Ramón de España con una foto de fondo de un migrante sorteando las rocas en la frontera de Ceuta Europa Press
De un país en llamas
"Todo parece indicar que tenemos el país hecho unos zorros y que ardemos a nivel metafórico y real, entre los brutales incendios, la patética reedición de las dos Españas y, como propina, la invasión acuática que se ha marcado nuestro querido país vecino para celebrar la Fiesta del Trono, que es cuando el rey de Marruecos se homenajea a sí mismo por lo bien que trata a sus súbditos, muchos de los cuales se dan el piro a Europa para ver si mejoran sus miserables existencias"
Tomo prestado el título de un disco de Radio Futura para este artículo porque no encuentro otro mejor.
Todo parece indicar que tenemos el país hecho unos zorros y que ardemos a nivel metafórico y real, entre los brutales incendios, la patética reedición de las dos Españas y, como propina, la invasión acuática que se ha marcado nuestro querido país vecino para celebrar la Fiesta del Trono, que es cuando el rey de Marruecos se homenajea a sí mismo por lo bien que trata a sus súbditos, muchos de los cuales se dan el piro a Europa para ver si mejoran sus miserables existencias.
A raíz de los recientes incendios, volvió a salir a escena el viejo asunto de los pactos de estado, posibles en países en los que la preocupación por los problemas de la nación interpela a todos los partidos políticos, pero aparentemente imposibles en España, donde cada partido piensa exclusivamente en sí mismo y, como se dice en ámbitos castrenses, el que venga atrás que arree: en España, ni el estado es una cuestión de estado (como se ha podido comprobar con los socios tan pintureros que el PSOE de Pedro Sánchez ha elegido para pararle los pies al fascismo).
Sánchez evoca el pacto de estado antiincendios, pero no ha convocado al primer partido de la oposición para comentar la coyuntura. El PP, por su parte, dificulta las cosas con su cerril negativa a reconocer el cambio climático, que rechazan con la excusa peregrina de que en España siempre ha hecho calor en verano y que somos todos unos flojos que nos quejamos por cualquier cosa.
Un pacto de estado sería también muy aconsejable para reevaluar nuestra relación con Marruecos, que parece no haber cambiado mucho desde los tiempos de la Marcha Verde. Ahora, en vez de poner a la gente a andar por el desierto, el rey los arroja al mar para que lleguen a nado a Ceuta a liarla parda.
Y la verdad es que la han liado a lo grande: Italia quiere sacarnos del espacio Schengen, Francia refuerza sus fronteras y Donald Trump viene a decirnos que nos está bien empleado, por comunistas.
Y lo peor es que algo de razón tienen todos. ¿Quién se va a fiar de un país que no controla sus propias fronteras (trátese de invasiones marroquíes o de visitas relámpago de Puigdemont), que son, al mismo tiempo, las de la comunidad europea?
Nuestro gobierno, mientras tanto, sigue manteniendo esa ficción de la amistad inquebrantable entre España y Marruecos y en vez de convocar al embajador de Mohamed VI, convoca al de Giorgia Meloni (no contento con eso, acude en masa a la embajada marroquí en Madrid para rendir pleitesía a ese sátrapa que pasa la mitad del año fuera de su país, en compañía de sus amiguitos especiales, los hermanos culturistas, y celebrar la Fiesta del Trono).
La crisis de Ceuta vuelve a sacar del archivo el tema de la regularización masiva del señor Sánchez, cuyos motivos siguen sin entenderse muy bien y cuya enormidad preocupa a Europa.
Como es imposible creer en la bondad y las buenas intenciones humanitarias de don Pedro, yo diría que lleva alguna de canto, pero no sé en qué consiste: la teoría del PP según la cual se trata de hacerse con el voto cautivo de los regularizados me parece un poco far fetched, que dicen los anglos.
Lo único que sé es que, por el bien de España, Sánchez nunca ha hecho nada. Y ahí lo dejo.
No puede ser que seamos incapaces de ponernos de acuerdo en nada. O que el espíritu guerracivilista del joyero Zapatero, reafirmado por Sánchez, se haya instalado en nuestro inconsciente colectivo, sin que el PP haya hecho nada más que sumarse a tan lamentable fenómeno.
Ardemos por fuera y por dentro y, mientras tanto, nos esmeramos por no llegar a ninguna parte, como no sea la guerra civil. Hablo por hablar, ya que no detecto ni la más mínima voluntad por parte de los políticos y una importante parte de la población de salir de la vieja dicotomía rojos y fachas.
Los incendios deberían estar por encima de eso. Y las invasiones de pobres desarrapados. ¿Pero cómo va a ser posible una reconciliación en aras del bien común cuando la manera que tuvo el PSOE de celebrar el Mundial de Fútbol fue decir, recurriendo al de 2010, en la era del joyero Zapatero, que España solo gana campeonatos cuando mandan los socialistas?