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Ramón de España y una foto de los 'exconsellers' de Salud de la Generalitat de Cataluña, Josep Maria Argimon (Junts) y Alba Vergès (ERC)

Ramón de España y una foto de los 'exconsellers' de Salud de la Generalitat de Cataluña, Josep Maria Argimon (Junts) y Alba Vergès (ERC)

Manicomio catalán

Secuelas de la pandemia

"Hace falta ser muy miserable para jugar con la salud de la gente de esa manera, pero también hace falta ser muy tonto para creer que la jaimitada pudiese pasar inadvertida"

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Mañana empieza el juicio a unos cuantos patriotas que se pasaron de listos cuando la Covid-19 hacía estragos en Cataluña. Si cuela, cuela, debieron pensar. Pero no coló, aunque ya haya pasado un lustro de los hechos (o, mejor dicho, los no hechos). La consejera de Salud de aquellos momentos, Alba Vergés (ERC), planeó un inmenso pellizco de monja que fue seguido fielmente por el director del ICS (Institut Català de la Salut), Josep Maria Argimon (galeno ilustre, pero nacionalista de manual).

Aprovechando que se había interrumpido momentáneamente la vacunación en toda España a causa de ciertos problemas con la sustancia a aplicar, cuando ésta se reanudó, la señora Vergés y el señor Argimon aprovecharon para dejar fuera del benéfico reparto a los miembros de la Guardia Civil y la Policía Nacional destacados en Cataluña, ya que, contra las tropas de ocupación, todo vale.

Cuando el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) decidió poner orden en semejante sindiós, habían sido vacunados el 2'8% de los picoletos y el 3'6% de los maderos, mientras que el número de Mossos vacunados superaba el 77%. O sea, los nuestros los primeros y los de fuera, nunca o cuando no quede más remedio.

Hace falta ser muy miserable (o muy nacionalista, que viene a ser lo mismo) para jugar con la salud de la gente de esa manera, pero también hace falta ser muy tonto para creer que la jaimitada pudiese pasar inadvertida.

En cualquier caso, la consejera del ramo y el mandamás del ICS (más sus respectivos secuaces, Marc Ramentol y Adrià Comella) tiraron adelante con su plan para intentar eliminar a cuantos más enemigos de Cataluña mejor, pensando tal vez que lo suyo era un acto de patriotismo (o de venganza por las consecuencias de lo del referéndum ilegal de octubre de 2017) que les podría servir, incluso, para medrar en sus partidos políticos.

Como así fue. Alba Vergés fue nombrada presidenta del Parlamento catalán en julio de 2021 en sustitución de Laura Borràs, a la que acababan de trincar por sus trapicheos en el Institut de les Lletres Catalanes a favor de un amiguete (por cierto, ¿a qué espera esta mujer para entrar en la cárcel?). A Argimon, por su parte, le cayó la consejería de salud de la Generalitat en cuanto ocupó el cargo de presidente Pere Aragonès (también conocido como El petitó de Pineda).

Es decir, que ambos fueron premiados por el separatismo en el poder, pero sus problemas judiciales no habían hecho más que empezar. Ahora, la Fiscalía les pide doce años de inhabilitación a cada uno, si es que no se tiene en cuenta el posible delito de odio, que algunos vemos clarísimamente, pese a las excusas del momento, según las cuales, el retraso en la vacunación de policías y guardias civiles se debía a una cuestión de prioridades. Argimon llegó a tener el cuajo de decir que, para vacunarlos, habría que retrasar la vacunación de ciudadanos mayores de 70 años.

Es decir, unas estratagemas muy propias de nuestros lazis. Primero se procede por odio. Luego se inventan excusas inverosímiles para disimular ese odio y para echarle la culpa al enemigo de lo que pueda sucederles a los ciudadanos de la tercera edad.

Están acostumbrados a la impunidad y piensan que, como decía Cole Porter, Anything goes. Montan un golpe de Estado y se sorprenden de que salga mal (a continuación, victimismo a granel). Tienen la brillante idea de intentar jorobar a las fuerzas de ocupación y, cinco años después de tan feliz iniciativa, se encuentran a las puertas de un proceso por discriminación (y odio, insisto).

Mañana empieza el juicio de estos dos padres de la patria. El lazismo nos lo presentará, no lo duden, como una nueva maniobra represiva del malvado Estado español (ya espero con ansias la columna del gran Partal), mientras a otros nos parecerá que, aunque un poco tarde, aún estamos a tiempo de hacer justicia con esa gente que juega con la salud de los demás y cree que se va a salir de rositas.