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¿De qué reconciliación me hablan?
"No sé ustedes, pero yo, la dichosa reconciliación nacional no la veo por ninguna parte. Nacionalistas vascos y catalanes siguen dando la tabarra (en la medida de sus posibilidades) y el Gobierno español, además, les ríe las gracias o mira hacia otro lado"
La final del campeonato mundial de fútbol entre las selecciones nacionales de Argentina y España ha servido -además de para darse cuenta de que los jugadores argentinos son unos marrulleros que se abren paso por el campo a puñetazos y patadas, o fingiendo caídas dolorosísimas de las que se recuperan cuando ven que el árbitro no les hace ni caso- para comprobar el estado de esa presunta reconciliación nacional de la que siempre está hablando el Gobierno y que algunos no vemos por ninguna parte.
Como ustedes ya sabrán, la famosa reconciliación es eso a lo que se recurre para disimular las trapisondas políticas del partido en el poder, que es lo que queda del PSOE y de la sufrida socialdemocracia española. ¿Qué cada vez hay más etarras en la calle, sin haber cumplido la mayor parte de su condena? ¡Reconciliación! ¿Qué se reparten indultos y amnistías entre los golpistas catalanes para que apoyen con sus siete escaños al inseguro gobierno de Pedro Sánchez? De nuevo, la sagrada reconciliación. ¿Qué se recaban los apoyos necesarios entre independentistas vascos y catalanes? No me sean mezquinos, por el amor de Dios, que todo es para acceder a la ansiada reconciliación entre españoles, aunque algunos ni se sientan españoles ni tengan la menor intención de reconciliarse con nosotros.
Es que ya no sé cómo hay que explicarlo, ¡pandilla de tarugos malévolos, que no veis la hora de abrirle las puertas al fascismo! ¡Fachas, que sois unos fachas!
Después del partido entre España y Argentina, unos cuantos kaleborrokos del País Vasco atacaron a un grupo de militares que trataba de verlo en un bar y los molieron a palos. Por provocar. O por ser una pandilla de fascistas, como insinuó el alcalde de Barakaldo.
Previamente, los políticos nacionalistas repitieron hasta la saciedad que ellos solo creen en la selección nacional de Euskadi (que no existe) y que, una vez más, lo que hicieran los maketos en el campo de juego se la soplaba lo más grande. Como de costumbre, los kaleborrokos agitando el árbol (o apaleando a alguien) y los señorones del PNV, siempre con el jersey a la espalda y atado por las mangas, recogiendo los frutos.
En Cataluña, donde la violencia antiespañola (y en general) no goza del prestigio social del que disfruta en Euskadi, la cosa se redujo a políticos y columnistas del antiguo régimen diciendo que ellos iban con Argentina o, a más tirar, con los jugadores del Barça incluidos en la selección y maulets costrosos vandalizando el mural de Ferran Torres dibujado por TVBoy y escribiendo encima Puta Espanya.
Es evidente que los nacionalistas radicales tuvieron que tragar mucha quina con la final futbolística. Primero, España triunfa. Y luego, la gente se apunta a animar a la selección echándose a la calle en Cataluña y Euskadi envueltos en la enseña nacional. ¿No quieres caldo, Koldo? ¡Dos tazas, brasas!
A todo esto, silencio sepulcral del Gobierno ante la salvajada de los kaleborrokos, no se les vaya a rebotar Arnaldo Otegi. O esa señora horrible que está en el parlamento hablando de democracia y que antes dirigía un diario desde el que se señalaba a los malos vascos para que luego ETA los eliminara.
Por la T de TVBoy no les sale nada. Es más, el delegado de Sánchez en Cataluña se pone a las órdenes del beato Junqueras para mover lo de las selecciones nacionales catalanas, temita que estaba un poco muerto y se ha rebifado con el triunfo de la española (“¡Yo también quiero una!”, claman los pueriles separatas en una versión futbolística del Culo veo, culo quiero).
No sé ustedes, pero yo, la dichosa reconciliación nacional no la veo por ninguna parte. Nacionalistas vascos y catalanes siguen dando la tabarra (en la medida de sus posibilidades) y el Gobierno español, además, les ríe las gracias o mira hacia otro lado. En fin, todo sea en aras de la reconciliación de marras, aunque no exista más que en la interesada mente del presidente del Gobierno y sus secuaces, esa pandilla de arribistas pelotilleros a los que el bien común que aseguran defender se la suda a conciencia.