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Al fondo: manifestante independentista en la manifestación de la Diada en Barcelona

Al fondo: manifestante independentista en la manifestación de la Diada en Barcelona SIMÓN SÁNCHEZ

Zona Franca

La tregua catalana ya tiene fecha

La Diada del viernes evidenció que el independentismo no ha desaparecido tras los indultos y la amnistía a sus líderes. Prepara una nueva generación de agitadores desde el aparato cultural que aún conserva

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El independentismo cierra la Diada con 45.000 personas, 21 detenidos y un calendario: gran movilización en otoño de 2027, décimo aniversario del 1-O. Indultar primero y amnistiar después no ha comprado lealtad. Ha comprado tiempo, y tampoco mucho.

A las 21:20 del viernes, en la esquina del barcelonés paseo de Sant Joan con Ausiàs March, unas 200 personas empezaron a volcar terrazas y a prender contenedores. La noche acabó con 18 detenidos y nueve mossos heridos, casi todo en Arc de Triomf. Con los tres del jueves en el Fossar de les Moreres son 21 en dos días, diez de ellos menores.

Diez menores. Chavales que en octubre de 2017 tenían cinco, seis o siete años y no votaron en ningún referéndum. Se dirá que doscientos críos volcando terrazas una noche de fiesta son un asunto de orden público y no de política. Puede ser, pero fueron a hacerlo debajo de una estelada y con un lema aprendido de memoria. Alguien les ha contado la historia, y se la ha transmitido bien.

Las cifras del día, antes que las de la noche. 45.000 personas según la Guardia Urbana, 17.000 más que en el mínimo de 2025 y 15.000 menos que en 2024. Lejísimos del 1,8 millones de 2014.

Pero el dato del viernes no fue la asistencia sino la agenda. Josep Vila, presidente de la ANC, anunció una cumbre del independentismo civil en menos de un mes y una “gran movilización en otoño de 2027” que coincidirá con el décimo aniversario del 1-O, “el primer gran paso de un nuevo embate fuerte y decidido para ganar”. Fijó plazo, del 11S de 2026 al 11S de 2027, como quien renueva un abono.

Xavier Antich, desde Òmnium Cultural, remató con la frase más aplaudida de la tarde: “Ho tornarem a fer, i aquesta vegada millor”. Mientras hablaban, unos encapuchados quemaron una bandera española en el escenario. Nadie paró el acto. Para eso era el acto.

Hasta aquí, la crónica.

En junio de 2021 el Gobierno indultó a los nueve condenados del procés y en junio de 2024 entró en vigor la ley de amnistía. El Constitucional resuelve el 22 de septiembre el recurso pendiente y el Supremo, según se supo esta semana, amnistiará a Puigdemont a finales de octubre. La lógica se explicó sin tapujos: indultar primero y amnistiar después para desinflamar y devolver a los independentistas a las instituciones.

La Diada de 2026 es la primera comprobación empírica de esa apuesta con el ciclo penal prácticamente cerrado. El resultado es una cumbre para preparar un embate, un lema de “ni oblit ni perdó” y contenedores ardiendo en Arc de Triomf. Si esto es la pacificación, que alguien recuerde cómo era la guerra.

Y aquí está el nudo del asunto. El independentismo no se desactivó después de 2017. Hibernó. Perdió la calle y el Govern y buena parte de su crédito táctico, pero conservó intacto el aparato que fabrica el relato. TV3 y Catalunya Ràdio, la red de entidades subvencionadas, una escuela en la que el catalán como lengua única ha sobrevivido a todas las sentencias del 25%, un marco cultural en el que Catalunya e independència siguen apareciendo juntas sin que nadie parpadee.

En la práctica, un movimiento que conserva la infraestructura puede permitirse no conservar la movilización. Eso es la reserva. Diez años son exactamente lo que tarda una generación en llegar a la edad de tirar botellas.

Kant lo dejó escrito en 1795, en el primer artículo preliminar de La paz perpetua: ningún tratado de paz vale como tal si se firma con la reserva mental de una guerra futura. Eso es un armisticio, un aplazamiento de hostilidades. Aplíquese al caso.

La reserva la puso el amnistiado. “Ho tornarem a ferse dijo desde el primer día y se repitió el viernes desde el escenario, ahora con mejora incluida. Quien firma sabiendo que el otro se guarda la guerra tampoco firma la paz, y el Gobierno indultó y amnistió sin pedir ni arrepentimiento ni renuncia. Prefirió no oír, que en Moncloa pasa por una forma de escuchar. Con la doctrina kantiana en la mano, lo que se firmó en 2021 y en 2024 fue una tregua.

Nada de esto exime de reconocer lo que la estrategia sí ha conseguido. No hay presos ni Tsunami Democràtic. ERC sostiene al Govern de Illa y le vota presupuestos, Junts negocia en Madrid como cualquier partido. La violencia del viernes la protagonizaron doscientas personas y no doscientas mil, y el propio movimiento está partido por la irrupción de Aliança Catalana, que marchó con un centenar de personas a cincuenta metros del resto. Distancia sanitaria.

Se puede sostener que los 45.000 son un rebote desde el suelo más que una remontada. Se podría. También que la amnistía se pactó con los partidos y no con la ANC, y que los partidos cumplen. Lo que esa lectura tiene que explicar es qué harán ERC y Junts con la cumbre de octubre. Si la desautorizan se quedan sin calle y si acuden firman el calendario. De momento, ni una cosa ni la otra. La pacificación se mide por lo que hace el pacificado, y mientras tanto calla y deja que otros le pongan fecha.

Hay una segunda ceguera, más cómoda, y es la que domina el debate catalán este otoño. Del PSC a la CUP, con la prensa entera detrás, todo el mundo ha descubierto la extrema derecha en Sílvia Orriols y le ha organizado el cordón sanitario. En la parte institucional de la Diada, el presidente Illa habló de “un motivo de celebración compartida” y de unidad frente al discurso discriminatorio. Josep Rull, presidente del Parlament, de una nación que no pregunta de dónde vienes. Bien.

Solo que el postulado identitario de Aliança, la Cataluña catalana, la lengua como frontera, la nación como sujeto anterior a la ley, no lo inventó Orriols. Esa milonga lleva treinta años en el ideario de Convergència y de ERC y en el aparato cultural que ambos levantaron con dinero público.

Orriols le añade la inmigración, y eso no es un matiz, es lo que la hace distinta y lo que la hace crecer. Pero el suelo donde lo planta, la hispanofobia, la idea de que hay catalanes más catalanes que otros, lo abonaron durante décadas los mismos que hoy le ponen el cordón.

Tratar a Aliança, e incluso a Vox, como un cuerpo extraño y al independentismo clásico como parte del mobiliario democrático es una comodidad analítica que evita mirar de dónde sale el voto de Ripoll. Es más fácil señalar al vecino nuevo que preguntarse quién le alquiló el piso.

El móvil político es fácil de rastrear. A Illa le conviene un independentismo domesticado que le apruebe cuentas y una extrema derecha visible contra la que ejercer de dique. A ERC y a Junts les interesa que la alarma se concentre en Orriols y no en su propio balance de una década. A la ANC le basta con un aniversario.

Todos ganan algo con no leer lo sucedido el viernes, y paga el ciudadano al que se le prometió que las cesiones de 2021 y 2024 compraban tranquilidad y que ahora tiene apuntado en la agenda el otoño de 2027.

En la esquina de Sant Joan con Ausiàs March, el sábado por la mañana, ya había contenedores nuevos. El ayuntamiento los repone en horas. Lo que nadie ha repuesto en diez años es la pregunta de qué se compró con la amnistía. Vila y Antich la contestaron desde el escenario sin que nadie se la hiciera.

Al menos ellos no engañan a nadie.