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El enorme atractivo de las mamandurrias

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Zona Franca

El enorme atractivo de las mamandurrias

"La política celtibérica sigue mostrando una constante bien conocida por todos: su tendencia irrefrenable a convertir las instituciones públicas en un dorado refugio para afines y vividores"

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Los partidos separatistas llevan lustros proclamando que España expolia a Cataluña y exigen a voz en grito la independencia de su terruño. Pero lo cierto es que hoy andan enfrascados sobre todo en enchufar a sus acólitos en las poltronas de las grandes empresas estatales, retribuidas de forma munífica.

Entre el “España nos roba” y el muy provechoso “a vivir que son cuatro días”, media todo un giro copernicano.

Uno de los últimos casos más llamativos lo protagoniza Vicente Pedret Clemente, un personaje del círculo íntimo de Oriol Junqueras. Va a encaramarse en breve nada menos que al consejo del coloso madrileño Enagás, gestor de los gasoductos peninsulares, que cotiza en el Ibex 35.

La junta de accionistas, prevista para finales de marzo, lo nombrará vocal por un período estatutario de cuatro años.

Pedret ya cuenta entre sus actuales ocupaciones con la presidencia de la sociedad familiar Ramon Clemente, de El Masnou, productora de envases de vidrio para el sector perfumero. Asimismo, encabeza el patronato del Instituto Químico de Sarrià y pertenece al de la Montaña de Montserrat.

Como puede adivinarse, sus conocimientos y su experiencia sobre las redes de transporte de gas son perfectamente descriptibles. Pero tal detalle carece de importancia cuando se trata de exprimir las corporaciones oficiales.

En el máximo órgano de gobierno de Enagás anida desde hace tiempo una nutrida colección de expolíticos que, cuando se encumbraron, tampoco tenían la menor idea acerca de la industria de los hidrocarburos.

La designación de Pedret constituye otra muestra elocuente de amiguismo. Con él ya son una decena los secesionistas que se amamantan de las ubres del mismo Estado que denigran hasta el paroxismo. A la luz de tales episodios, queda bastante claro que para esta pandilla vernácula, la caridad bien entendida empieza por ellos mismos.

Por lo demás, el sanedrín de Enagás se asemeja a los sindicatos verticales del franquismo. En él sestean a pierna suelta varios veteranos exministros o paniaguados del PSOE y del PP.

Figuran, por ejemplo, el millonario lobista Pepiño Blanco, José Montilla y María Teresa Costa, socialistas, y Ana Palacio, pepera. Perciben una retribución de 160.000 euros anuales per cápita. Palacio bate el récord con 190.000.

El año pasado, por estas mismas fechas, se sumó al elenco Elena Massot, pubilla de la inmobiliaria barcelonesa Vertix. Forma parte del cupo asignado a Junts. Es hija de Felipe Massot, uno de los más conspicuos testaferros de Artur Mas.

El trabajo nada extenuante de los señores consejeros reseñados estriba en asistir a trece reuniones al año. En ellas asienten con mansedumbre lanar a las explicaciones del mandamás, aplauden con manos y orejas, y a continuación pasan el cazo para cobrar el momio pertinente. Así, hasta la siguiente sesión.

Lo más chocante es que el Gobierno solo posee un ínfimo 5% del capital de Enagás. Pero mangonea el gigante como si fuera su cortijo particular y hace y deshace a su antojo. Si de esta guisa funcionan las grandes compañías semipúblicas, es fácil colegir lo que ocurre en las públicas al ciento por ciento.

La lista de capitostes soberanistas que se ha apalancado en las cúpulas de las firmas y organismos nacionales, empieza a ser extensa. Entre Junts y ERC han conseguido meter con calzador a Ramon Tremosa en la aeroportuaria Aena; a Jordi Pons, en el Banco de España; a Pere Soler y Josep Maria Salas, en la Comisión de los Mercados y la Competencia; a Miquel Calçada y Sergi Sol, en RTVE; a Eduard Gràcia, en Renfe; a Albert Castellanos, en Redeia-Red Eléctrica; y a Daniel Domenjo, en Movistar.

En definitiva, los gerifaltes de la ceba han descubierto las virtudes crematísticas del BOE. La contradicción es apabullante. Los discursos de ruptura conviven hoy con una notable avidez a la hora de aprovecharse de las estructuras que antes eran objeto de vituperio.

Quizá la explicación sea más prosaica de lo que parece. Tras la retórica y las proclamas grandilocuentes, la política celtibérica sigue mostrando una constante bien conocida por todos. A saber, su tendencia irrefrenable a convertir las instituciones en un dorado refugio para afines y vividores de toda laya.