Ramón de España opina sobre el ministro de Cultura, Ernest Urtasun Agencias
Urtasun cuida de los suyos
"Las cacicadas solían ser propias de la 'derechona', pero ahora la izquierda (o lo que se nos vende como tal) las practica con el mismo cuajo y superior desfachatez"
El ministro de Cultura del Gobierno español, Ernest Urtasun, es un hombre que se preocupa por sus raíces y cuida convenientemente de los suyos.
De ahí que, desde que es ministro y dedica todos sus esfuerzos a la descolonización de nuestros imperialistas museos y a combatir el perverso arte de la tauromaquia con todas sus fuerzas (no se le conocen muchas iniciativas más), se dedique a favorecer a su partido, los Comunes de Ada Colau, incrementando la pasta que recibe la fundación de tan alternativa pandilla, Sentit Comú, presidida por la señora Colau, que empezó recibiendo 5.000 euros anuales del Ministerio de Cultura y que ahora ya va por los 50.000: quien tiene un amigo, tiene un tesoro.
Las cacicadas solían ser propias de la derechona, pero ahora la izquierda (o lo que se nos vende como tal) las practica con el mismo cuajo y superior desfachatez. Total, se trata de dinero público, que no es de nadie.
En agradecimiento por su munificencia, los comunes pretenden lanzarlo a la conquista de la alcaldía de Barcelona si, como es previsible, el inefable Pisarello acaba comiéndose un mojón. En teoría, ser alcalde es menos que ser ministro, pero el amigo Urtasun es un muchacho servicial que siempre está dispuesto a hacer lo que le pidan.
Ernest Urtasun (Barcelona, 1982) llegó a ministro porque Pedro Sánchez tenía que colocar a alguien de Sumar y nuestro hombre, por lo menos, parecía pulcro y en absoluto renuente a la ducha diaria.
Le enjaretó la cartera de Cultura porque no iba a darle una de las serias e importantes y porque la cultura se la sopla, como demostró cuando nombró ministro (fugaz) a Máximo Huerta y demuestra con su playlist de antes de irse de vacaciones mientras el cirio de Ceuta sigue en marcha.
No se sabe gran cosa del trabajo en pro de la cultura del bueno de Ernest: declaraciones pomposas, anticolonialismo vetusto, toros no y mucho progresismo de boquilla, todo ello ideal para formar parte del Gobierno.
Urtasun es el típico pijo comunista barcelonés. Conocí a unos cuantos en la Academia Granés, cuando cursaba el COU, y algunos más en la facultad de periodismo: ninguno de ellos era consciente de sus contradicciones vitales: en invierno, antifranquismo y en verano, a Cadaqués.
Los más listos pertenecían a Bandera Roja y se colocaron todos muy bien durante la transición, cuando se pasaron en masa al PSC para medrar. Urtasun es más joven y, aparentemente, más radical, pues se apuntó a los Comunes y, de rebote, a Sumar, cuando parecía que Yolanda Díaz iba a alguna parte. Cuando lo llamen de Barcelona, se presentará a intentar hacerse con la alcaldía. Y difícilmente lo podrá hacer peor que Gerardo Pisarello.
No sé si han visto un video de promoción del peronista en el que aparece como un hombre común (nunca mejor dicho) preocupado por los problemas de sus conciudadanos. Lo vemos caminando por la calle en dirección a casa de su amiga Herminia, que hace unos salmorejos deliciosos que le recuerdan a los de su abuela andaluza (guiño a la charnegada). Ya en casa de Hermina, nuestro hombre se pone a echar una mano con el salmorejo para que veamos que es un hombre feminista que ayuda a las mujeres mientras intenta que le voten.
Es un teatrillo bobo e inofensivo con un gran problema: lo mal que actúa Pisarello, a quien, probablemente, no le guste el salmorejo. El hombre está ahí, con su innegable parecido con el Manolito de las historias de Mafalda, haciendo como que le preocupan las cuitas de la pobre Herminia mientras suelta su mensaje progresista, que, de momento, según reconocen en el partido, no está calando mucho. Tal vez porque se le nota demasiado que interpreta un guion muy flojo con el que, en el fondo no se identifica. Normal: cuando has nacido para comisario político, no es fácil hacer de persona buena y solidaria.
Urtasun es mejor actor. Cuando hace de catalán, está impecable. Cuando hace de español, también lo borda. Su previsible nuevo papel de alcaldable lo interpretará con la misma enjundia que los demás. El único problema para los Comunes será el próximo ministro de Cultura, que tal vez no sea tan generoso con su fundación, el muy fascista.