Xavier Salvador, con Joan Laporta de fondo
Laporta, el primer pirata de Cataluña
"No es difícil escuchar que es un híbrido entre caradura, provocador, golfo o desvergonzado. Y, sin embargo, siempre aparece alguien con el carnet de socio entre los dientes dispuesto a recordarte la lógica sentimental del barcelonismo: pot ser que sigui un lladregot, un fill de puta; però és el nostre fill de puta"
Joan Laporta ya es, de nuevo, presidente del Barça. Su tercera victoria confirma algo que en Cataluña suele olvidarse cuando se habla de política, instituciones o economía: el mayor poder del país no siempre está en la Plaça de Sant Jaume ni en las torres negras de la Diagonal, sino en el Spotify Camp Nou.
El Barça es un poder emocional, transversal y profundamente arraigado. Mucho más que cualquier partido político. Ser culé resulta, en ocasiones, una identidad más consistente que ser independentista o constitucionalista. Es un credo que atraviesa generaciones, ideologías y clases sociales, y que tiene en el fútbol su liturgia y en el estadio su catedral.
Laporta lo entendió antes que nadie. Sabe de fútbol —faltaría más después de tantos años en el club—, pero lo que domina de verdad es la emoción colectiva del barcelonismo. Es un extraordinario director de orquesta de los sentimientos que el club ha acumulado a lo largo de su historia.
El personaje es, como mínimo, peculiar. A ratos trilero —palabra que él mismo usa con cierta pasión— y a ratos figura salida de una obra de Santiago Rusiñol. Nadie sabe muy bien cómo se gana la vida y él tampoco pierde demasiado tiempo en explicarlo. Su talento ha sido siempre otro: interpretar el estado de ánimo del barcelonismo y convertirlo en energía política dentro del club.
No es difícil escuchar sobre Laporta que es un híbrido entre caradura, provocador, golfo o desvergonzado. Y, sin embargo, siempre aparece alguien con el carnet de socio entre los dientes dispuesto a recordarte la lógica sentimental del barcelonismo: pot ser que sigui un lladregot, un fill de puta; però és el nostre fill de puta. Una pancarta frente al Bernabéu, una frase provocadora o una bajada de pantalones en un control de seguridad de aeropuerto forman ya parte del imaginario laportiano tanto como Kubala, Cruyff o Messi.
Por eso gana. Porque encarna una manera de entender el Barça que conecta con la parte más emocional del club. También porque el hábito ha ido puliendo al personaje: menos gañán que en sus inicios y algo más consciente del poder que representa.
Laporta funciona, además, como un particular flautista de Hamelín de la comunidad blaugrana. El barcelonismo tiene mucho de gregario, de adhesión colectiva difícil de explicar con parámetros estrictamente racionales. Y cuando la pelota entra, todo lo demás pierde importancia.
Víctor Font se presentó como la antítesis personal e ideológica de Laporta. La versión perfecta del gestor moderno: preparado, impecable, profesionalmente exitoso y con ese punto de superioridad moral que con frecuencia acompaña al nacionalismo catalán cuando se mira en el espejo de sí mismo.
Pero el relato tenía grietas. Este medio demostró que Font también era humano, que tenía historia —y no toda intachable—, y que pese a los esfuerzos por impedir la publicación de nuestras informaciones decidimos contarla.
Salvador Illa intentó moverse por debajo de la mesa. Hubo intentos de promover una alternativa a Laporta desde entornos próximos al poder político. Tras recibir algunas negativas, el presidente de la Generalitat optó por la prudencia institucional y mantuvo a su Govern y a sus peluches a prudente distancia de la campaña.
Probablemente entendió algo elemental: hay batallas que es mejor no librar. Sobre todo cuando el adversario no es un partido ni un gobierno, sino una identidad colectiva.
Porque el Barça no es sólo un club de fútbol. Es un poder capilar que atraviesa la sociedad catalana y que genera influencia, opinión y pertenencia. Vázquez Montalbán lo dejó escrito en 1987 con el título: Barça, el ejército de un país desarmado. Y Laporta, hoy por hoy, es el mejor escultor, el gran comandante sentimental de ese ejército.
La pelota sigue entrando. Laporta continúa. Víctor Font continúa como aspirante eterno —cuánto recuerda este chico a Artur Mas— y ya llegará el día en que el presidente azulgrana tenga que rendir cuentas de verdad (sobre la verdad será imposible) o acabe convertido en estatua adorable frente al estadio.
Hasta entonces, el pirata seguirá al mando del barco.
Al fin y al cabo, es nuestro pirata.