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Cementerio judío de Les Corts vandalizado

Cementerio judío de Les Corts vandalizado

Manicomio catalán

Unos tanto y otros tan poco

"Puestos a respetar a los fantasiosos trascendentes (algo que no tengo muy claro que se deba hacer), no estaría de más tenerlos presentes a todos, al meapilas islámico y al cristiano"

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No hace falta practicar un sionismo histérico a lo Pilar Rahola para tener un detalle con los judíos catalanes a los que les acaban de profanar un cementerio. Hace unos días, en este mismo diario, se quejaba amargamente un miembro de nuestra comunidad judía (que ocultaba su identidad: otra mala señal) de que ningún político les había llamado para solidarizarse con ellos, que es lo menos que podrían haber hecho el alcalde de Barcelona (donde está el cementerio atacado) y el presidente de la Generalitat. En vez de eso, silencio absoluto y ya os apañaréis.

Contrasta esa actitud con los consejos que ha impartido el ayuntamiento a nuestras escuelas para que controlen su, al parecer, notoria tendencia a cantar y bailar en aulas y patios, actividad que podría molestar a los niños árabes que celebran el ramadán, costumbre absurda donde las haya por la que nuestros munícipes sienten un respeto reverencial: nunca se olvidan de felicitar el ramadán a la comunidad musulmana, mientras se olvidan permanentemente de hacer lo propio con la cuaresma cristiana, dejando así desatendido al meapilas local.

De hecho, el ramadán es como la cuaresma, pero a lo bestia: dura un mes en el que te mueres de hambre hasta que oscurece y puedes zampar algo (¡aunque sin sobreactuar!), una tortura de la que los católicos nos hemos librado, pero también es verdad que nosotros tampoco tenemos la obligación de rezar cinco veces al día, que tiene que ser pesadísimo.

Si no recuerdo mal, aquí, con no comer carne en determinados días, ya estabas al cabo de la calle cristiana (y si eras Alejandro Lerroux, podías organizar banquetes callejeros para reírte de los curas y las beatas). Nadie entiende por qué a Dios le iba a molestar que comieras carne en vez de pescado, pero aún resulta más incomprensible que Alá, para no deprimirse, exija que te tires un mes pasando gazuza.

En fin, la religión es lo que tiene: como el Ser Supremo nunca da señales de vida, sus intermediarios se pueden inventar las insensateces más grandes sin que nadie les recuerde que lo son. Puestos a respetar a los fantasiosos trascendentes (algo que no tengo muy claro que se deba hacer), no estaría de más tenerlos presentes a todos, al meapilas islámico y al cristiano. Y siempre sin pasarse de rosca.

Si en el Occidente cristiano se canta, se baila y se incurre en el jolgorio escolar, no sé por qué habría que moderarlo para contentar a unos niños islámicos que, por otra parte, estarían encantados de sumarse a la xerinola de los infieles. Respetar las costumbres de los que ya vivían aquí cuando llegaste debería imponerse al respeto hacia los recién aparecidos, a los que tampoco hay que obligar a comer carne de perro, pero a los que se puede insinuar que, si quieren comida halal para el almuerzo, se la traigan de casa. La única obligación del inmigrante no es integrarse, sino no molestar.

Pero si nuestros políticos quieren ganarse la confianza de los posibles votantes, estaría bien que lo hicieran con todos, incluyendo a los missaires locales. Y a los judíos, sobre todo, cuando unos tarados antisemitas les acaban de poner patas arriba un cementerio, una agresión que, si no es un delito de odio, se le parece bastante.

Aunque vivamos, teóricamente en una sociedad laica, bien está felicitar la cuaresma a los católicos y el ramadán a los islámicos (no cuesta nada quedar bien). Y si a algunos de tus conciudadanos les revientan un cementerio, lo menos que podrían hacer los políticos es ponerse en contacto con ellos, darles el pésame y prometer que se hará todo lo posible para que no se repita semejante salvajada.

Basta con una llamada de teléfono. A no ser que quieras enviar algún tipo de mensaje, lo que aún sería más grave.