Gonzalo Baratech y una tienda de Pronovias
Pronovias, del pelotazo a los divorcios, y regreso al altar
"La compañía es inviable con su actual estructura y se juega algo más que un relevo en su capital: está en riesgo su existencia"
La conocida marca de trajes nupciales Pronovias, de El Prat de Llobregat, va de mano en mano como la falsa moneda. Ahora está a punto de cambiar otra vez de dueño. Será el cuarto desde que, en 2017, su titular, Alberto Palatchi, cayera en la tentación de traspasar su emporio textil. Lo hizo a favor de BC Partners, por 550 millones contantes y sonantes.
“Llegué al convencimiento de que bajo mi mando había alcanzado el máximo desarrollo. Así que adopté la mejor decisión que podía tomar”, reconoció a la sazón.
Por cierto, tras cobrar ese dineral, su primera providencia fue huir del infierno fiscal de Cataluña para instalarse en Madrid, donde ya lleva ocho años. Además, repite a quien quiera oírle que se encuentra a gusto en la capital, desde donde administra su fortuna, cifrada en 2.200 millones.
La opípara venta a BC Partners es el origen de los agudos problemas que la mítica enseña de vestidos de novia ha atravesado desde entonces. Porque el adquirente solo puso de su bolsillo la mitad del dinero. La otra mitad provino de créditos. A continuación, los endosó a la propia Pronovias.
El trasiego podría haber funcionado en circunstancias normales, pero estalló el extraordinario acontecimiento de la pandemia del coronavirus. La cancelación de bodas y otros festejos fue masiva durante dos años. La empresa quedó casi paralizada y se sumió en un océano de números rojos, del que aún no ha logrado emerger.
BC Partners se empleó a fondo para salvar los muebles. Realizó cuantiosas inyecciones de numerario que evitaron el desplome. Pese a todo ello, su estancia en El Prat ha sido calamitosa, pues ha perdido hasta la camisa y no ha recuperado un céntimo.
En 2022, sus dos prestamistas Bain Capital y MV Credit convirtieron la deuda en acciones y se quedaron Pronovias.
En el nuevo regazo apenas experimentó cambios. Los resultados negativos continuaron a la orden del día y las ventas no dejaron de menguar.
Pronovias facturó el pasado ejercicio 80 millones, es decir, la mitad de lo que registraba cuando Palatchi cedió la batuta. Desde entonces, los quebrantos acumulados rebasan con largueza la estratosférica suma de 700 millones.
Al día de hoy, la entidad se encuentra al corriente de los pagos, pero las tensiones de tesorería son constantes. Hace ocho meses, los dos amos de Pronovias trataron de sacudírsela de encima. No hubo manera. El único que mostró un cierto interés estaba dispuesto a dar un paso al frente, pero sin desembolsar un céntimo.
Tras este fracaso definitivo, la corporación se vio forzada a acudir al juzgado mercantil, con el propósito de traspasar la unidad productiva. Se designó al despacho FTI para que sondeara el mercado en busca de un contrayente.
Contactó con una treintena de posibles candidatos, entre ellos la competidora Rosa Clará, la perfumera Puig, la cadena Cortefiel, la familia Rubiralta de los laboratorios Werfen, e incluso dos colosos como Inditex y Amazon. Tras analizar el balance, todos salieron despavoridos.
El meollo del asunto reside en que tras la limpieza de deudas realizada, las ventas y los resultados siguen sin remontar. Semejante circunstancia se debe a una triple cuña: cada año se celebran menos esponsales, las parejas se casan a edades más avanzadas y los presupuestos van a la baja.
Existe otro factor determinante que ha contribuido a ahuyentar a los interesados. Me refiero a la nutrida plantilla, que ronda los 700 empleados.
Los ofertantes han escaseado. Finalmente, el juzgado solo ha recibido dos propuestas formales, cursadas por Desigual y la norteamericana Enduring Ventures. Las dos se proponen un severo ajuste.
Una vez se seleccione el aspirante, Pronovias presentará concurso de acreedores y se le adjudicará la unidad productiva. La declaración de insolvencia es condición imprescindible para que la compañía se libre de los pasivos que todavía arrastra.
En todo caso, si los planteamientos no satisfacen unas condiciones mínimas, sobre todo a la hora de preservar los puestos de trabajo, el proceso concursal podría desembocar en liquidación, lo que implicaría desmembrar el cadáver de Pronovias y vender los despojos al mejor postor.
A partir de ahora, todas las miradas están puestas en el novio que se desposará con la dama catalana. No será una operación sencilla. Pronovias languidece día tras día. El consorte deberá relanzar un emblema de renombre internacional, pero lastrado por casi dos lustros de sobresaltos y con un panorama por delante nada halagüeño. La clave reside en si apuesta por una estrategia industrial a largo plazo o por un reajuste rápido orientado a maximizar el valor a corto plazo.
Fuentes conocedoras aseguran que Pronovias es inviable con su actual estructura sobredimensionada. Quien tome el control tras la quiebra, habrá de empuñar la podadera sin miramientos, comenzando por la red de tiendas y el multitudinario censo de colaboradores. Los documentos internos revelan que sobran cerca de la mitad.
En este contexto alarmante, Pronovias se juega algo más que un relevo en su capital: está en riesgo su existencia. El pretendiente ya ha pedido la mano y aguarda en el altar, pero queda por ver si el enlace traerá estabilidad duradera o si, por el contrario, será un matrimonio de conveniencia abocado a otro divorcio tempestuoso.