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El regreso de la Flotilla Maravilla

"Irse al quinto pino a repartir una comida y unas medicinas que no vas a poder entregar porque te van a parar los pies en cuanto te acerques a la costa es del género tonto y solo sirve para que unas cuantas personas se hagan un poco más famosas"

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Cuesta entender la contumacia en el error de los organizadores de esas expediciones a Gaza que todo el mundo, incluidos los responsables de la iniciativa, sabe cómo van a acabar: con los navegantes detenidos por la armada israelí, que posteriormente serán levemente maltratados y subidos (a empujones, intuyo) a un avión que los lleve de regreso a sus respectivos países (algunos de los cuales, como España, son tan tontos como para pagarles los billetes).

Dice el refrán que segundas partes nunca fueron buenas (salvo en casos excepcionales como las secuelas de El padrino), pero es que, en este caso, ni la primera navegación de la Flotilla Maravilla fue para echar cohetes. Contaban, eso sí, con estrellas de la solidaridad selectiva como Greta Thunberg, Ada Colau y la proactiva Barbie Gaza, una rubia absurda que bailaba en cubierta como si estuviese en una rave (solidaria, eso sí). Había tanto activista que no quedó espacio en los barcos para alimentos, así que, si hubiesen llegado a Gaza, tampoco se habría notado mucho la diferencia.

La Flotilla Maravilla nos tuvo entretenidos mínimamente unas pocas semanas gracias a la narración de Colau, quien parecía estar encabezando el desembarco de Normandía. Fue una pérdida de tiempo y energía monumental, pero los activistas volvieron tan contentos a Barcelona, convencidos de haberle dado una lección al sionismo y de haber situado nuevamente a la ciudad en el lado correcto de la historia.

Greta se volvió a Suecia. Ada siguió enredando en los comunes y hasta tuvo tiempo de plantarse en casa de Bob Pop para pedirle que no se presentara a las primarias del partido para elegir el candidato a alcalde en las próximas elecciones. No sé qué fue de Barbie Gaza: yo creí que le harían un sitio en los reality shows de Tele 5, como tertuliana o concursante solidaria en bikini, pero me equivoqué.

Lo más curioso del caso es que la Flotilla Maravilla fue subvencionada por el ayuntamiento barcelonés, como acaba de suceder con la segunda, que eso sí es contumacia en el error. Irse al quinto pino a repartir una comida y unas medicinas que no vas a poder entregar porque te van a parar los pies en cuanto te acerques a la costa es del género tonto y solo sirve para que unas cuantas personas se hagan un poco más famosas.

Por eso no es de extrañar que la secuela esté protagonizada por Oscar Camps, rescatador de náufragos y benefactor social con más sombras que luces, pues se ha lucrado considerablemente entre las subvenciones buenistas que le caen y su servicio de vigilantes de la playa que se extiende de Sitges a Mongat y del que llegan con frecuencia quejas de los trabajadores.

Camps, eso sí, puede ejercer de “¡Detente, bala!” si a los judíos, aprovechando que esta expedición carece de nombres más o menos ilustres, les da por ponerse más desagradables de la cuenta cuando tengan a toda la tripulación en el calabozo.

El problema de Gaza es demasiado serio para dejarlo en manos de una pandilla de turistas del ideal como la que sufraga (en parte: no olvidemos la generosidad de Jaume Collboni con nuestro dinero) el señor Camps. La primera fue un horror, pero, por lo menos, contaba con el factor sorpresa de la novedad y los famosillos que la encabezaban. La segunda resulta cansina y algo más peligrosa desde que el animal de Bibi ha declarado a España país enemigo de Israel.

Además, tras el desenlace de la primera navegación y la actual falta de líderes de opinión solidaria, es poco probable que la gente deje de ver Supervivientes para engancharse a las andanzas marinas de la segunda Flotilla Maravilla.

Para mí que esto solo se salvaría dejando a Telecinco la organización, sustituyendo a los activistas por celebridades de medio pelo (encabezadas, claro está, por Barbie Gaza) a las que enviar a Palestina para ser ametralladas por los israelíes, momento en el que el show batiría récords de audiencia.