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Jeffrey Epstein

Jeffrey Epstein

Manicomio catalán

Nuestro hombre en Barcelona

"A Epstein le gustaba Barcelona y la visitaba con frecuencia, puede que después de haber visto aquella obra maestra de su amigo Woody Allen titulada 'Vicky, Cristina, Barcelona'"

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Los tentáculos del superpulpo americano Jeffrey Epstein llegaban mucho más lejos de su mansión en Manhattan o su isla privada.

Nos acabamos de enterar de que el Rijoso Máximo contaba con un explorador en Barcelona, un franco-argelino llamado Daniel Siad, y que visitaba con frecuencia nuestra ciudad porque sus calles, según él, olían a amor (o algo parecido).

¿Deberíamos sentirnos orgullosos de que el señor Epstein (que en paz descanse, aunque aún no sabemos si se suicidó o si fue eliminado) prefiriera Barcelona a Madrid para sus asuntos, digamos, románticos? No exactamente: dejemos ese posible orgullo para los independentistas.

Que nosotros sepamos, sus relaciones con Madrid se reducían a la correspondencia entre el magnate y una economista llamada Astrid Gil-Casares, que parecía estar bastante infatuada con él, hasta el punto de agobiarlo con montones de mensajes por Whatsapp en los que insistía en lo mucho que lo apreciaba y en las ganas que tenía de quedar con él (estuvo a punto de lograrlo, en París, pero lo trincaron justo antes).

La fan madrileña había estado casada con Rafael del Pino Calvo-Sotelo, presidente de Ferrovial y el tercer hombre más rico de España, y se sentía indudablemente atraída por el dinero y el poder, como la burguesa que reconocía ser.

Hay que reconocer que ese contacto tiene más glamur que el de nuestro Daniel, que no pasaba de ser un alcahuete de altos vuelos, aunque, eso sí, de una proactividad encomiable, ya que exploraba nuevos territorios, como Cuba y Marruecos, para tener contento a su jefe.

A Epstein le gustaba Barcelona y la visitaba con frecuencia, puede que después de haber visto aquella obra maestra de su amigo Woody Allen titulada Vicky, Cristina, Barcelona.

Se alojaba en lugares tan chachi como el Soho House de la plaza de Medinaceli o el W de la Barceloneta, comía en los mejores restaurantes y volvía a Nueva York envuelto en el olor a romance que, según él, reinaba en mi querida ciudad, cuyos jadeos oía desde Dubái o París, ciudad, según Siad, algo más peligrosa a la hora de pasar inadvertidos porque “Barcelona está llena de turistas”.

Se acabaron los tiempos en que el mundo pasaba de nosotros. Ahora nos hablamos con Elon Musk, quien, desde su red social, acaba de ciscarse en Pedro Sánchez e Irene Montero, la responsable de la nueva versión progresista de la teoría del reemplazo.

Sumemos a Astrid Gil-Casares, en Madrid, y al Sumo Alcahuete Daniel Siad, en Barcelona, y a ver quién es el indocumentado que nos acusa de no formar parte de la escena internacional (aunque sea gracias a sus representantes más repugnantes).

Sabemos que el señor Siad se presentaba como fotógrafo. No sabemos qué tipo de imágenes captaba, pero nos las podemos imaginar. Su relación con Epstein era de servidumbre (remunerada), y se dirigía a él llamándolo “Maestro”.

Le encantaba hacer de cicerone y hasta le encontró al jefe una tienda de estilo nipón en la que daban clases de sadomasoquismo con cuerdas, una práctica que al magnate se le antojaba muy interesante.

Mientras escribo esto, no me consta que el señor Siad haya sido deportado o, por lo menos, llamado a declarar ante un juez, aunque puede que ya dé igual si tenemos en cuenta que su patrón lleva siete años muerto. En cualquier caso, cabe preguntarse por qué atraemos a tipejos como el fotógrafo del pánico.

Nos quejamos a veces de que Barcelona es tan solo una ciudad de servicios para los turistas. Una ciudad de camareros, para decirlo sin ambages. Una ciudad cuyos jadeos de éxtasis sexual se oyen desde Dubái. O sea, Can pixa i rellisca.

Y, mientras tanto, la Plataforma per la llengua montando un cirio porque una depresiva local que intentó suicidarse se resistió a la terapia porque el psiquiatra hablaba en castellano y ella “sufría en catalán”. Poco nos pasa.