En el fondo: Fotomontaje del antes y el después de una pintada en un municipio de Tarragona
El Mundial que nos quitó los complejos
"Lo más difícil de aquella etapa no fue el debate político. En democracia, debatir es sano. Lo verdaderamente agotador era la sensación de que existía una superioridad moral"
Hay victorias que se celebran solo por el resultado. Otras, también por lo que simbolizan.
La segunda estrella de la selección española no solo quedará en la historia del fútbol. Para muchos catalanes también quedará como el día en que, por fin, dejamos de pedir permiso para sentir.
Durante demasiados años, en Cataluña se instaló una idea tan silenciosa como injusta: que querer a España era, de algún modo, querer menos a Cataluña. Que celebrar una victoria de la selección era una declaración política. Que ponerse una camiseta roja implicaba aceptar una etiqueta —la de facha— totalmente desproporcionada.
No ocurría en todas partes ni con todo el mundo, por supuesto. Siempre hubo quien, a pesar de todo, defendió sus convicciones con absoluta naturalidad y quien nunca las criticó.
Pero también hubo muchas personas que optaron por callar, por evitar determinadas conversaciones o, simplemente, por no exponerse. Porque sabían que una bandera podía convertirse en motivo de juicio, de miradas incómodas o de etiquetas tan fáciles como infundadas y absurdas.
Lo más difícil de aquella etapa no fue el debate político. En democracia, debatir es sano.
Lo verdaderamente agotador era la sensación de que existía una superioridad moral. Que una determinada forma de entender Cataluña era la única legítima. Que apoyar cualquier otra postura significaba traicionar tus raíces.
Y eso nunca fue cierto.
Cataluña siempre ha sido mucho más compleja, mucho más plural y mucho más rica que cualquier relato único. Hay independentistas convencidos, constitucionalistas, federalistas y personas a las que, sencillamente, la política les interesa poco. Todos forman parte de la misma sociedad. Todos quieren, a su manera, esta tierra.
Por eso lo vivido durante este Mundial tiene un valor que trasciende lo deportivo.
Hemos visto balcones con banderas que hace unos años probablemente habrían permanecido guardadas en un cajón. Hemos visto familias enteras celebrando un gol sin pensar qué dirán los vecinos. Hemos visto a jóvenes que jamás habían llevado la camiseta de la selección hacerlo con absoluta normalidad.
Y, sobre todo, hemos visto que ya no hacía falta justificarse.
No significa que hayan desaparecido las diferencias. Tampoco que todo el mundo deba sentirse representado por la selección española. Ni mucho menos.
Significa algo bastante más sencillo y, precisamente por eso, mucho más importante: que nadie debería sentirse señalado por hacerlo.
Quizá la Eurocopa de 2024 fue el primer síntoma. Este Mundial parece haber confirmado que algo ha cambiado. Que la sociedad catalana empieza a reconciliarse también con esa parte de su identidad que durante demasiado tiempo algunos intentaron convertir en incompatible.
Porque querer Cataluña no obliga a dejar de querer España. Ni viceversa.
Las identidades no son compartimentos estancos. Se superponen, conviven y se enriquecen entre sí. Uno puede emocionarse con Els Segadors y, unas semanas después, cantar un gol de España.
Puede sentirse profundamente catalán y profundamente español sin necesidad de pedir disculpas por ninguna de las dos cosas. Y nada de esto resta, sino que suma.
Quizá por eso esta segunda estrella sabe diferente. Porque, además de un título, representa el final de muchos complejos.
Y ojalá sea también el principio de una etapa en la que dejemos de medir el amor a una tierra por las banderas que uno decide ondear.
Una Cataluña segura de sí misma no necesita imponer identidades. Solo necesita respetarlas.
Y esa, probablemente, sea la victoria más importante de todas.