas, giratorias o sí, además de poseer una amplia agenda de contactos que convertía en útil su servicio.

Las grandes empresas de Madrid, en especial Endesa y Telefónica, fueron sus grandes clientes al inicio. También los propietarios de Applus+. Los energéticos sustituyeron al economista gallego y medio socialista Antón Costas cuando Mas logró gobernar y desalojar al tripartito del Consejo Ejecutivo de la Generalitat. Madí fue su presidente regional durante unos años en los que las relaciones de la eléctrica de Borja Prado y el gobierno autonómico no fueron del todo buenas, en parte por la herencia y cabreo que dejó Manuel Pizarro un día en el que decidió abochornar al Parlamento catalán. En Telefónica, con César Alierta al frente de la nave y su tío Carles Colomer Casellas en el consejo de administración, se tiró de él para mejorar las relaciones y negocios. De hecho, todas las tecnológicas anduvieron a su sombra cuando se licitó un millonario contrato público que se repartieron cuatro grandes grupos. Por su despacho pasaron Indra, T-Systems, HP…

Iba a Madrid, se sentaba con los consejeros y directivos de los grandes grupos y les hacía un resumen de la situación catalana. Hasta Javier Godó le adquirió los servicios. Es un orador incansable y razona con tanta información como sentimiento. Es un independentista de cuna, rico y directo. Todos guardaron durante un tiempo la relación con el consultor de impecable porte. Pero luego vinieron las vacas flacas, la inflamación independentista y los antiguos clientes se molestaron con su proveedor de consejos y presentaciones por razones diversas. Una, que con Mas y los suyos fuera del primer círculo de poder, Madí tenía menos interés lobístico. Por allí aterrizaron políticos como Carles Puigdemont que tenían ideas propias sobre la relación entre el mundo económico y la política, sobre todo tras su paso por la alcaldía de Girona, o los muchachos de ERC y, en parte, la CUP, que ya no formaban parte del universo liberal que Madí representaba.

Los últimos han sido años flojos para la consultoría del político que nunca dejó de serlo. Y, justamente por esa permanencia en la conspiración política, algunos de sus antiguos amigos del poder económico decidieron apartarse, apartarlo. Conozco testimonios de quienes se sintieron traicionados: “Venía a ilustrarnos sobre cuál era la situación política y hacia dónde avanzaba, pero en realidad él era uno de sus inductores”. Quienes eso sostienen ya no albergan dudas de que Madí estaba, y está, en la retaguardia del independentismo. Estuvo en las horas decisorias, y ya no lo ha podido esconder. Han perdido cualquier esperanza de que se sitúe en las clásicas posiciones moderadas del nacionalismo catalán de antaño, el del peix al cove, aunque sientan que él les vendía, en buena medida, ese perfil de sí mismo. Ahora reaparece en los entornos de la Crida de Puigdemont, en la que también orbita un despistado, asilvestrado y cariacontecido Mas.

Explicar en Madrid los matices políticos de Cataluña cada vez cuesta más, porque incluso desde Barcelona nos cuesta entenderlos. Quizá los de Girona… De hecho, lo que no tolera el empresariado y los poderes fácticos de la capital es que el vendedor de porteros automáticos de La escopeta nacional quiera, encima, reírse del desconocimiento, sorpresa y parálisis que ha sido espoleados por los acontecimientos de los últimos dos años. Eso no es exclusivo de Madí, les pasa a los altos directivos de La Caixa y de su Fundación Bancaria a los que no se perdona del todo que hayan sido contemplativos con los nacionalistas o que, incluso, les hayan dado pábulo lateral en algunos momentos. Sigue, de hecho, sucediendo, como un runrún acunado entre la Moncloa y el Madrid financiero de la Castellana. Le salpica también a Godó por sus productos periodísticos, aunque el conde no despidió a Madí por su condición política, sino más bien por su coqueteo con los proyectos de comunicación independentista que se han puesto en marcha en los últimos tiempos y que compiten de forma desleal en el mercado mantenidos desde el sector público.

A Madí se le ha aparecido en los últimos meses un personaje valenciano llamado Eugenio Calabuig, el presidente de Aguas de Valencia. Puede ser una tabla de salvación de su adelgazado negocio de consultoría, aunque estará por ver si no acabará contribuyendo también a la causa política. Le ha encargado una compleja labor, expandirse en el territorio catalán a través de una pequeña empresa de gestión del agua (Companyia General d’Aigües de Catalunya) que en los últimos años ha tenido cada vez un peor resultado y que posee los contratos de concesión del suministro de agua en unos pocos consistorios catalanes. Los Calabuig, que están familiarmente a garrotazos, le han encomendado que gane mercado. Y Madí, que se las sabe todas, no ha hecho otra cosa que fichar como primer ejecutivo a Marc Pifarré, hasta hace poco secretario general de la Associació Catalana de Municipis (ACM) y que ahora ocupará el cargo de consejero delegado en el barco de Madí. No es el único listo líquido: Santi Vila (Aigües de Banyoles), Laia Bonet (ATLL-Acciona), Jordi Valls (Suez). En los últimos tiempos la política y la gestión de servicios públicos se han emparentado. Entre otras razones, por la siempre oscura financiación de la política y por el empecinamiento de Artur Mas, Ada Colau y Eloi Badia de quebrar los principios de seguridad jurídica y el paradigma de la colaboración público-privada por la vía de la remunicipalización de la gestión del agua.

En Cataluña desde tiempos inmemoriales los ayuntamientos están divididos por su adhesión o no a la ACM y a la Federació Catalana de Municipis (FCM), integrada en en la FEMP. Los convergentes y republicanos tienen en la ACM su entidad representativa, mientras que los socialistas o de la antigua ICV residen en la FMC.

Se abre un interesante espacio periodístico. Veremos, con mucha atención, cómo evoluciona y se desarrolla la nueva etapa de negocio de Aigües de Cataluña, si el liberal Madí se moja en contra de las quiebras del paradigma (por la vía de oponerse a la remunicipalización) y quién paga el desastre auténtico de ATLL. Habrá que prestar atención a todos estos procesos, circular con las luces largas prendidas y ver si los tiempos son verdaderamente líquidos o son tan sólidos y poco transparentes como de costumbre.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.

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