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Xavier Salvador y una imagen de la fachada de la Generalitat de Cataluña

Xavier Salvador y una imagen de la fachada de la Generalitat de Cataluña AndriySadivskyy (CC-BY-SA-3.0-ES) / FOTOMONTAJE CG

Zona Franca

Una Cataluña que no arranca

"Gobernar no es solo pacificar. Es, de manera principal, decidir y ejecutar"

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No pinta bien el cuadro catalán. Pronto se cumplirán dos años desde que Salvador Illa y el PSC accedieron al poder de la Generalitat. Lo hicieron con un resultado parlamentario precario y, en consecuencia, con un poder limitado. Aun así, ese poder parecía suficiente para abrir una expectativa: la de una cierta pacificación institucional del siempre espinoso y cansino asunto catalán.

La pregunta hoy es si esa expectativa se ha traducido en algo más que en una pausa.

Los hechos, más que las opiniones, permiten trazar una primera respuesta. Es cierto que ha bajado el volumen de la inflamación identitaria. Barcelona ha vuelto a mirar a Madrid sin gesticulación, la Generalitat ha normalizado su relación con la monarquía y el independentismo administra, con más o menos resignación, su propia frustración. Illa ha hecho de la cordialidad su principal herramienta política: mano tendida, sonrisa constante y vocación de reconstruir vínculos con la sociedad civil.

Pero gobernar no es solo pacificar. Es, de manera principal, decidir y ejecutar.

Y ahí empiezan los problemas. El intento de desbloquear el aeropuerto apuntaba a una decisión estratégica relevante, pero la gestión del día a día —con el deterioro del servicio ferroviario como símbolo más visible— ha devuelto a muchos ciudadanos a una sensación conocida: la de un Govern que administra más que transforma. Demasiado aparato, demasiada lógica burocrática y escasa capacidad de autocrítica.

Cabe entonces formular la pregunta clave: ¿ha mejorado el Estado del bienestar en estos casi dos años? La percepción de amplios sectores —sanitarios, docentes, usuarios del transporte— apunta más bien en sentido contrario. No es solo una cuestión de expectativas frustradas, sino de experiencia cotidiana: retrasos, colapsos, desgaste de servicios esenciales.

En paralelo, lo que sí se ha ido consolidando es una realidad política que durante meses se quiso presentar como coyuntural: la existencia de un tripartito de facto. Socialistas, republicanos y comunes han pasado de compartir una investidura a sostener, con mayor o menor discreción, una lógica de gobierno. Y eso, por supuesto, tiene consecuencias evidentes.

La más inmediata es la dependencia estructural de ERC. Los presupuestos lo han dejado claro: sin Oriol Junqueras no hay gobernabilidad económica posible. Illa gobierna, pero condicionado; ocupa el poder, pero no lo ejerce plenamente. Es la paradoja de este ciclo: gobernar sin gobernar.

A partir de ahí entran en liza los intangibles. ¿Lidera Illa y su Govern de peluches esta nueva etapa o se limita a gestionarla?

Su necesidad de pactos le ha llevado a asumir costes políticos relevantes —indultos, amnistía, concesiones en financiación, cesiones en el terreno simbólico— sin que el rédito vaya más allá de la mera continuidad en el cargo.

Ese desgaste empieza a percibirse. Parte de la ciudadanía que celebró el fin de la épica secesionista empieza a preguntarse si la alternativa no ha derivado en una forma distinta de inmovilismo. Las dudas no nacen de grandes debates ideológicos, sino de la acumulación de pequeños fracasos cotidianos: un tren que no llega, una carretera saturada, una lista de espera que no se reduce, una guardería con goteras...

La principal ventaja del actual Govern es, paradójicamente, la debilidad de sus alternativas. Junts sigue en fase de descomposición, ERC arrastra sus propias fracturas internas, y el PP no ha logrado proyectarse como una opción de gobierno creíble en Cataluña. Ese vacío sostiene a Illa tanto como sus propios aciertos.

Sin embargo, el clima político está cambiando. Las encuestas empiezan a reflejar un retroceso de los partidos tradicionales y un avance de opciones más disruptivas, desde Vox hasta Aliança Catalana. No es un fenómeno exclusivamente catalán, pero aquí encuentra un terreno fértil: el de la desafección silenciosa.

Ese es, hoy, el verdadero cuadro. La Cataluña que parecía encaminarse hacia la normalidad empieza a deslizarse hacia algo más inquietante: la resignación. Y cuando una sociedad pasa de la tensión al cansancio, el riesgo no es el conflicto, sino la apatía.

Porque una Cataluña que no avanza tampoco se queda quieta. Simplemente, se deteriora. Y, esta vez, sin ruido.