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Ramón de España

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Manicomio catalán

Hay que zurrar a los pobres

"Hay que amontonar mucha sustancia tóxica en la cabeza para emprenderla a patadas con un vagabundo, alguien que bastante desgracia tiene"

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Lenta, pero decididamente, la aporofobia va creciendo en Cataluña. Según una estadística optimista, en 2024 se produjeron unas 40 agresiones a personas sin hogar, una suma que la asociación Som Sostre aumenta a 50 en 2025, y que según otros cálculos más pesimistas podría elevarse a muchas más. Sobre todo, si tenemos en cuenta que muchos de los homeless agredidos no presentan denuncia alguna, pues consideran que bastante suerte han tenido saliendo vivos del ataque de turno.

En estos momentos, se recupera en el hospital un vagabundo de Olot que sobrevivió hace unos días a una brutal paliza por el simple hecho de afear el paisaje urbano con su presencia.

A algunos perturbados no les basta con hacer lo que hacemos todos cuando nos cruzamos con un expulsado del sistema, que es mirarlo con compasión, dar gracias a Dios por no haber acabado como él, y seguir nuestro camino tras sacárnoslo de la cabeza, pues nos ha dado un mal rollo tremendo (sobre todo, a los que bebimos como esponjas en el pasado y llegamos en algún momento a temer tan triste destino, sobre todo si éramos de natural melancólico y literario, y veíamos cierto encanto en el malditismo enfrentado a una sociedad cruel: menos mal que se nos pasó la tontería y dejamos de soplar).

Hay que amontonar mucha sustancia tóxica en la cabeza para emprenderla a patadas con un vagabundo, alguien que bastante desgracia tiene con lo suyo.

Salvando las distancias, la cosa recuerda a esos energúmenos que se sienten obligados a agredir a homosexuales o trans porque su mera existencia les indigna, como si se erigieran en jueces de lo que es tolerable y lo que no lo es en la vía pública. ¿Qué le pasa a alguien por la cabeza cuando se cruza en la calle con un homosexual del sector plumón y llega a la conclusión de que hay que partirle la cara con la mayor rapidez posible?

De la misma manera, ¿cuánta materia fecal tiene en el cerebro alguien que se cruza con un homeless agarrado a su cartón de vino Don Simón y considera que hay que prenderle fuego ipso facto? Nadie nos pide que agarremos al vagabundo, nos lo llevemos a casa y lo apuntemos a un centro de desintoxicación. Pero esta gente se empeña en seguir un determinado lema: “Si no puede ayudar, moleste. Lo importante es participar”.

A la calle no se llega de un día para otro. El proceso es lento pero, al parecer, inevitable. Un día pierdes el curro (habitualmente, por tu adicción al alcohol o las drogas). Otro día te planta la parienta. Te quedas sin trabajo y sin domicilio. Y ya estás listo para integrarte en eso que los franceses, siempre tan finos, denominan la pegre o la cloche. Ya has renunciado a todo, salvo al cartón de vino peleón. Duermes donde y cuando puedes, y encima tienes que aguantar que un señorito de mierda te muela a palos o te prenda fuego porque le molesta tu presencia.

Fallan los servicios sociales y cierta gentuza te da la puntilla, como si fuesen la pandilla de Malcolm McDowell en La naranja mecánica. Ya sé que muchos vagabundos rechazan las ayudas, y que algunos prefieren morirse de frío en invierno antes que dormir en un refugio. Pero deberían tener derecho a dormir en el suelo, como perros, sin el peligro de que un descerebrado --que a saber qué traumas oculta, como los apaleadores de gais-- considere que hay que quitarlos de en medio.

El homeless no pide nada y, en general, no le echa la culpa a nadie de su situación (solo a sí mismo). Deberíamos respetar, pues, su derecho a morirse de asco, no a manos de algún tarado que, en su delirio, probablemente cree estar contribuyendo a limpiar la ciudad de indeseables.

La protección policial no debería limitarse a los miembros funcionales de la sociedad, sino ampliarse a las piltrafas del arroyo. Y la justicia haría bien en conseguir que prender fuego a un vagabundo no saliera casi gratis.