Xavier Salvador opina sobre la delicada aritmética parlamentaria del PSC
¿Y si Illa pone las urnas?
"Si los presupuestos no salen adelante en términos razonablemente alineados con su proyecto, el presidente tiene ante sí varias opciones. La más audaz sería disolver y convocar"
El regreso de Salvador Illa al Palau de la Generalitat este lunes, tras la desafortunada afección que le ha mantenido semanas apartado del foco, es una noticia políticamente relevante.
Lluvias, vientos, trenes, carreteras cortadas, médicos, enseñantes… la tormenta perfecta para un Govern aún en fase de ajuste en varios frentes. En tiempos de escasez de liderazgo, su recuperación institucional es, sin duda, positiva.
Vuelve, además, en un momento exigente: negociación presupuestaria en Barcelona y debate sobre financiación autonómica en Madrid. Dos escenarios que pondrán a prueba no solo su capacidad de resistencia, sino su margen real de maniobra.
La precariedad parlamentaria del PSC permite que sus apoyos externos —ERC y Comunes— tensen la cuerda. Un Govern en minoría es terreno fértil para la obtención de victorias parciales. Ese equilibrio, inevitable en la aritmética actual, a veces desplaza al PSC del centroizquierda pragmático que le dio la victoria hacia posiciones más condicionadas por sus socios.
El grado de energía con el que Illa retome los mandos será decisivo. Puede optar por administrar la fragilidad o por redefinirla. Está cerca del ecuador del mandato y su impronta empieza a necesitar menos mediación y quizá más visibilidad propia.
En su entorno interno se escuchan dudas discretas sobre la gestión de determinadas cuestiones desde la plaza de Sant Jaume. Nada anómalo tras meses complejos, pero sí indicativo de que la fase de aterrizaje no puede prolongarse indefinidamente.
Si los presupuestos no salen adelante en términos razonablemente alineados con su proyecto, el presidente tiene ante sí varias opciones. La más audaz sería un golpe en la mesa: disolver y convocar.
La jugada sería arriesgada. No hay garantía alguna de mayoría suficiente ni de liberarse del actual equilibrio de dependencias. Un adelanto mal calibrado podría interpretarse como vacilación más que como firmeza, especialmente cuando la estabilidad institucional ha sido uno de los ejes de su presidencia.
Pero también es cierto que la política no se mueve únicamente por inercias. Si las encuestas consolidan la primacía socialista, si el bloqueo presupuestario se revela estructural y no táctico, si la erosión futura amenaza con ser mayor que el riesgo inmediato y si la única vía para gobernar pasa por cesiones que desdibujan el proyecto, entonces la convocatoria dejaría de ser temeraria para convertirse en racional.
En ese escenario, Junts podría ver acentuada su fragmentación parlamentaria —aunque no conviene subestimar su capacidad de reagruparse cuando se siente amenazado— y el independentismo afrontar una mayor atomización si se confirman las tendencias demoscópicas sobre Aliança Catalana. Los Comunes tendrían dificultades para igualar resultado y ERC debería decidir si compite por centralidad o por resistencia. El PSC pasaría de depender a confrontar.
En clave española, una victoria socialista en Cataluña rompería la dinámica de retrocesos autonómicos del PSOE y ofrecería un balón de oxígeno acaso simbólico a Pedro Sánchez. Aunque conviene no sobredimensionar el efecto arrastre: Cataluña tiene lógicas propias y el votante distingue escenarios.
Ahora bien, quizá el verdadero as en la manga no sea convocar, sino que todos sepan que podría hacerlo. En política, la amenaza creíble a veces es más eficaz que su ejecución. Si ERC y Comunes perciben riesgo real, sus pretensiones pueden modularse. Si Junts intuye irrelevancia, su oposición puede perder colmillo.
El corredor de medio fondo que es Illa no debe confundir institucionalidad con previsibilidad absoluta. La sorpresa también es herramienta política. El tirón final no siempre se da; a veces basta con que el pelotón intuya que puede producirse.
Convocar elecciones sería una decisión de alto voltaje, sobre todo después del fango del procés durante la última década. No hacerlo, también. La diferencia radica en el cálculo: si la partida actual erosiona más de lo que consolida, el órdago puede ser defensivo; si no, sería un salto al vacío. Como explicó Thomas Schelling, Nobel de Economía y teórico de la estrategia, el poder en una negociación depende de que la amenaza sea creíble, no necesariamente de que llegue a cumplirse.
Antes de que la compleja legislatura derive en desgaste crónico y alguien le devuelva, como un boomerang, el clásico “President, posi les urnes…”, Illa deberá decidir si su fortaleza está en resistir el desgaste o en asumir el riesgo.