Alejandro Tercero y una imagen del ICAB
Una de las principales victorias del nacionalismo catalán es conseguir que los demás los vean como víctimas. Y eso ocurre, de forma significativa, en relación a la lengua catalana.
Mucha gente, especialmente del resto de España, se ha creído que el catalán está maltratado, e incluso considera una falta de respeto utilizar el español en Cataluña.
Se trata de la misma gente que suele despreciar los argumentos de los catalanes castellanohablantes que denuncian la discriminación –esta, sí, de verdad– que sufren por parte de las administraciones públicas.
Esta semana, durante un acto en el Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona (ICAB), se ha vivido una situación que demuestra esa deriva, pero también se ha producido una reacción esperanzadora.
Durante el evento, intervinieron seis personas: una presentadora y cinco ponentes. Las cinco primeras personas lo hicieron en catalán (cuatro de ellas eran catalanas y la otra, valenciana) y la última (sevillana residente en Madrid), en español.
Pero, al tomar la palabra, esta comenzó su alocución disculpándose: “Me vais a perdonar, pero yo voy a seguir en castellano”.
Inmediatamente, una de los asistentes sentada entre el público gritó: “¡El castellano es igual que el catalán, los dos idiomas son oficiales, no hay que pedir disculpas por utilizar el castellano!”.
Hubo unos segundos de silencio en la solemne sala de actos del ICAB y la conferenciante, tras recuperar la compostura, continuó con la exposición.
Conozco a la oradora y sé que lo hizo con toda su buena intención. De hecho, la presentación versaba sobre una cuestión económica alejada del conflicto lingüístico en Cataluña.
Sin embargo, su actitud demuestra el complejo de buena parte de la sociedad respecto al imaginario impuesto por el nacionalismo catalán, y supone una derrota para la convivencia y la libertad.
Por suerte, actitudes como la de la señora del público que saltó ante el cándido despropósito de la ponente generan una confortable sensación de optimismo.