Karl Jacobi, de espaldas, tras negarse a mostrar su rostro ante las cámaras Barcelona
Una comida con Karl Jacobi, el alemán ‘antiindepe’ que ideó la isla artificial de Barcelona
Crónica Global encuentra al polémico empresario, desaparecido tras su intento de ser alcalde en las municipales de 2019
El polifacético icono del constitucionalismo no quiere enseñar su nuevo 'look' para evitar que le reconozcan
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El empresario alemán Karl Jacobi (Colonia, 1949) está convencido de que podría haber pasado a la historia por sus habilidades musicales si su voz no se pareciera tanto a la del británico Joe Cocker, a quien ha interpretado en garitos ochenteros de toda Europa junto a su banda de rock and roll Group 66, de la que sigue siendo bajista.
Pero posiblemente lo hará por sumarse a la batalla contra el independentismo durante el procés –lo que puso en el mapa mediático a su hostil acento teutón y a su reconocible calva– y especialmente por idear un plan para ampliar Barcelona con bloques de vivienda en medio del mar como respuesta a la crisis habitacional.
Con esta propuesta se presentó a las elecciones municipales de 2019, y recuerda con orgullo que se quedó "a 7.000 votos de Vox", aunque no logró entrar en el consistorio. Su proyecto, que pretendía que estos pisos formaran la palabra Barcelona "para que se pudiera leer desde el aire", quedó entonces en un cajón. Y poco después se retiró y nada de él se supo. Hasta hace unos pocos días.
A sus 77 años disfruta de una casa con piscina en Alella junto a su mujer, catalana –a quien conoció en los ochenta cuando llegó. Ha dejado crecer su barba canosa hasta donde ha podido y pretende con ella pasar desapercibido. Cuesta mucho ponerse en contacto con él, pero finalmente accede a comer con Crónica Global y acude a la cita con puntualidad europea, aunque rechaza que el equipo audiovisual de este medio le fotografíe. "Al menos, de cara".
Agua con gas
Jacobi estrecha la mano como en los viejos tiempos. Ha aparcado cerca del restaurante El Boliche, entre las calles Consell de Cent y Pau Claris, y enseguida pide un agua con gas. Es miércoles. Viste unos pantalones de traje oversize, una americana azul más ajustada y una camisa negra con botones beige.
"Querrán preguntarme por el par de verdades que le dije a Roger Torrent, imagino", dice. Inspecciona el menú ejecutivo de la carta mientras busca quitarse de encima cuanto antes, con el hielo todavía por romper, el famoso incidente en el Círculo Ecuestre que le condujo al estrellato. Del que dice no arrepentirse, “ni mucho menos”.
En pleno apogeo del procés, el empresario se levantó de su silla en un ágape con el entonces presidente del Parlament y llamó "criminales" a los líderes independentistas presentes en el foro económico, al que acudió junto a otros empresarios alemanes. "¡Voto yo que todos ustedes van a la prisión!", le espetó a Torrent. Y el público, atónito, estalló en aplausos.
Folleto electoral y propagandístico de Karl Jacobi para las municipales de 2018 Barcelona
"Yo era una persona normal, hasta que vinieron los independentistas y zas, zas, zas", dice, mientras zarandea un cuchillo y simula que se lo pasa de un extremo al otro del cuello.
El día después de la viral intervención en el Ecuestre su correo electrónico quedó inundado con más de 16.000 mails y tuvo que dar de baja la línea del móvil por el alud de llamadas, explica.
Y, mientras le sirven la ensalada crunchy que toma como primero, detalla que le llegaron peticiones de entrevistas de todos los medios, colaboraciones empresariales por doquier e incluso propuestas de diferentes partidos políticos, como PP o Vox.
Ensalada 'crunchy'
Pero Karl siempre quiso ser un "verso libre". Decidió montar su propia candidatura, Fuerza Ciudadana-Jacobi Alcalde, cuya lista electoral cerró el aristócrata Álvaro de Marichalar. Y entre las propuestas, además de la isla de Barcelona, figuraban ideas como trasladar ministerios a la ciudad condal o un agresivo plan antiokupa.
Su sueño, en cualquier caso, era emular el archipiélago Palm Jumeirah de Dubái, un complejo residencial de lujo construido artificialmente y repleto de apartamentos, hoteles y restaurantes. "El decano del Colegio de Arquitectos de Barcelona me dijo que estaba loco", explica indignado, absolutamente convencido de que el tiempo le ha dado la razón.
¿Cómo pensaba llevar a cabo este proyecto? Jacobi no se corta: su plan pasaba por contratar a miles de indios y pakistaníes, con estándares salariales mucho más bajos que los españoles, para "trabajar como hormigas en una colmena". ¿Y la legislación laboral? "Si hay voluntad, se puede hacer de todo", responde, igual de firme.
Propuesta de las islas de Barcelona de Karl Jacobi
—Señor Jacobi, ¿usted cree en Dios?—.
Su plato es el único que sigue lleno de comida.
—Por supuesto—asegura, e inesperadamente se le llenan los ojos de lágrimas. Recuerda cuando falleció su hermano, una noche, hace 40 años. Una serie de extrañas circunstancias, que relata con la voz entrecortada, le hicieron anticipar un trágico evento que marcó su vida para siempre. Y desde entonces, el cristianismo ha sido un "faro" para él.
El alemán no es tan amigo, en cambio, del islam. Considera "normal" el rechazo a esta religión por sus posiciones "extremas", que "se están expandiendo por Europa como una mancha de aceite".
"¿Ustedes han leído el Corán?", pregunta. Su erre sigue siendo sajona. "Es normal que la gente tenga mucho miedo", responde ante el silencio.
Jacobi, en cambio, sí se considera feminista. "El 90% de mis empleados siempre fueron mujeres. Aportan siempre una visión diferente de los problemas y los hombres nos hemos esforzado muchos años en ningunearlas", apunta.
Pide permiso para engullir la ensalada porque no ha parado de hablar. Y ya vienen los segundos.
Magret de pato
"Para los europeos, el catalán suena muy mal", dice; por eso no se ha esforzado en aprenderlo en las más de cuatro décadas que lleva en este rincón del Mediterráneo. "Es como el holandés, del que los alemanes decimos que no es un idioma, sino una enfermedad", sentencia, ahora entre escandalosas carcajadas, inevitablemente contagiosas.
Entonces se arranca y, al hilo de su animadversión por el catalanismo, cuenta que, una vez, en una comida en la que coincidió con Jordi Pujol, le dijo sin miramientos que era un "criminal". Se levantaron cuatro guardaespaldas a la vez, explica, sin dejar de reir, pero el expresident "los calmó" y pidió que le dejaran explicarse.
"Pujol era un criminal, pero un criminal muy inteligente", puntualiza, "creo que leyó muy bien un libro que en mi país conocemos muy bien: se llama Mein Kampf y lo escribió un tal Adolf Hitler”, exclama.
Karl Jacobi durante su candidatura a alcalde en 2018
Durante los años que gobernó Convergència i Unió, en cualquier caso, Jacobi se centró en hacer dinero como publicista, siendo uno de los más brillantes que han pasado por la ciudad. Dejó su Colonia natal cuando era gerente de "la mayor empresa de publicidad de Alemania" buscando huir del frío, el invierno y la grisácea Europa central. Y en poco tiempo, aquel mismo 1984, fundó en el Maresme la agencia Jacobi & Partners Estrategias Creativas.
Cinco años después ya había creado el conglomerado ComVort, una firma de publicidad y marketing que se convirtió en un pequeño imperio del branding, cuenta ahora.
El magret de pato sigue intacto, pero el renacentista Jacobi no quiere retratos parciales: "He cultivado muchos gustos a lo largo de mi vida". La psicología, la mecánica o la carpintería son algunos ejemplos. También el automovilismo, su última pasión prohibida. "Adoro ir en coche, lo cojo hasta para ir a por el pan", apunta.
Una de sus facetas más desconocidas es la de piloto de carreras. Cuenta que llegó a ganar tres veces el campeonato de España de coches clásicos, al volante de su Lotus Elan del 65. "Calculé cada detalle a la perfección, y el coche respondió. Me hicieron pruebas antidrogas para comprobar que no me dopaba. Pero era mi Lotus, que volaba…", recuerda.
De su pasión por los automóviles llegó otra de sus sonadas propuestas políticas. Jacobi quería –y quiere– que todos los ciudadanos de Cataluña tengan derecho a circular por el Circuit de Montmeló. "No puede ser que paguemos todos por algo que no usamos", ironiza.
Y no es para menos: el castigado circuito acumula pérdidas económicas desde hace más de una década.
Crêpe de banana y chocolate
"La política es un veneno", vuelve Jacobi, mientras apura su Vichy catalán y limpia cuidadosamente los restos de la salsa del magret que han topado con su magnánima barba. La carta de postres interrumpe esta penúltima reflexión y Karl no duda: "Yo un crêpe", y entonces sigue.
Insiste en que tras las municipales de 2019 quiso apartarse de todo, se alejó de los focos y se dedicó a la vida contemplativa, a su mujer, sus hijas, a Dios y a la música. "En mi país decimos que es mejor un final con susto que un susto sin final", resume.
Al salir del restaurante, en la calle Consell de Cent, actualmente plagada de matojos, transeúntes y riders, asegura que las superillas son una chapuza que "destrozaron el legado" de Ildefons Cerdà. "Ada Colau es otra criminal... yo la llamo Alí Babá", dice, mientras se ajusta sus juveniles gafas de sol.
Karl, que nunca meditó volver a su Alemania natal tras la jubilación o durante el turbulento procés, confiesa entonces, mientras se despide, que quizás ha llegado el momento de regresar a Colonia, donde por estas fechas se celebra el Carnaval –"el segundo mejor del mundo después de Gío"–.
El motivo es mucho más grande que la política o los negocios: va a ser "Opa" (abuelo, en alemán) y quiere ser partícipe de esa aventura junto a su hija, que se marchó a vivir allí "por la falta de oportunidades que hay en España".
Tiene, sin duda, mucho que contarle a su futuro nieto.